La derrota de la extrema derecha, aún lejos en Estados Unidos

David Foust Rodríguez*

1. ¡Perdió Roy Moore!

Roy S. Moore, expresidente de la Suprema Corte de Justicia de Alabama, fue el candidato del republicano para cubrir el asiento del Senado que había dejado vacío Jeff Sessions, actual fiscal general de la administración del presidente Donald Trump. A pesar de las acusaciones de abuso sexual y de los titubeos que siguieron a las denuncias, Trump, Steve Bannon y el establishment del Partido Republicano no dejaron de apoyar al candidato que había instalado un monumento a los Diez Mandamientos en el lobby del Edificio Judicial de Alabama y que había conminado a otros jueces a negar el matrimonio a parejas del mismo sexo, aunque la Suprema Corte de Estados Unidos hubiera determinado que ello era ilegal.

Moore perdió por un estrecho margen (1.5%) en un estado que Trump había ganado con holgura (28 puntos porcentuales más de votos que Hillary Clinton). El Partido Demócrata no ganaba una elección para senador en Alabama desde 1992.

Sí, perdió Roy Moore. Que ganara el candidato del Partido Demócrata es tan insólito que un meme compartido en la página de Facebook de un amigo lo celebra con una imagen de cerdos que vuelan “When pigs fly” (cuando los cerdos vuelan). “Live shot from Alabama”, se llama la imagen. Algunos analistas van más allá: no solo es insólito respecto
a la historia electoral de Alabama sino que puede interpretarse como una repulsa más amplia del Trumpismo.[1] Ross Douthat afirma, incluso, que es posible que los demócratas recuperen el Congreso.[2] Su apuesta se basa en la incapacidad de la administración actual para hacer un buen análisis y manejo de los costos políticos, y tomar otro curso de acción (como sí lo hizo la administración Obama tras una derrota similar en el Senado en Massachusetts). “No hay tal racionalidad en la Casa Blanca de Trump”, subraya Douthat. El presidente actuará como siempre lo hace, y eso lo hará caer.[3]

¿Será?

2. Escisiones, deserciones y derrotas en el trumpificado[4]

Desde que ganó la elección, Trump se ha enfrentado a varios movimientos de oposición, organizados y espontáneos. Y casi desde el inicio de su gestión ha convivido con el fantasma del juicio político (impeachment). Sin embargo, los intentos formales de llegar al juicio político habían procedido de representantes demócratas relativamente marginales. La sombra de juicio político se ha corrido a ser la tendencia mayoritaria (mainstream): hasta Dianne Feinstein ya ha mencionado la posibilidad de hacerle un juicio político al presidente.[5] Feinstein, la senadora de más edad en el Congreso y la demócrata con mayor jerarquía en el Comité Judicial del Senado, está clasificada dentro del ala “menos liberal” (menos de izquierda, diríamos nosotros).[6]

También hay fuego amigo: Bob Corker, senador republicano, presidente del Comité de Relaciones Exteriores, ha criticado abiertamente a Trump y ha recibido contragolpes.[7]

Pero los golpes más fuertes los ha propinado el fiscal especial, Robert S. Mueller iii, y su equipo; él ha logrado acusar formalmente a dos allegados a Trump y que otros dos se declaren culpables; el más importante, por supuesto, Michael Flynn, exasesor de Seguridad.[8] En respuesta, el presidente, su equipo y sus voceros extra oficiales de Fox News han contratacado a la Fiscalía Especial sugiriendo que el despido de Mueller es posible.[9]

Entre los militantes republicanos, también hay escisiones y deserciones. Según un estudio realizado por nbc, y citado por Kristen Anderson, “solo 6% de los millenials manifestaron una decidida aprobación del desempeño de Trump como presidente, en comparación con 46% de fuerte desaprobación”.[10]

Otro estudio citado por Anderson,[11] una encuesta realizada por Harvard, muestra disensos importantes entre los republicanos jóvenes en áreas claves de la agenda Trumpista: cambio climático, inmigrantes y refugiados. El artículo concluye con un dato fatídico: se van los republicanos jóvenes que podrían impulsar un giro menos conservador; se quedan aquellos que “comparten las ansiedades de sus padres y abuelos, y que repelen lo que los millenials abrazan”.[12] Se trata de la ansiedad de caer, “la preocupación de que el desorden se ha vuelto contagioso”, de que su rebanada de pastel se la están dando a personas y sectores que no se la merecen porque están (o estaban) hasta atrás en la fila.[13]

3. ¿Estaremos entendiendo lo que pasa con el trumpismo?

