El mundo–balón: apuntes sobre un mundial

Eduardo Quijano[*]

 

Resumen: el Mundial de Rusia 2018 es un escenario propicio para analizar el significado del fútbol en la cultura global. En estos apuntes, se revisan diversas dimensiones socioculturales que participan en la consolidación de un fenómeno complejo y fascinante, inserto en las dinámicas de desigualdad e injusticia. En el entramado geopolítico, como alimento de ilusiones colectivas y sintaxis de visibilización identitaria, el deporte con el mayor protagonismo y consumo masivo, catarsis y espectáculo, da cuenta de una singular esfera de relación entre países y ciudadanos: lenguaje universal con el que los individuos crean sentidos sobre la vida social.
Palabras clave: Mundial Rusia 2018, futbol, FIFA, política, Islandia, México.

 

Abstract: The Russia 2018 World Cup is a setting that lends itself to analyzing the meaning of football in global culture. These notes review a number of sociocultural dimensions that contribute to the consolidation of a complex, fascinating phenomenon that permeates dynamics of inequality and injustice. Within the framework of today’s geopolitics, feeding into collective illusions and the syntax used to make identity visible, the sport with the greatest mass impact and consumption, catharsis and spectacle represents a unique sphere of relations between countries and citizens: a universal language that individuals use to create meanings about social life.
Key words: Russia 2018 World Cup, football, FIFA, politics, Iceland, Mexico.

 

¿De qué me había cansado? ¿Solo del fútbol?
¿Del fútbol en la sociedad tecnológica y espectacularizadora del siglo XXI?
¿De esa sociedad de ruido y toxicidad?
Axel Torres[1]

El fútbol no es solamente un juego: constituye un hecho social total,
ya que analizando los componentes —lúdicos, sociales, económicos, políticos, culturales, tecnológicos—,
se pueden descifrar mejor nuestras sociedades contemporáneas, identificar mejor los valores fundamentales, las contradicciones que forman nuestro mundo.
Y comprenderlos mejor.
Ignacio Ramonet[2]

 

El fútbol es un mito de muchos rostros. Como el más popular espectáculo del planeta, ofrece la seductora narrativa y los ingredientes terrenales de una ficción que millones de seres han incorporado a su vida cotidiana. Ficción gozosa y estridente, tejida de heroísmos y lamentaciones, de historia, tradición y rupturas, de figuras arrebatadoras y cínico negocio. El futbol de hoy se juega en la cancha de la cultura global, usa el idioma de los corporativos multinacionales, alimenta de contenidos a los grandes consorcios mediáticos.

Para comprender a cabalidad la historia sociocultural de la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas de este, es indispensable reconsiderar la emergencia y relevancia de la institucionalización global del fútbol: analizar a mayor profundidad las implicaciones que conlleva. Valgan como ejemplo conexo, las facultades de autonomía de gestión y aplicación de leyes asumidas por las federaciones nacionales —y la propia Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA)—, lo que de facto implica que dichas organizaciones sean, más que entidades privadas, auténticas corporaciones de derecho público ya que, en realidad, ejercen funciones públicas en la esfera privada.

En ese feudo —que poco a poco, ha privatizado o difuminado su carácter público y popular—, campean la corrupción y la vulgaridad; el fútbol se ha consolidado como territorio de una fascinación adictiva, de transacciones fantásticas; universo donde rifan los intereses del poder y el poder del dinero; donde la pasión de las tribunas y la afición frente al televisor son redituables herramientas de la política y de los políticos.

Culturalmente, operando desde la racionalidad que los filósofos y sociólogos refieren como constitutiva de “la posmodernidad”:[3] habita en sociedades fracturadas por la desigualdad, crisis institucionales y reducción de lo público. El fútbol, deporte con el mayor protagonismo y consumo masivo, simboliza una singular esfera de relación: imperfecto lenguaje universal con el que los individuos crean sentidos sobre la vida social. En tanto vínculo y factor de fugaz[4] cohesión social y solidaridad, devela aquello que interesa en cualquiera de las pantallas en que se mira. Como expresión de la vida pública, el balompié desnuda carencias y miserias sociales, comporta manipulación política y especulación financiera; propicia rancio nacionalismo, xenofobia, dopaje, racismo, machismo violento. Expresiones sociales habituales en la vida cotidiana, cuya dimensión se multiplica en escenarios con formidables plataformas de difusión y legitimidad.

