Brasil en la era del populismo de la derecha

Rudá Ricci[*]

Resumen: este artículo trata del proceso electoral desarrollado en 2018 en Brasil, en que se eligió como presidente de la república al exdiputado federal Jair Bolsonaro, candidato populista de derecha. Se analiza el perfil de este liderazgo de derecha, la división de Brasil en bloques electorales distintos (noreste, más a la izquierda, y centro–sur, más a la derecha), la plataforma política del nuevo bloque en el poder y, finalmente, las características y perspectivas de la oposición, liderada por el Partido de los Trabajadores.
Palabras clave: política, Brasil, populismo de la derecha, gobierno brasileño.

Abstract: This article looks at the 2018 electoral process in Brazil, which elected the former federal congressman and right–wing populist candidate Jair Bolsonaro to be the country’s next president. It analyzes the profile of this right–wing leadership, the division of Brazil into distinct electoral blocs (northeast tending left, and center–south tending right), the political platform of the new bloc in power, and finally, the characteristics and prospects of the opposition, led by the Workers’ Party.
Key words: politics, Brazil, right–wing populism, Brazilian government.

 

En este momento, se discute en Brasil si vivimos en una democracia o en un estado de excepción. La victoria de Jair Bolsonaro, quien estaba afiliado a un partido que hasta las elecciones de octubre de 2018 era muy pequeño, impulsa a este último y le permite pasar a ocupar el segundo lugar en cuanto al número de diputados en la cámara baja (atrás de su mayor adversario, el Partido de los Trabajadores, creado por Luiz Inácio Lula da Silva). Esta combinación de factores encendió las luces amarillas, que indican peligro.

Algunos autores interesados en el tema de la crisis de las democracias occidentales, como Steve Levitsky, David Runciman y John Keane, entre los anglosajones, y Luciano Canfora y Manuel Castells, entre los latinos, señalan que Brasil ha entrado en la ronda de los ejemplos de crisis democrática en las gradas de la escalera de las elecciones de Donald Trump en los Estados Unidos de América.

Nancy Bermeo, en medio de la discusión acerca de la ascensión del estado de excepción —la cual reacciona en los bordes de la legislación, sin alterar el orden democrático en su lógica, pero suspendiendo derechos en virtud de la manutención del orden o contra actos presuntamente terroristas— esbozó una tipología de golpes de estado a partir del propio gobierno establecido vía electoral, ampliando la noción clásica de intervención externa para derribar al presente gobierno. La tipología presentada es la siguiente:

a. Golpes ejecutivos, cuando los que están en el poder suspenden el funcionamiento de las instituciones democráticas.

b. Fraude electoral, cuando el proceso electoral es manipulado.

c. Golpe promisorio, cuando la democracia es tomada por personas que enseguida convocan elecciones para legitimar su gobierno.

d. Ampliación del poder del ejecutivo, cuando los que ocupan el poder desgastan las instituciones democráticas sin llegar a derribarlas.

e. Manipulación estratégica de las elecciones, cuando las elecciones no son exactamente libres, pero tampoco son claramente fraudulentas.

El Brasil de hoy parece estar situado entre los dos últimos tipos sistematizados por Bermeo.

Hace 27 años, cuando era diputado federal, Jair Bolsonaro presentó alrededor de 170 propuestas como político profesional —como la que pretende suspender el uso del nombre social para travestis y transexuales— y solo dos de ellas fueron aprobadas por la Cámara de Diputados. Se trata de un político al que se denomina en Brasil de “bajo clero”; es decir, es un diputado de poca envergadura, que no se destaca públicamente, que vive solo para aumentar su base electoral con obras, nombramientos y recursos públicos. Un político de engranaje clientelista.

Sin embargo, el discurso de Bolsonaro, inflamado, escatológico y de extrema derecha, navega en la ola de las frustraciones y en la caída en el consumo de los estratos más vulnerables, además de que se suma a la ofensiva empresarial, a líderes evangélicos de grupos juveniles financiados por el Atlas Network, a grupos fascistas y de activismo jurídico de varias instancias del sistema judicial brasileño contra las políticas keynesianas y los avances en los derechos sociales para negros, grupos LGBTT, mujeres, entre otros.