Thomas Edsall, un columnista que suele ir más a la raíz en sus análisis, advierte:

Los demócratas que piden la cabeza del presidente Trump deberían examinar la lista de fortalezas de los Republicanos: han tenido victorias en las tres elecciones especiales para la Cámara de Representantes este año; Trump tiene una tasa de aprobación de 82% entre los votantes republicanos; están teniendo éxito en pasar la reforma fiscal; su veloz evisceración de políticas regulatorias clave; el nombramiento de [Neil] Gorsuch para la Suprema Corte; crecimiento económico de más de 3% en los últimos dos trimestres; el índice Dow Jones en 24,000 puntos; y la tasa de desempleo cayendo hasta 4.1%.[14]

A esta lista tendríamos que agregar que, si todo les sale bien a los republicanos, habrán anotado otros dos goles, a la par que pasan la reforma fiscal: echar abajo uno de los elementos clave del Obamacare (la obligación de adquirir un paquete de seguro médico)[15] y deshacerse de un candado legal que data de 1954, que impedía que las iglesias pudieran participar en política partidista y canalizar fondos para campañas.[16]

Como en el análisis de Douthat, en algunos otros subyace un optimismo demócrata que pudiera ser formulado así: “¡Por fin!: llegó la cruda política y el pueblo se dará cuenta de la borrachera y regresará con nosotros… a la sensatez”. Charles Sykes presenta al establishment republicano como una estructura cínica, dispuesta a apoyar a Moore y a Trump en una movida “post–ética, más allá de la vergüenza”.[17] Una lectura de este tipo sigue mostrando a los votantes de Trump como racistas y machistas, o como pragmáticos fríos y calculadores que están dispuestos a apoyar a violadores con tal de sacar su agenda. “Los liberales tienen que sacarse los dedos de los oídos”. Coincido con Edsall.[18]

Muchos políticos y analistas demócratas siguen sin comprender lo que pasó en noviembre de 2016 y no se explican qué es lo que sigue sosteniendo a Trump o cómo es que no le han hecho impeachment ya.[19] Este carácter dado y obvio es el que debe ser cuestionado. El seguir dando por hecho ciertas cosas es precisamente algo que moviliza a los votantes de derecha:

En muchas partes del país no solo están siendo acaloradamente disputados los valores que la izquierda da por hecho, la manera en que los partidistas demócratas afirman que estos valores suplantan o trascienden las creencias tradicionales sirve para movilizar a la derecha.[20]

En su libro The authoritarian dynamic, Karen Stenner, indica que el liberalismo político practicado en Estados Unidos genera condiciones que son sentidas como amenazas por los conservadores y, al mismo tiempo, permite un régimen tolerante con la intolerancia. [21] Lo políticamente correcto funciona como un freno, como una “espiral de silencio”.[22] Pero… ¿qué pasa cuando los silenciados se asfixian por tener tapada la boca?

Se trata de una guerra cultural y emocional,[23] advierte Eric Schnurer en su libro War on the Blue States.[24] Los estados “rojos” (republicanos) sienten que les imponen un modo de ser, de sentir, unas “reglas sobre lo que deben sentir” (feeling rules), diría Arlie Hochschild.[25] Los “rojos” se sienten no solo reprimidos sino hasta ridiculizados.

A nivel nacional, el triunfo político, económico y cultural de un conjunto de principios y realidades esencialmente ajenos a un gran número de americanos [estadunidenses] es visto como (a) una imposición, y (b) una subversión de mucho de lo que dan por hecho en sus vidas […] Creo que se han levantado en una revuelta iracunda, y ahora intentan devolverle a la “élite”[26] el trato que han recibido de ella. No creo que sea algo bueno —de hecho, creo que es una situación peligrosa— pero creo que necesitamos comprenderla para poder atenderla de manera responsable.[27]

Arlie Hochschild, profesora emérita de la Universidad de California en Berkeley y una autoridad en sociología de las emociones, pasó cinco años en Luisiana, entre los que serían votantes a favor de Trump, tratando de escalar el muro que nos impide comprendernos. En su libro Strangers in their own land. Anger and mourn on the American right, Hochschild[28] desentraña la historia personal de este electorado, la “historia profunda”, como ella le llama.