Fenómeno mediático, económico y cultural, el fútbol es un espejismo demasiado real, un espectáculo, desde el que se pueden interpretar los excesos y las obsesiones de la fascinación de los seres humanos por el juego. Sin embargo, más allá de la dimensión lúdica como pulsión de la especie, el fútbol, señala Umberto Eco,[5] “es más que un juego; es un sistema de signos que codifica las experiencias y le da significados a diversos niveles. Permite al espectador leer la vida con la ayuda de los recursos mediáticos que orientan y controlan nuestra visión de las experiencias”.

Se habla de fútbol siempre y con todos, en la casa, en la calle, en la escuela o el trabajo: la necesidad de pertenencia, la ilusión de colectividad encuentran una salida a través de un equipo de fútbol. En tanto metáfora sociológica de pertenencia, el fútbol refiere la necesidad de fidelidad y confianza común ante el vacío de la política, superstición y refugio ante la irresoluble complejidad de la vida. Todo —o casi todo— cabe en la sintaxis inabarcable del fenómeno: tema de conversaciones, disputas y preocupaciones de la cultura masculina, de intercambio de emociones y momentos. En los contextos particulares de cada país, el balompié marca la temperatura de las vibraciones nacionalistas, promueve la construcción de símbolos identitarios regionales y la épica de las percepciones comunes.

Centro del calendario ritual de esta enorme maquinaria de esperanzas, cada cuatro años, el Mundial de Fútbol se constituye en pantalla del entretenimiento, incluso para aquellos que no gustan del juego, en el evento humano de mayor convocatoria en el planeta. Para el antropólogo Manuel Mandianes,[6] “la religión se ha metamorfoseado en nuevas formas que definen la modernidad, y su más impresionante trasformación puede ser el fútbol”. Según él, “es un deporte, sí, pero para los aficionados es también un rito con himnos, cánticos, banderas, procesiones” y, “a diferencia de la religión, salva el sentido de lo incondicional sin recurrir a Dios ni al absoluto”.

Si alguna actividad tiene la capacidad de aceptación para generar un cierto comportamiento global (se ha dicho que incluso más que la democracia) es el fútbol. Para investigadores mexicanos como Andrés Fábregas Puig,[7] podemos comprender que:

El resultado es la operación de una sociedad mucho más compleja, donde la fragmentación persiste, pero es resuelta simbólicamente a través del fútbol. Más allá del cliché sobre “el opio de los pueblos”, el deporte en general y el fútbol en particular, han pasado a otro plano en la vida social, cumpliendo papeles que antes cumplía la religión o la política, como lo demuestra el caso de los Jaguares de Chiapas.

El largo y sinuoso sendero clasificatorio rumbo a esta Meca mundialista tuvo su etapa final, como cada vez, durante el verano, estación de tormentas y promesas. Con 32 selecciones clasificadas, los habituales favoritos, plenamente identificados, y buena parte de la humanidad pendiente de lo que ha ocurrido con los protagonistas en esta película, por primera vez en su historia, el Mundial tuvo como escenario un país de Europa oriental: Rusia. Esta circunstancia no es para nada baladí; pone de manifiesto el significado geopolítico del acontecimiento futbolístico. El régimen encabezado por Vladimir Putin —ya en su cuarto mandato— ha invertido más de 9,000 millones de euros en la construcción de seis estadios ultramodernos que, durante un mes, buscaron ofrecer una imagen amable, el rostro moderno y saludable de un país que figura entre los que el Democracy Index 2017[8] califica como “regímenes autoritarios”.

En el Mundial 2018, la megalomanía como tendencia dominante habrá triunfado en el fútbol; espectáculo que mezcla signos seductores, partidos inolvidables e inquietantes vicios. La infraestructura comprometida envuelve a cada Mundial en un entorno de proporciones colosales: trasmisiones globales desde estadios de arquitectura futurista, el peso de los patrocinios a las figuras estelares, las audiencias y la cobertura, el costo de las entradas, los impresionantes dispositivos de seguridad y las campañas de relaciones públicas. Previamente, pocas sedes de una Copa del Mundo habían generado tanta antipatía fuera de sus fronteras como la Rusia gobernada por Putin. Rusia es hoy una nación enfangada en la corrupción, golpeada por las sanciones internacionales como castigo a sus políticas de exterminio en Siria, la anexión de Crimea o por los ataques cibernéticos orquestados; una república, en muchos aspectos, atrasada que coarta la libertad de expresión y el permanente desprecio de sus autoridades por los derechos humanos, como la salvaje represión a las manifestaciones LGTBIQ y a todo acto que pueda ser tachado de “propaganda” homosexual.

