¿Qué pasó en las elecciones intermedias estadunidenses?

David Foust Rodríguez[*]

Resumen: el 6 de noviembre de 2018, se realizaron las elecciones intermedias en Estados Unidos de América. Muchas posiciones políticas estaban en juego: la Cámara de Representantes (cámara baja), un total de senadurías equivalente a la representación de 75% de la población total, gubernaturas y legislaturas locales, alcaldías. Pero sin duda lo más importante: las midterm elections son tomadas como un voto de confianza o de censura para el presidente de la república en turno, y como un sismógrafo de los movimientos que podrían llevarlo a la reelección o a su sustitución. En este artículo, analizaremos el proceso y los resultados electorales para tratar de comprender qué pasó en las recientes elecciones intermedias estadunidenses.
Palabras clave: Trump, Partido Demócrata, elecciones intermedias, Estados Unidos.

Abstract: On November 6, 2018, mid–term elections were held in the United States. Many political positions were at stake: the House of Representatives (lower house), a total of Senate seats representing 75% of the total population, governorships and state legislatures, mayoralties. But undoubtedly the most important reading is that the mid–terms are seen as a vote of confidence or rejection of the sitting president, a sort of seismograph of the movements that might lead to his reelection or defeat. This article analyzes the electoral process and results, in order to try to understand what happened in the latest u.s. mid–term elections.
Key words: Trump, Democratic Party, mid–term elections, United States.

 

1. Votación y resultados históricos

A diferencia de otros países de Primer Mundo, que tienen porcentajes mayores a 80% de votación, Estados Unidos tiene niveles de participación electoral relativamente bajos (en los últimos 50 años ha votado, en promedio, la mitad del padrón). Aunque, en general, se puede votar de forma anticipada y hasta por correo, el país tiene ciertas particularidades para poder sufragar: hay que registrarse, y el día de la elección es el martes (no el domingo, como en México); los patrones no están obligados a ceder el día para que los trabajadores vayan a votar. Además, en no pocas ocasiones y estados ha habido y hay problemas de padrones rasurados u objeciones legaloides que impiden votar a amplios sectores de la población. Existen, pues, incentivos para no votar.[1]

En las pasadas elecciones intermedias estadunidenses, de noviembre de 2018, participaron 113 millones de votantes, cerca de 50% del padrón. Pareciera estar dentro de la media, de acuerdo con lo que acabamos de decir. Sin embargo, ha sido la mayor participación en elecciones intermedias desde hace más de 50 años (según algunos cálculos, desde 1914).[2]

Los demócratas no solo recuperaron la cámara baja, lograron tener el control total (gubernaturas y legislaturas locales) de seis estados más (con lo cual suman 14); ganaron en bastiones históricamente republicanos en California, y recuperaron posiciones relevantes en Nevada, Carolina del Sur, Virginia, Minnesota, Texas. Estuvieron a punto de hacerse de las difíciles gubernaturas de Texas, Florida y Georgia con candidatos abiertamente de izquierda y antirracistas. En suma, los demócratas se apuntaron el mejor resultado de elecciones intermedias de los últimos 40 años, apenas equiparable al de 1976, después de la debacle republicana de Richard Nixon y el Watergate.[3]

2. Entonces, ¿ganaron los demócratas? Fue un voto de censura contra Trump?

Ari Melber y Rachel Maddow, ambos comentaristas en MSNBC, hicieron un entusiasta balance de la jornada comicial: “los demócratas aplastaron a Trump en la mayor barrida de elecciones intermedias de los últimos 40 años”, cabeceó Melber. Maddow, a su vez, destacó la influencia contraproducente de Trump: las y los candidatos con espaldarazo del presidente, algunos de estados de voto duro republicano, perdieron, en su mayoría, contra mujeres de perfil liberal o progresista.[4] David Leonhardt presentó en su columna del New York Times varios testimonios de votantes republicanos, hombres y mujeres, que, esta vez, votarían por los demócratas en el afán de hacer un poco de contrapeso a Trump.[5]

El juicio a favor de los Demócratas parecería claro: fue un voto de censura contra Trump. ¿Por qué rechazan algunos analistas la existencia de una “ola azul” y hablan de “un voto dividido” o una “América dividida”?[6] Por un mero sesgo ideológico, y por un déficit democrático, diría Melber. Hillary Clinton —insiste el analista de MSNBC— ganó el voto popular, pero el hecho de que Trump sea el presidente solo puede explicarse por un vestigio antidemocrático del sistema político estadunidense. ¿Es así?