Muchos de los distritos y estados que de una elección a otra cambiaron de Barack Obama a Trump están, efectivamente, en una espiral de descenso: más embarazos adolescentes y más divorcios, más contrastes entre los que tienen y los que no tienen escolaridad universitaria, creciente adicción a los opioides.[29]

Muchos trabajadores blancos están teniendo menos acceso a empleos decentes (con salarios y prestaciones dignos), lo que los hace menos atractivos como parejas estables; el resultado: hogares monoparentales, divorcios, depresión y adicciones asociadas a la soledad y al fracaso, hijos con menos oportunidades educativas y de movilidad social, reproducción generacional del ciclo de descenso.[30]

Hochschild[31] habla de ira, coraje, tristeza y deshonor; de hombres blancos de más de 50 años que se sienten forasteros en su país, olvidados y traicionados por un sistema que les prometía un sueño. “Se les han metido en la fila”; así lo sienten. Pero una tradición de rechazo a la asistencia social les impide mirarse a sí mismos como víctimas. Sería una doble pérdida;[32] de ahí el enojo y la revuelta de la que hablan Eric Schnurer[33] y Alec MacGillis.[34]

“Si digo algo sobre eso [la atención, a su juicio desproporcionada, que recibían las protestas del movimiento Black Lives Matter, y el caos urbano que generan], entonces dirán que soy racista. No puedo soportar toda esta mierda de lo políticamente correcto”. Esta es la queja de Jones, de 30 años, un empleado de medio tiempo entrevistado por MacGillis.[35]

Ahora que lo políticamente correcto y la “espiral de silencio” se han vuelto insoportables, la ira ha explotado en una revuelta que ha sido capitalizada por la ultra derecha, pero es un estallido emocional que tiene su propia fuerza. Como bien señalan Edsall[36] y Hochschild,[37] algunos desplantes solo exacerban las emociones y movilizan más a la derecha.

Un ejemplo: Donald Trump nominó a Kathleen Hartnett White para encabezar el Consejo sobre Calidad del Medio Ambiente. Ella presidió la Comisión de Texas para la Calidad del Medio Ambiente. El sitio Now This Politics viralizó en Instagram y en Facebook un video que sintetiza la audiencia de Hartnett White en el Senado. Se puede ver a Sheldon Whitehouse (demócrata), senador por Rhode Island
—presidente del Comité sobre Medio Ambiente y Obra Pública— hacer varias preguntas en tono sardónico. La emocionalidad que comunica el rostro de Whitehouse y la musicalización del video dan una connotación burlona; ponen en evidencia la falta de conocimiento de la nominada y ridiculizan las creencias de muchos estadunidenses en relación con el cambio climático y la huella humana en el planeta. Podemos ponernos en los zapatos de los trumpistas, volver a ver este video y experimentar ese sentimiento: “¡ahí están, otra vez, los liberales, burlándose de mí!”.[38]

Otro ejemplo: a un año de su victoria electoral, Trump visitó Japón. Se difundió un video en el que se observa al presidente estadunidense tirar de golpe mucha comida a los peces, a un lado del primer ministro japonés. Lo que no se vio es que Shinzo Abe había hecho lo mismo unos segundos antes. Según Fox News —el medio por excelencia de la derecha estadounidense— “cnn y el resto de los medios del mainstream decidieron torcer la narrativa para hacer ver a Trump como un bufón”.[39] En otros episodios se le ha llamado payaso (de cabello) naranja y cosas por el estilo. Quienes votaron por Trump se sienten ridiculizados por “la prensa liberal”. Se sienten más motivados a seguir viendo Fox News. Consideran que los analistas de esta emisora sí los comprenden, sí saben lo que ellos sienten. Siguen consumiendo lo que este medio les provee no solo por fidelidad a la marca o porque les confirma su ideología; se sienten comprendidos, liberados, reivindicados.[40]