En este plano, el momento mundialista despliega características únicas para el mundo y en particular para la Europa post–Brexit, la del liderazgo incontrastable de la canciller alemana Ángela Merkel, de la peligrosa fragilidad política de Italia, la caída de Mariano Rajoy y el Partido Popular en España, del oportunismo de Emmanuel Macron, de las denigrantes políticas migratorias y las decisiones proteccionistas del presidente estadounidense Donald Trump. Los europeos que se imaginaron como una gran nación sin fronteras, rechazan y a la vez necesitan a Rusia. Para hacer frente a nuevos desafíos políticos y económicos y mantener su viabilidad como comunidad económica y política, encaran graves problemáticas de desempleo, terrorismo, migración y racismo. En lo futbolístico, sus ligas más poderosas (España, Italia, Inglaterra), concentran el mercado de los mejores futbolistas, alimentando una inflación mayúscula en el valor de los intercambios. Es esa la epidermis del Mundial ruso. Ingenuo sería pensar que la suma de estos y otros factores que activan su proceder, no tendrá un impacto en lo que ahí ocurra.

Un Mundial, además del mayor espectáculo deportivo del mundo globalizado con sus concentraciones de ansiosos fanáticos, es el prototipo casi perfecto de los poderes fácticos: rentable, sin fronteras, absorbente, inmensamente rico y dispendioso. El Mundo–Balón es un juego trasfigurado, irreversiblemente, en simple y vulgar mercadotecnia, una superstición masiva con intereses concretos; triunfo del autoritarismo antidemocrático de la FIFA y tsunami emocional en los corazones. En la biografía de cada quien, sedante para la injusta realidad circundante, detonador de alegrías y legítimos placeres compartidos. Para quienes amamos el juego —y para los que se asoman cada cuatro años—, el Mundial es la estación suprema, la celebración de sus dioses bienamados. Rusia ha sido el escenario para poner a prueba, una vez más, las ilusiones depositadas en una selección verde inestable, incierta, anclada en el permanente “ya merito”,[9] pero al fin nuestra.

Como ninguno, el Mundial es el momento de los futbolistas, la puerta de entrada al paraíso de los talentos, aunque la mayor de las veces termine imponiéndose la racionalidad implacable de los grandes equipos que conocen e interpretan la lógica del juego y sus misterios. Una inmensa pantalla de ultra alta definición (y para los que gusten, opciones de realidad virtual) nos mantuvo atentos: promesas, historias insólitas o tristes decepciones, memorias e imágenes que, desde 12 sedes diferentes, fueron referencia del futuro cuando el balón rodó hacia lo imprevisible. Porque un Mundial, casi lo olvidaba, es también
una fiesta en medio del caos, la injusticia y el desánimo, el territorio donde acontece todo y cualquier cosa: lo memorable y lo inesperado.

 

  1. Una cenicienta de fuego y hielo va al Mundial

Pienso en Islandia y me brillan los ojos.
Como sociedad representa la cima de la evolución humana […] En un mundo contemporáneo tan revuelto y confuso, con tanta desigualdad,
violencia y miedo, Islandia ofrece un oasis de calma y un modelo a seguir.

John Carlin[10]

 

La historia del futbol está escrita con fascinantes notas a pie de página, con metarrelatos provocadoramente humanos que son crónicas de la vida íntima del deporte, microuniversos que expresan otras muchas realidades que lo habitan: historias de hazañas, de seres de carne y hueso, de goles y contagio, de campeonatos y formas particulares de existir en el concierto del fútbol.

Más allá de lo anecdótico, esas historias abren espacio para compartir esperanza, dan fe de que otros futuros son posibles. Ninguno, tan actual, y con el romántico realismo de los personajes que hicieron posible el cuento de hadas de Islandia, la nación más pequeña en competir en un Mundial de la FIFA. Al igual que Panamá, la selección nacional de Islandia participó por primera vez en su historia en una Copa del Mundo. Lo que la literatura periodística ha calificado como un milagro tiene cimientos en políticas públicas implementadas por las autoridades islandesas hace más de 20 años.