El nuevo presidente de la república brasileña es conocido por varias frases polémicas, basadas en los valores de la extrema derecha. Veamos algunas:

Pueblos tradicionales
“Yo estuve en un ‘quilombola’ en El Dorado Paulista. Mira, el afrodescendiente más delgado pesaba siete arrobas. ¡No hacen nada! Yo creo que ni para procrear sirven. Más de mil millones por año se gasta en ellos”.
Conferencia en el Club Hebreo, abril de 2017.

Las mujeres
“Detente, Maria do Rosário [diputada federal de la izquierda], detente. Hace pocos días, tú me llamaste violador en el Salón Verde, y yo dije que no iría a violarte porque no lo mereces. Quédate aquí para oír (durante el discurso en la Cámara, 2003) […] Ella no merece (ser violada) porque es ruin, porque es fea, no es atractiva para mí… jamás la violaría. Yo no soy violador, pero, si lo fuera, no la violaría porque lo no merece”.
“[…] tuve cuatro hijos y en el quinto fui débil y nació una mujer”.
En la Palestra del Club Hebreo, abril de 2017.

Los homosexuales
“El hijo empieza a quedarse así, medio afeminado, recibe una golpiza y él cambia su comportamiento. ¿Es cierto? Ya escuché a algunos aquí, mira, menos mal que recibí unas palmadas, ya que mi padre me enseñó a ser hombre”.
Programa de TV Cámara, noviembre de 2010.
“No voy combatir ni a discriminar, pero, si yo observo a dos hombres que se están besando en la calle, les voy a pegar”.
Entrevista en la que aparecía una foto con Fernando Henrique Cardoso con una bandera gay y defendiendo la unión civil, mayo de 2002.

Tortura
“Yo soy favorable a la tortura, tú sabes de eso”.
Programa de TV, 1999.
“El error de la dictadura fue torturar y no matar”.
Entrevista en la radio, junio de 2016.

1. El drama de una elección tutelada por el sistema judicial llena de fake news

Lula, expresidente, dirigente del Partido de los Trabajadores, figuraba en primer lugar en las encuestas de intención de votos hasta que fue llevado preso y se le prohibiera registrar su candidatura por parte del sistema judicial. Hasta ese momento, tenía el doble de las intenciones de voto que Bolsonaro. Sin su candidatura, Bolsonaro apareció en primer lugar, con 20% de las intenciones. Su situación parecía un poco rara, presentando oscilaciones de sus índices en las encuestas, hasta el momento que recibió una cuchillada (todavía hasta hoy, este ataque, acontecido en una de sus caravanas de campaña por el país, es motivo de mucha polémica, entre si fue solo una puesta en escena o un hecho real).

El atentado consolidó su candidatura y la hizo crecer, aunque de manera gradual hasta el final de la primera vuelta (las elecciones en Brasil se llevan a cabo en dos vueltas). Atrás de Bolsonaro se encontraban cuatro candidatos, uno de ellos era el escogido por el partido de Lula, Fernando Haddad.

Sin embargo, con el atentado a Bolsonaro, ocurrido el 6 de septiembre de 2018, su candidatura recibió un soplo de vida. Primero, porque la conmoción generada lo hizo superar el 25% de las intenciones de votos rápidamente. Segundo, porque el episodio consolidó su candidatura como la única capaz de enfrentar el campo de la izquierda. Finalmente, por concederle el pretexto principal para silenciarse y no participar en ningún debate público con sus adversarios. Se mantuvo en ayuno. Escaparse de los debates disminuyó el riesgo de un percance en su campaña. Así, en la última semana de campaña de la primera vuelta,
la candidatura de Bolsonaro continuaba creciendo (superando el 35%), y su principal adversario, Haddad, se estabilizó en un 22%. Haddad había sobre pasado a los otros adversarios en la medida en que el electorado de Lula fue lentamente cambiando hacia la candidatura de su sucesor en esta disputa.