Jesse Singal publicó un reportaje[41] sobre la arriesgada investigación realizada por Patrik Hermansson, un joven de 25 años de la organización antirracista británica Hope not hate (esperanza, no odio). Hermansson se infiltró en varios círculos de ultra derecha de Estados Unidos y Europa. Platicó con varios de los líderes de estos grupos, uno de ellos Greg Johnson —un personaje clave en los medios
de ultra derecha— quien “explicó la necesidad de volver mainstream esto [su discurso, su mensaje] o, más precisamente, hacer que lo mainstream se acerque a nosotros”.[42] Otra figura de ultra derecha, Jason Reza Jordani, hablaba de normalizar la imagen de Hitler, “no como un monstruo, sino como un gran líder europeo”. Jordani tiene conciencia de la paradoja de su estrategia: “somos lo anti–establishment, ¡irónicamente!”.[43]

A río revuelto, ganancia de pescadores: enormes trasferencias de recursos de los programas sociales a los bolsillos del 2% más rico; intromisión (oficial) en la Internet; nombramiento de jueces
conservadores y capital–friendly (amables con los negocios); desmantelamiento de la regulación guiada por cierta prudencia financiera y cuidado del medio ambiente.[44]

Sí, es para preocupar —y no solo a la clase trabajadora estadunidense sino al resto del mundo— que el Partido Republicano, al mando de casi toda la maquinaria estatal, esté sacando adelante una agenda regresiva en términos de distribución del ingreso y la riqueza, medio ambiente y diversidad cultural, racial e ideológica. Como advierten Rodrigo Aguilar, Edsall, Schnurer, Stenner, Jonathan Freedland, y otros analistas, lo más grave es que se trata de una guerra cultural que está desmantelando el pacto social estadunidense.[45] Edsall[46] afirma incluso que el daño a la democracia de Estados Unidos podría ser irreparable. Tal vez todavía no se ha llegado a ese punto. No se trata, eso sí, de un resfriado; el enfermo necesitará cirugía mayor… ¡Ah! Y todavía no traigan los canapés. La champaña tendrá que esperar.