A mediados de la década de los años noventa, alertadas por el sensible incremento del alcoholismo y el consumo de drogas entre la población juvenil, decidieron ejecutar un amplio programa de creación de infraestructura techada (¿cómo jugar soccer en un clima gélido, un territorio con 33 volcanes, erupciones constantes y 12% del territorio cubierto por glaciares?) aunada a un extenso plan de estímulos y apoyos destinados a fomentar la práctica del deporte, entonces concentrado en el balonmano.

El espléndido artículo de Sean Gregory, How Iceland Became the World Cup’s Ultimate Underdog,[11] ofrece un recuento de las raíces históricas, el entorno y los protagonistas de esta epopeya que contó con el liderazgo de su portero Hannes Thór Halldórsson, —a sus 34 años cineasta de tiempo completo— y del entrenador Lars Edvin “Lasse” Lagerbäck —que compaginaba hasta el año pasado su responsabilidad con la de dentista y— que diseñó la estrategia de este tozudo y perseverante representativo. La tibia noche del 27 de junio de 2016, en el estadio Allianz Riviera de Niza, cambió lo que había sido el fútbol para Islandia, su sentido. Después de tres minutos adicionales, el silbatazo final marcaba un punto de inflexión en su balompié: la victoria de Islandia 2–1 sobre Inglaterra. Congregados frente a una gigantesca pantalla en la Plaza Ingólfstorg de Reykjavík, miles de fans, con una amalgama de pasión colectiva y delirante alegría, festejaron el pase de su equipo a los cuartos de final de la Eurocopa 2016. Los gritos de “Afram Island!” (¡Adelante, Islandia!) fueron acompañados de la plástica Viking Clap.[12]

La escena, extrañamente onírica y surrealista, pero auténtica, dio la vuelta al planeta: Islandia estaba en el mapa del fútbol mundial.

La clasificación de Islandia a la Copa del Mundo (estuvo ubicada en el grupo D con Argentina, Croacia y Nigeria) confirma que lo sucedido en la Eurocopa de Francia, más que quimera, ha sido fruto de la planeación adecuada, el esforzado trabajo y la conjunción de talentos. Con apenas 345,000 habitantes, Islandia solo cuenta con 150 jugadores profesionales, aunque con más de 500 acreditados como entrenadores de fútbol, de los cuales 190 poseen una licencia de la FIFA y diez son mujeres. Desde el primer cotejo en el que dignamente enfrentaron a la escuálida Argentina de Lionel Messi, más de 80% de la población siguió los partidos por televisión y otros medios; además, se calcula que al menos 8% los islandeses estuvieron en Rusia presenciando los tres partidos de su equipo. Con su digno debut dentro de la celebración suprema del balón, esta generación de jugadores islandeses confirmó que el futbol ha sido una brutal plataforma para consolidar un consenso social de décadas; este juego, simple, cuasi primitivo, ha puesto de relieve valores propios y una manera particular de entenderlo: han encontrado en el fútbol una esfera para el vínculo y la diversión, acceso a la visibilidad identitaria, región en la que desde el respeto y la tolerancia se hacen presentes.

La aventura de la selección de Islandia en Rusia concluyó pronto. ¿Habrá valido la pena? Por supuesto, ante la eliminación de la selección de su país, el escritor y periodista peruano Santiago Roncagliolo sintetizó el significado que el futbol aportó a Perú: “El equipo no ha ganado, pero ha devuelto a todo un país la fe en ganar […] Total, un año antes lo absurdo, lo inédito, lo increíble era clasificar. Hoy, el suelo de
lo posible se ha elevado un escalón”.[13] De la misma forma, el cuento de la cenicienta que llegó del hielo tendrá un final feliz: el turismo ha cambiado el comportamiento histórico de la economía islandesa de forma sustantiva, duplicando, durante los últimos cinco años, el número de visitantes; si el planeta ha puesto la mirada en Islandia, en su historia y en su gente, fue el fútbol un magnífico escaparate.

 

  1. Ponte la verde

 

México entero saboreaba por primera vez el dulce tequila de hablarle de tú al campeón,
estar al parejo y por encima de los grandes supuestamente inapelables
y corear en boca de todos el ¡¡No mames!!
Qué le podemos espetar hoy mismo a los políticos mentirosos,
los rateros de siempre, los sicarios del crimen organizado
y los pinches gringos de la peor ralea Trump: ¡¡No mames!!