En la segunda vuelta, el ataque de fake news distribuidas abundantemente (en proporciones jamás vistas en una elección brasileña) en los grupos de WhatsApp, en especial, involucrando comunidades evangélicas, ayudó a que la candidatura de Bolsonaro se mantuviera al frente hasta su elección. Es importante destacar que la campaña de Bolsonaro recibió asesoramiento directo de Steve Bannon, asesor político estadunidense que sirvió como estratega en jefe de la campaña victoriosa de Donald Trump y quien aún permanece como asesor del gobierno de Estados Unidos, tras la victoria de su cliente.

La elección reveló un país dividido. Haddad venció, paradójicamente, en la mayoría de los municipios brasileños: el petista ganó en 2,810 municipios; Jair Bolsonaro venció en 2,760 municipios. Por otro lado, Bolsonaro venció en 97% de las ciudades más ricas, mientras que
Haddad lo hizo en 98% de las más pobres. Entre los mil municipios con los mayores índices de desarrollo humano del país, Bolsonaro ganó en 967, mientras Haddad conquistó 33. Ya en las mil ciudades menos desarrolladas, Haddad ganó en 975 y Bolsonaro en 25. La campaña lulista, por lo tanto, consiguió penetrar los hogares más lejanos del país. En las 500 ciudades brasileñas con mayor porcentaje de electores con más de 60 años, Bolsonaro venció en 382.

Jair Bolsonaro consiguió posicionarse mejor en los estados con mayor número de electores. Ganó la elección en 16 estados, incluyendo el Distrito Federal, mientras que Fernando Haddad se mantuvo al frente en 11 unidades de la federación (en el nordeste). Venció con una diferencia de 16 puntos porcentuales en Minas Gerais (58%), segundo colegio electoral estatal del país, representando a 10% de los electores. Pero fue São Paulo, el mayor colegio electoral estatal del país (20% de los electores), el que garantizó la victoria de Bolsonaro: 63% de los votos válidos.

En suma, hubo una confrontación entre los dos mayores colegios electorales regionales del país: el sudeste (con más de 43% de los electores) y el nordeste (con poco más de 26% de los electores).

2. El plan para los primeros 100 días del gobierno

La dificultad que enfrenta Bolsonaro en este momento es superar las divergencias internas: entre los militares nacionalistas y los economistas y los empresarios ultraliberales. Esta tensión puede ser exagerada en el caso de la agenda económica (ultraliberal, ya anunciada por su principal asesor del área, el banquero Paulo Guedes), cercana a aquella adoptada por Michel Temer (presidente que tomó posesión después el impeachment de Dilma Rousseff y que sufrió altísimos índices de rechazo).

La frustración del electorado más pobre deberá seguir el camino de la impopularidad que tuvo el gobierno de Dilma Rousseff en 2015 y de Michel Temer (que adoptaron justamente esta misma agenda). Bolsonaro necesitará enfrentar una crisis económica y de empleo que, de acuerdo con agencias internacionales, debe mantenerse en el primer año.

En la agenda del gobierno para los 100 primeros días de gestión, divulgada ampliamente por la comisión de transición del equipo de Jair Bolsonaro, se perciben orientaciones generales y administrativas, sin contenido para el inicio del gobierno. El sentido de esta agenda es la inexperiencia y descalificación de gran parte de los miembros de su equipo con relación a la gestión pública.[1]

Ejemplo de ello es la serie de errores cometidos por el ministro de Economía, Paulo Guedes, quien reveló desconocer las normas para la elaboración del presupuesto público en Brasil.[2]

Durante la campaña y después del anuncio oficial de la victoria electoral, Jair Bolsonaro divulgó informalmente algunas de las prioridades de su gobierno. En un inicio, anunció que estas prioridades serían la reforma de la Previdencia[3] y la reforma tributaria, además de un conjunto de medidas para la seguridad pública. La reforma de la Previdencia sigue las propuestas del gobierno de Michel Temer, que no prosperaron en el Congreso Nacional y generaron un profundo desgaste de la imagen pública del gobierno que antecedió a Bolsonaro.