Veamos esto en una perspectiva más amplia (hagamos zoom out). Es verdad que el Colegio Electoral es un recordatorio constante del carácter elitista y antidemocrático del sistema político estadunidense.[7] No obstante, seguir pensando así es negar la realidad: Trump es el presidente de Estados Unidos y, pese a la abrumadora evidencia, no hay, ni siquiera después de las elecciones intermedias, condiciones políticas para proceder al juicio político (impeachment). El Partido Demócrata recuperó la cámara baja, pero el Senado sigue teniendo mayoría republicana, y la elección de Brett Kavanaugh confirmó el viraje a la derecha en la Suprema Corte. Estados Unidos sigue cargado a la derecha, y a una derecha trumpificada, como dicen Scott Isbell y algunos analistas.[8] Empecinarse en alegar que hay un “déficit democrático”[9] es querer buscar explicaciones del tipo: “si nuestro sistema fuera más representativo, nadie como Trump (es decir: racista, xenofóbico, cínico, misógino, ultra–derechista, etcétera) podría ser presidente”; es negarse a aceptar que el Partido Demócrata sigue perdido en su laberinto y que la sociedad estadunidense está en una crisis muy grave. Tan grave que algunos han caracterizado como “una epidemia de soledad”.[10]

3. La “estrategia dual” y el dilema del partido Demócrata

Contra Melber, podemos argumentar que el Congreso 116 es el más diverso de toda la historia de Estados Unidos, en términos de edades, género, etnia y religión.[11] En este sentido, es más representativa de la población estadunidense. Los filtros y las inercias antidemocráticos no fueron capaces de impedir que estas sacudidas de la base se tradujeran en más legisladores representantes de jóvenes, mujeres, minorías étnicas o religiosas.

El modelo de William Winders[12] podría ser el más adecuado para explicar este viraje; propone que hay tres elementos que explican un mayor porcentaje de participación electoral en Estados Unidos: conflicto o consolidación entre los segmentos de clase dominantes (conflicto, en este caso); actividad de movimientos sociales, y movilización de los partidos políticos. Steve Phillips[13] enfatiza el papel de la movilización, entendida como trabajo electoral de base: visitas casa por casa, mítines, reuniones vecinales, etcétera.

Pero no solo hubo “ola azul” de izquierda.[14] “El Partido Demócrata escogió mal momento para tener crisis de identidad”, fue el título que escogió Thomas Edsall para su columna del 2 de agosto de 2018.[15] En su siguiente columna, el mismo Edsall escribía sobre los dos futuros alternativos del Partido Demócrata.[16] Y poco antes de la elección (octubre 22), David Brooks criticaba con acritud al partido “materialista” (el Demócrata) por no comprender que el momento actual no era uno de debate sobre política económica sino de lucha cultural.[17] Esta tensión —estrategia dual, le llama Edsall[18]— puede remontarse mucho más atrás.

La Convención Demócrata de 1968 fue un desastre: los jefes del partido hicieron la convención en Chicago, sede de uno de los cacicazgos más fuertes de esa maquinaria política. Esos mismos jefes, mediante sus delegados, nominaron al vicepresidente Hubert Humprey como candidato; un hombre del sistema que rechazó exponerse a elecciones primarias, como sí lo hizo el senador Eugene McCarthy. Hubo protestas antiguerra de Vietnam que fueron reprimidas con severidad, misma que fue criticada por un senador desde la tribuna; a la vez, el alcalde de Chicago gritó groserías al senador. El candidato del Partido Demócrata perdió contra Nixon.

Después se formó la comisión McGovern–Fraser, que logró modificar el sistema de elección de delegados a la convención, dando más poder a las minorías y a los movimientos de base e iniciando el sesgo hacia cuestiones de identidad.[19] En 1972, grupos de base —pacifistas, socialistas, feministas, lésbico–gays, proafroamericanos y latinos— lograron tener representación mayoritaria en la Convención Demócrata y elegir al senador George McGovern, un candidato presidencial abiertamente antiguerra de Vietnam y de izquierda. La campaña fue un desastre por la confluencia de tres factores: los trucos sucios de Nixon y su equipo (que salieron a la luz con el escándalo de Watergate), la inexperiencia electoral de las dirigencias de movimientos sociales y el boicot de la misma maquinaria demócrata. McGovern solo ganó en Massachusetts, quizá impulsado por el poderoso senador Ted Kennedy.

En 1976 ganó Jimmy Carter, pero luego perdió la reelección contra Ronald Reagan. No hubo presidente demócrata hasta Bill Clinton, en 1992.[20] En ese lapso, la llamada revolución conservadora de Reagan et al logró derechizar al Partido Republicano, pero también al Demócrata.[21] Al mismo tiempo, se colapsó el bloque soviético y se inició la reconversión de un capitalismo centrado en la manufactura a una economía de la información, las telecomunicaciones y las finanzas. Las ventajas de esta nueva economía fueron capturadas por profesionistas con formación en tecnología, muchos de ellos votantes demócratas.[22] ¿Los perdedores? Trabajadores manuales, muchos de ellos de color.[23]

Tras la derrota de 1972 y la de 1980, se conformó la Comisión Hunt.  La lógica era la siguiente: si las elecciones primarias están cada vez más sesgadas hacia los extremos (como lo muestra el estudio de Seth Hill y Chris Tausanovich),[24] entonces los “superdelegados” corregirán este sesgo y lograrán la nominación de un candidato moderado, de centro, que conquiste el electorado y dé buenos resultados… como Hillary Clinton (!).[25] El aparente retroceso de la comisión Hunt partía de una premisa de suyo cierta: “el informe de 1981 del Consejo Nacional Demócrata notó diferencias significativas entre los electores que participaban en las primarias y en la elección general; los primeros tendían a tener mayor escolaridad y eran de clase media”.[26]