Jorge Hernández[14]

 

Aunque un Mundial es más que nada una fábrica de ahoras, de una inasible sucesión de presentes, México comenzó el Mundial de Rusia pensando en el futuro. Justo en los días de la inauguración, la FIFA anunció que nuestro país, con Canadá y Estados Unidos, será sede del Mundial de 2026, una edición que quizás incluirá la decisión de aumentar el número de países participantes a 48, con la expectativa de que los beneficios económicos para la FIFA se incrementen 35%. México tendrá así, su tercer Mundial desde 1970.

En una república fervientemente futbolera, hablar de futuro en el verano de 2018, implica preguntarse: ¿desde cuál presente? Nuestra nación, durante más de dos decenios, ha padecido con mayor severidad las consecuencias de su disfuncional democracia: miles de muertos y desaparecidos por el incontenible baño de sangre de la violencia cotidiana, tejido social carcomido por corrupción, impunidad, lacerante pobreza, desigualdad y abusos; descarada intervención de redes criminales en la política, ineficacia gubernamental y salvaje destrucción de sus recursos. Desconfianza, sospechosismo y complacencia. A unos
cuantos días de la mayor jornada electoral de nuestra historia política, pareciera que no podríamos estar peor.

Fraguado desde el hartazgo generalizado y el clamor colectivo por cambiar el carismático Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su partido Morena (Movimiento Regeneración Nacional) han ganado, con abrumadora solvencia, además de la presidencia, la mayoría de representantes y aliados en la Cámara de Diputados y en la de Senadores. AMLO ha convencido a una significativa mayoría de que un cambio real en la vida nacional es posible y que ganando la batalla contra la corrupción se avanzará hacia una trasformación en la moral colectiva. Jesús Silva Herzog Márquez[15] perfiló las dimensiones de este cambio al señalar que:

[…] es el más hondo que ha vivido la política mexicana en varias generaciones. No se acerca un simple cambio de gobierno, la transmisión del poder de un partido viejo a un partido nuevo. La transformación por venir alterará la brújula de la política, modificará sustancialmente el mecanismo del poder, alterará la imagen misma de lo social.

En ese entorno, con más de 40,0000 mexicanos que viajaron a Rusia para apoyar a su selección, al ganar de manera rigurosa sus dos primeros partidos, el Tri ilusionó al país. Por una semana, dejando de lado sus agudas problemáticas, México salió al recreo. Millones de camisetas verdes en calles y plazas compartiendo alegría. Después, el equipo de Juan Carlos Osorio, con actuaciones desastrosas e ineficientes, regresó a la incertidumbre y mediocridad del pasado. Tercero con el promedio de mayor edad entre los equipos que asistieron, el representativo nacional, pese a los seis puntos conseguidos, no exhibió calidad ni contundencia. Recibió más goles y anotó menos que cualquier otra selección mexicana en los últimos 24 años. Pese a la histriónica retórica de su técnico, a las triviales bravatas de algunos seleccionados, el quinto partido sigue siendo una ilusión maldita, tan distante como asequible. En el futbol seguimos siendo aficionados de la infelicidad.

No han sido ni las palabras ni las promesas, alineaciones o nombres, suficientes argumentos para cambiar la historia de la participación mundialista mexicana. Este grupo de jugadores (algunos al límite de sus trayectorias: Rafael Márquez, Andrés Guardado, Héctor Herrera, Carlos Vela, Javier Hernández y otros que no jugaron), mantuvieron a México rumiando, una vez más, la desilusión. La huella de su paso tendrá, tal vez, el aroma heroico del domingo 17 de junio derrotando a Alemania en el estadio Luzhniki de Moscú. Además de convicción y deseo, otras capacidades indispensables en los equipos ganadores —filo ofensivo, seguridad, potencia— jamás aparecieron en el funcionamiento del Tri. Con actuaciones mejores o parecidas, durante casi un cuarto de siglo, el futbol nacional se ha mantenido anclado, sometido a sus persistentes carencias, disminuido por la avaricia y la impericia de los dueños del negocio; también por ausencia de talentos y liderazgo para construir un colectivo sólido que le ofrezca a sus millones de aficionados, algo más que ilusiones.