Según Thomas Piketty, se trata de una agenda elitista que hace a un lado las bases de la seguridad social para los más desvalidos del país (que es considerado como uno de los de mayor desigualdad en
el planeta) y que es radicalmente defendida por los órganos de representación empresarial. La posibilidad de que exista un desgaste que pueda repetirse no es depreciable. El ejemplo definido como referencia del nuevo gobierno es el sistema de seguridad social privada de Chile, el cual da señas de un profundo fracaso.[4]

Paulo Guedes defendió públicamente las privatizaciones para eliminar el 20% de la deuda pública brasileña. Permitió la venta de las dos mayores empresas estatales nacionales, Petrobrás y Banco do Brasil. En las cuentas de Guedes, esto rendiría cerca de 206 mil millones de dólares (20% de la deuda pública federal, calculada en 3.6 billones de reales). Hoy son 103 mil millones de dólares, aunado a los intereses anuales. Defiende el destino de los recursos ahorrados con el pago de la deuda con el argumento de que se enfocarán hacia la salud, la seguridad y la educación, redistribuyéndolos para los estados y municipios.

Paulo Gala, economista de renombre, sostiene que:

Tal vez en 2020 consigamos alcanzar el nivel del PIB de 2014. Quizá en 2021 el desempleo se acerque a los niveles más bajos, cercano al 7%. Pero esa recuperación no traerá desarrollo económico y enriquecimiento. Se trata, en la jerga de los economistas, de una recuperación cíclica de coyuntura y no de un cambio estructural que lleve al enriquecimiento. Para Brasil el enriquecimiento de hecho necesitaría que hubiera una transformación de nuestra estructura productiva en el sentido de sofisticación: industrias high tech y servicios empresariales sofisticados.[5]

Bolsonaro también hizo una defensa de la preservación de la familia como una de sus prioridades. Como se percibe, existe una agenda que se mueve entre un cierto populismo de la derecha (seguridad y defensa de la familia) y un ultraliberalismo (ya rechazado por más de 80% de los brasileños, según encuestas de opinión publica).[6]

Permanecen las políticas de seguridad, con el permiso de compra de armas por los ciudadanos y otras medidas de aumento de represión pública, incluyendo ataques a los movimientos sociales tradicionales del país.

La familia y la seguridad son temas relevantes a la población pobre brasileña, además de la garantía al consumo, profundamente ampliados en las gestiones de Lula (2003–2010), pero se retiraron a partir de las gestiones de Dilma Rousseff y Michel Temer.

Durante su campaña, Bolsonaro buscó acercarse a las fuerzas políticas ultraconservadoras. La aproximación con Steve Bannon es una noticia difundida en la prensa nacional como un movimiento articulado. El periódico español El País señala que Bannon compró un antiguo monasterio del año 1204, en el sudeste de Roma, para instalar “una especie de universidad del populismo”, donde se han estado reuniendo líderes de la extrema derecha de países como Italia, Francia, Polonia, Alemania y Suecia.[7]

Bolsonaro también se acercó a Benjamín Netanyahu, quien enfrenta en su país un escándalo de corrupción y que fue forzado a convocar elecciones anticipadas para abril. Netanyahu estuvo en Brasil a finales de diciembre de 2018, poco antes de la toma de posesión de Bolsonaro, e intercambiaron una serie de elogios y promesas al parecer inéditas. El encuentro es una importante inflexión en la política diplomática brasileña, la cual siempre transcurrió en la moderación en los conflictos del Oriente Medio. Es la primera vez que un primer ministro de Israel viene a Brasil desde la creación del estado judío en 1948.

Pero es en el terreno interno que los arrebatos de extrema derecha despuntan más claramente en el discurso del nuevo presidente, tanto por las amenazas a los movimientos sociales, el ataque explícito a los partidos de izquierda, como la institucionalización de la violencia como solución política (en 2003 mencionaba su apoyo a los grupos de exterminio[8]).

3. Oposición y división interna en el nuevo gobierno

Los movimientos sociales y grupos de activistas por los derechos están divididos desde hace algunos años. Se cerraron agendas propias y pasaron a relacionarse con agencias estatales especializadas para encaminar sus demandas específicas. Algunos movimientos sociales tradicionales como el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) tuvieron un impacto importante relacionado con las políticas de trasferencia de renta de los gobiernos lulistas.