  1. . Douthat, Ross. “As goes Moore, so goes Trumpism”, en The New York Times, 13 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/12/13/opinion/alabama-moore-trumpism.html
  2. . Ibidem.
  3. . Ibidem.
  4. . “Trumpified Republican Party” (cuya traducción sería “Partido Republicano Trumpificado”) es una expresión usada por algunos analistas citados en las referencias.
  5. . Schwab, Nikki. “Top Judiciary Committee Democrat suggest Senate is building an obstruction of justice case against Trump over Comey firing”, en Daily Mail, 3 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de http://www.dailymail.co.uk/news/article-5141567/Feinstein-Senate-building-obstruction-case-against-Trump.html
  6. . Pear, Robert. “Medicare for All or State control: Health Care plans go to extremes”, en The New York Times, 13 de septiembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/09/13/us/politics/health-care-obamacare-single-payer-graham-cassidy.html
  7. . Díaz, Daniella. “Donald Trump and Bob Corker: a timeline”, en cnn, 24 de octubre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de http://edition.cnn.com/2017/09/15/politics/bob-corker-donald-trump-timeline-relationship/index.html
  8. . Prokop, Andrew. “Why it’s much harder for Trump to fire Robert Mueller than it was to fire James Comey”, en Vox, 1 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.vox.com/policy-and-politics/2017/11/1/16585934/mueller-trump-fired
  9. . Ibidem.
  10. . Anderson, Kristen Soltis. “Is Trump driving young Republicans out of the party?”, en The New York Times, 13 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/12/13/opinion/alabama-republicans-trump.html
  11. . Ibidem.
  12. . Ibidem.
  13. . Edsall, Thomas. “How fear of falling explains the love of Trump”, en The New York Times, 20 de julio de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/07/20/opinion/how-fear-of-falling-explains-the-love-of-trump.html; véase también Taylor, Ian & Jamieson, Ruth. “Fear of crime and fear of falling: English anxieties approaching the millennium”, en European Journal of Sociology, 1998, vol.39, núm.1, pp. 149–175.
  14. . Edsall, Thomas. “Liberals need to take their fingers out of their ears”, en The New York Times, 7 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/12/07/opinion/liberals-conservatives-trump.html
  15. . Weber, Joseph. “Conservatives fight to keep Obamacare mandate repeal in tax bill”, en Fox News.com, 12 de diciembre de 2017. Recuperado 23 de febrero de 2018, de http://www.foxnews.com/politics/2017/12/12/conservatives-fight-to-keep-obamacare-mandate-repeal-in-tax-bill.print.html
  16. . Vogel, Kenneth P. & Goodstein, Laurie. “In tax debate, gift to religious right could be bargaining chip”, en The New York Times, 26 de noviembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/11/26/us/politics/johnson-amendment-churches-taxes-politics.html
  17. . Sykes, Charles. “A g.o.p. tragedy in four acts”, en The New York Times, 13 diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/12/13/opinion/republican-loss-alabama-moore.html
  18. . Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.
  19. . Esta fue una de las conclusiones de la charla con Rodrigo Aguilar titulada “¿Quién detiene a Trump?”, la cual se realizó el 13 de octubre de 2017 en el iteso.
  20. . Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.; las cursivas son añadidas.
  21. . Karen Stenner, citada en Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.
  22. . Noëlle–Neumann, Elisabeth. “The spiral of silence: a theory of public opinion”, en Journal of Communication, 1974, vol.24, núm.2, pp. 43–51.
  23. . Otra de las conclusiones de la charla con Rodrigo Aguilar en el iteso.
  24. . Eric Schnurer, citado en Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.
  25. . Hochschild, Arlie. Strangers in their own land. Anger and mourning on the American right, The New Press, Nueva York, 2016.
  26. . En el imaginario estadunidense, esta “élite” se viste estilo Ivy League (los Kennedy, el mejor ejemplo), estudió Derecho, literatura clásica o bellas artes en alguna de las ocho universidades Ivy League de Nueva Inglaterra y toma cerveza artesanal en su yate el fin de semana, además son liberales (de izquierda), demócratas, católicos o ateos; o sea: John Kennedy, John Kerry…
  27. . La opinión es de Eric Schnurer, escritor y consultor, citado en Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.
  28. . Hochschild, Arlie, op. cit.
  29. . Edsall, Thomas. “How fear of falling explains…”, op. cit.
  30. . Así lo describen la especialista en demografía Shelly Lundberg y los economistas Robert Pollak y Jenna Stearns, quienes son citados en Edsall, Thomas. “How fear of falling explains…”, op. cit.
  31. . Hochschild, Arlie, op. cit.
  32. . Ibidem.
  33. . Eric Schnurer, citado en Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.
  34. . MacGillis, Alec. “Revenge of the forgotten class”, en Propublica, 10 de noviembre de 2016. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.propublica.org/article/revenge-of-the-forgotten-class
  35. . Ibidem.
  36. . Edsall, Thomas. “Liberals need to take…”, op. cit.
  37. . Hochschild, Arlie, op. cit.
  38. . Cfr. Hochschild, Arlie, op. cit.
  39. . Flood, Brian. “Anti–Trump media makes up fake story about overfeeding fish at Japanese koi pond”, en Fox News.com, 6 de noviembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de http://www.foxnews.com/entertainment/2017/11/06/anti-trump-media-makes-up-fake-story-about-overfeeding-fish-at-japanese-koi-pond.print.html
  40. . Hochschild, Arlie, op. cit.
  41. . Singal, Jesse. “Undercover with the Alt-Right”, en The New York Times, 19 de septiembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/09/19/opinion/alt-right-white-supremacy-undercover.html
  42. . Ibidem.
  43. . Ibidem.
  44. . Freedland, Jonathan. “While you’re looking the other way, Trump is changing America for decades to come”, en The Guardian, 15 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/dec/15/trump-changing-america-president-tweets-russia; también: Hopkins, David. “Who’s winning the culture war? Corporate America”, en The New York Times, 27 de diciembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/12/27/opinion/culture-war-corporate-america.html
  45. . David Hopkins (op. cit.) juzga que quienes han capitalizado la guerra cultural han sido las grandes corporaciones y que no hay, hasta ahora, cambios tan radicales en los temas sociales clave (aborto, diversidad sexual, etcétera).
  46. . Edsall, Thomas. “The self–destruction of American Democracy”, en The New York Times, 30 de noviembre de 2017. Recuperado el 23 de febrero de 2018, de https://www.nytimes.com/2017/11/30/opinion/trump-putin-destruction-democracy.html

 

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