Hoy, con lo ocurrido dentro y fuera de las canchas de fútbol, nadie se podrá engañar: cada país, cada equipo, forja su propia historia con lo que hacen o dejan de hacer sus ciudadanos o sus jugadores. Una historia que no sería la misma sin un radical cambio en los liderazgos y en las formas de hacer y ser: cómo hacer equipo; imprimirle vocación, descubrir afinidades y corregir las lacerantes deficiencias. Como ser otros. En nuestra vida social, como en el fútbol, es propicio, a estas alturas, responder lo que en verdad interesa de cara al futuro: ¿a dónde lleva este camino si no somos capaces de cambiarlo?

 

Julio 5 de 2018

 

[*] Académico del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores (ITESO). Periodista, bloguero y productor multimedia. Miembro de diversos consejos consultivos en organismos públicos. Autor de columnas y artículos en revistas nacionales e internaciones; de ensayos sobre cine, organizaciones, literatura, deporte y espacio público. Conduce El séptimo vicio, programa radiofónico sobre cine y Cine–Beats, miniserie para televisión. Correo electrónico: quijanoedu@gmail.com

[1].     Torres, Axel. El faro de Dalantagui: postales islandesas del verano previo a la gesta futbolística. Editorial Contra, Barcelona, 2017.

[2].    Ramonet, Ignacio. “Un hecho social total”, en Santiago Segurola (ed.), Fútbol y pasiones políticas, Debate, España, 1999.

[3].    Bauman, Zygmunt. Ética Posmoderna, Siglo XXI, México, 2005; Harvey, David. La condición de la posmodernidad: investigación sobre los orígenes del cambio cultural, Amorrortu, Madrid, 2008.

[4].    “[…] la realidad parece confirmar que los jugadores y equipos son tan volátiles en un mundo posmoderno, como lo son las mercancías y como lo son los flujos financieros”, tomado de: Añorve, Daniel. “El jugador volátil como reflejo de la cultura posmoderna: el caso del Club Morelia”, en Relaciones, vol.37, núm.147, El Colegio de Michoacán, 2016.

[5].    Trifonas, Peter. Umberto Eco y el fútbol, Gedisa, Barcelona, 2004.

[6].    Mandianes, Manuel. “El fútbol, la religión del siglo XXI”, en El Mundo, 26 de agosto de 2016.

[7].    Fábregas Puig, Andrés. “El fútbol en Chiapas (México): ¿un símbolo de identidad?”, en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, vol. LXI, julio–diciembre, 2006, pp. 145–161.

[8].    The Economist. The Economist Intelligence Unit. Democracy Index 2017. Free speech under attack. Londres, Reino Unido, 2018. Recuperado el 30 de agosto de 2018, de https://pages.eiu.com/rs/753-RIQ-438/images/Democracy_Index_2017.pdf

[9].    Para la colección de relatos y ensayos de Breve historia del ya merito (Márquez, Rodrigo. Breve historia del ya merito, Sexto Piso, México, 2018) “este ya merito es una franja de resistencia ante la tecnología del razonamiento estadístico y económico del juego. La historia no la escriben los que ganan ni los que pierden. La reescriben los que renuncian al tiempo. Si cada año mundialista es una escenificación de la épica al alcance de todos, cabe aclarar que lo sobrenatural y lo inesperado juegan un papel fundamental en la construcción de esa heroicidad lírica que en algún momento dejó de preguntarse quién ganó para comenzar a cuestionarse qué significa ganar”.

[10].    Carlin, John. Crónicas de Islandia: el mejor país del mundo, La línea del horizonte. Madrid, 2016.

[11].    Gregory, Sean. “How Iceland Became the World Cup’s Ultimate Underdog”, en Time Magazine, 7 de junio de 2018.

[12].    Celebración pintoresca con la que fue universalmente conocida la afición islandesa: “hipnótico canto que implica dos golpes de tambor, un momento de silencio y luego un sonido resonante mientras los fanáticos golpean sus manos sobre sus cabezas”, tomado de: Gregory, Sean. “How Iceland Became the World Cup’s Ultimate Underdog”, op. cit.

[13].    Roncagliolo, Santiago. “Balada de las botas puestas”, de El País, 24 de junio de 2018. Recuperado el 30 de agosto de 2018, de https://elpais.com/deportes/2018/06/24/mundial_futbol/1529853917_740664.html

[14].    Hernández, Jorge. “¡¡No mames!!”, en El País, 18 de junio de 2018. Recuperado el 30 de agosto de 2018, de https://elpais.com/internacional/2018/06/18/mexico/1529339358_895367.html

[15].    Silva Herzog, Jesús. “Sobre un volcán”, en Nexos, 1 de junio de 2018.

 

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