Como gran parte de su base social era oriunda de exagricultores pobres que migraron hacia las periferias de las ciudades en búsqueda de sobrevivencia, como parte de las políticas sociales como el Programa de Bolsa Familia, una parte de este segmento social se enraizó definitivamente en las ciudades y la otra regresó al campo, apoyada por políticas de inversión a la agricultura familiar.

En el otro extremo, las diversas políticas desarrolladas por el gobierno de Michel Temer generaron una fuerte caída de recaudación de los sindicatos. La legislación profundizó la tercerización del trabajo y la reforma laboral que desmontaron las fuentes tradicionales de financiamiento sindical.

Por último, Brasil vive una transición en la forma de organización de los segmentos sociales demandantes de derechos. La sociedad brasileña está segmentada, más cerrada en estructuras comunales, menos abierta a las plataformas universales o globales.

No obstante, después de la victoria de Jair Bolsonaro, hubo una significativa reacción de activistas de derechos humanos. La Universidad Católica de São Paulo (PUC–SP) contabilizó recientemente 5,200 redes en defensa de los derechos humanos o derechos sociales en Brasil. Una parte fue creada después de las elecciones nacionales de 2018. No se trata de una nueva articulación del campo progresista, pero revela un potencial social de oposición a las políticas defendidas por Bolsonaro y un nuevo bloque en el poder.

Mientras tanto, la dificultad inicial que el nuevo gobierno tendrá, parece estar presente en el propio campo institucional, en particular, en el Congreso Nacional. Pasamos de la hegemonía de tres partidos en el sistema partidario —Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), Partido de los trabajadores (PT) y Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB)— a la pulverización partidaria después de esta última elección: son ahora 32 partidos representados en el Congreso Nacional (Cámara de los Diputados y el Senado).

El PT mantiene la mayor bancada en la Cámara de los Diputados y la segunda en el Congreso, aunque haya perdido parlamentarios con relación a su legislatura anterior.

El PMDB sufrió la mayor caída: de 142 electos en 2014, el partido cayó a 93 en 2018, un retroceso de 35% que demuestra el desgaste de la agenda ultraliberal, que ha reducido la popularidad de la segunda gestión de Dilma Rousseff y generó una gran desaprobación de la gestión de Michel Temer.

En síntesis, la Cámara de Diputados, palco institucional de las definiciones políticas más importantes del país, se encuentra dividido en el gobierno de Bolsonaro: son 256 diputados pro Bolsonaro, 117 sin definición y 140 en contra.

Tal situación exigirá una gran capacidad de atracción de parlamentarios que en los últimos años fueron acusados de buscar ventajas en el cambio de votos. Un Congreso pulverizado en una miríada de demandas puntuales y personales. Esta lógica clientelista de la microfísica del poder parlamentario brasileño ha sido la base de los escándalos sucesivos que involucraron personajes políticos en una trama de desvío de los recursos públicos para alimentar esta red de intereses.

Como se puede percibir, la historia no ha terminado. Solamente se rehace en otro contexto y en un paisaje más hostil e intenso. La gran trasformación es que, por primera vez en la historia republicana brasileña, la extrema derecha llega al poder por el voto. Eso significa que sus principios fueron acogidos por una parte significativa del electorado del país.

Pero la vida da vueltas y el juego político no es fruto del pensamiento mágico, donde la mente dicta lo que ocurre en un abrir y cerrar de ojos.

Bolsonaro tendrá que aprender a gobernar. Tendrá que aprender a sumar. Tendrá que aprender a proponer, y no solo a criticar. Tendrá que presentar resultados. Un aprendizaje duro, pero que es el fundamento de toda la democracia.

Hay quienes tienen miedo, pues la tentación de un golpe en el estilo no tradicional, sugerido por Nanncy Bermeo, está en un horizonte más cercano de lo previsto, pero es posible que el camino de Jair Bolsonaro sea el mismo que vemos en el desempeño de Donald Trump: promesas que se van desgastando a punto de parecer bravatas de un novicio. Lo anterior, nos hace pensar en la respuesta de un importante dramaturgo brasileño, Nelson Rodrigues, cuando lo cuestionó un periodista acerca de lo que él esperaba de los jóvenes… su respuesta fue: “que envejezcan”.

 

[*] Sociólogo. Maestro en Ciencias Políticas y doctor en Ciencias Sociales. Presidente del Instituto Cultiva. Correo electrónico: ricciruda@gmail.com

 

[1] La inexperiencia es tal, que 22 futuros ministros fueron invitados a participar en un curso de capacitación sobre gobernabilidad pública el día 22 de diciembre, algunos días antes de la posesión del nuevo presidente.

[2] Las acciones normativas de los cien primeros días del gobierno de Bolsonaro fueran definidas así: Para los primeros diez días: a) Nombramiento de los cargos clave; b) Conocer el modelo de gobernanza del órgano; c) Reunir los principales comisionados; d) Elaboración del plan de gobierno; e) Identificar las propuestas prioritarias. Para los primeros 30 días: a) Revisar el modelo de gobernanza del órgano; b) Agenda legislativa; c) Envío de actos normativos prioritarios; d) Sentencias del Tribunal de Cuentas de la Unión (TCU) pendientes de solución. Para los primeros 60 días: a) Revisión de los consejos y comités que hacen parte el órgano (verificar viabilidad de extinción del colegiado o crianza de estructuras más simples); b) Relatoría de gestión para el TCU. Para los primeros 90 días: a) Encaminar el balance de los 100 días de gobierno; b) Evaluación de políticas; c) Evento de balance de los 100 días. Cfr. Gabinete de Transição. “Agenda de Governo–Novo.indd”, 3 de noviembre de 2017. Recuperado el 29 de diciembre de 2018, de https://static.poder360.com.br/2018/12/Agenda-de-Governo.pdf

[3] Sistema de Seguridad Social.

[4] El sistema de seguridad social implantado en Chile en 1981, durante la dictadura de Augusto Pinochet, citado como ejemplo, vive una profunda crisis. Los trabajadores dependientes son obligados a reservar 10% de su sueldo mensual para la jubilación. Las mujeres empiezan a recibir el beneficio a los 60 años y los hombres a los 65. El dinero es manejado por administradoras de fondos de pensiones (AFP), que invierten ese ahorro en la bolsa de valores y otras herramientas financieras. La principal crítica al sistema de las afp es que, en el momento de jubilarse, el dinero que los trabajadores reciben es muy reducido y no da para sobrevivir en un país donde servicios básicos como la salud y la educación públicas viven en medio de una crisis.

[5] Cfr. Gala, Paulo. “La recuperación económica ocurrirá en Brasil, pero continuaremos como un país pobre”, en Paulo Gala Economia & Finanças, 10 de julio de 2018. Recuperado el 29 de diciembre de 2018, de http://www.paulogala.com.br/a-recuperacao-economica-vai-ocorrer-no-brasil-mas-continuaremos-um-pais-pobre/

[6] Las propuestas ultraliberales que predican la austeridad fiscal no han logrado llegar al objetivo esperado en Brasil. El producto interno bruto (PIB) nacional cayó 3.5% en 2015 y otro 3.5% en 2016, acumulando una caída de 7%. En 2017, el crecimiento fue solamente de 1.1% y en 2018, no se prevé una aceleración expansiva. En el mismo periodo hubo una caída acumulada en las inversiones totales, públicas y privadas, del orden de 26%.

[7] Cfr. Charleaux, João Paulo. “A relação de Bolsonaro com a extrema direita internacional”, en Nexo, 3 de octubre de 2018. Recuperado el 29 de diciembre de 2018, de https://www.nexojornal.com.br/expresso/2018/10/03/A-rela%C3%A7%C3%A3o-de-Bolsonaro-com-a-extrema-direita-internacional

[8] Cfr. Costa, Yuri. “Grupos de extermínio tem meu apoio”, en Esquerda Diário, 25 de junio de 2018. Recuperado el 29 de diciembre de 2018, de http://www.esquerdadiario.com.br/Grupos-de-exterminio-tem-meu-apoio-disse-Bolsonaro-em-2003-em-troca-da-pena-de-morte