El sesgo de las primarias es claro: participan votantes con mayor grado de escolaridad y de ingresos, más jóvenes que el promedio, educados (as) en las mejores universidades de las costas, este y oeste, con una puntuación alta hacia el polo liberal en el eje liberal–autoritario; es decir, otorgan más prioridad a temas como derechos lésbico–gay, igualdad de género y equidad racial.[27] Si los votantes de las primarias sesgan la elección hacia la izquierda, ¿deberán los superdelegados orientarla hacia el centro y favorecer candidatos moderados o de centro–derecha? En mi opinión, es un dilema mal planteado: más que a la izquierda (eje de las X), los electores de las primarias inclinan la balanza hacia el polo liberal (eje de las Y). Por lo tanto, el contrapeso necesario no ha de estar en el eje izquierda–derecha sino en el liberal–autoritario (o liberal–conservador).[28]

Como está mal planteado el dilema, se constituye en premisa falsa y lleva a un falso corolario, a saber: que la estrategia correcta es optar por un candidato, hombre o mujer, moderado (Hillary Clinton), en lugar
de uno más izquierdista (Bernie Sanders). Bajo esta premisa, candidatos demócratas de “estados rojos” fueron tímidos en presentarse como antitrump; algunos incluso cedieron en algunas posiciones y discursos.

Pero esta estrategia está condenada al fracaso, como atinadamente advierte Phillips:[29]

La sabiduría convencional dictaría que tanto el Sr. Gillum [candidato a gobernador en Florida], como la Señorita Abrams [candidata a gobernadora en Georgia] no representaban la mejor opción Demócrata; candidatos blancos más tradicionales y moderados serían más competitivos. Bajo esta perspectiva, los candidatos moderados pueden atraer más a votantes blancos indecisos.

Los resultados de las elecciones intermedias constituyen una demostración del carácter falaz de esta perspectiva. En Missouri, Claire Mc Caskill, la senadora Demócrata en campaña para reelegirse, perdió contra John Hawley por seis puntos porcentuales.

La senadora McCaskill subrayó sus credenciales moderadas en campaña y lanzó un anuncio en la radio distanciándose de su partido: “Claire no es una de esas locas Demócratas”, decía el narrador. “Ella trabaja desde el centro y busca llegar a acuerdos” [comentaré sobre este punto más adelante].

En Tennessee, Phil Bredesen, el exgobernador del estado, perdió la senaduría por más de 10 puntos a pesar de tratar de conquistar a los que apoyan a Trump al apoyar la confirmación de Kavanaugh para la Suprema Corte.

El Sr. Gillum y la Srita. Abrams hicieron exactamente lo que hizo el Sr. Obama: inspiraron a personas en todo el espectro racial a participar y votar, y lo hicieron siendo francamente progresistas. No fueron
tímidos en enarbolar la expansión del Medicaid, ni en promover la reforma del sistema penal y las políticas de control de armas.

Coincido con Phillips cuando afirma que es un error seguirle apostando a un centro difuso y tímido. Las y los candidatos demócratas necesitan ser abiertamente de izquierda para lograr una coalición ganadora. En lo que no coincido es en criticar la disposición a la negociación y en presentarse como progresistas. Insisto: se trata de un ajuste en el eje liberal–autoritario, no en el eje izquierda–derecha. Yascha Mounk, profesor investigador de Harvard lo puso en estos términos en un correo a Edsall:[30]

Si los demócratas codifican sus luchas contra las evidentes injusticias que todavía prevalecen en nuestro país [en Estados Unidos] en un lenguaje universal que tiene profundas raíces en la tradición americana, entonces tendrán altas probabilidades de ganar elecciones —y de hacer una diferencia real para la mayoría de los miembros vulnerables de nuestra sociedad. Si, por el contrario, siguen capturados en juegos de lenguaje que solo entienden los activistas progresistas más politizados y con mayor escolaridad, entonces alejarán a muchos de sus potenciales votantes —incluyendo a un gran número de mujeres y de personas de color.

Apoyados en el análisis que Pierre Bourdieu[31] hace en La Distinción, parece lógico que los votantes demócratas de altos ingresos y educados en las universidades de élite se posicionen como progresistas con un acento en los temas culturales:

a. Una reforma fiscal que hiciera sustentable un sistema de seguro social universal y uno de educación pública gratuita alcanzaría a afectar sus intereses económicos.[32]

b. Parece políticamente correcto ser feminista, prodiversidad sexual, proequidad racial, etcétera.

c. Aunque tienen altos ingresos, no se equiparan a los de los capitalistas de más alto ingreso; su capital es, principalmente, de tipo cultural. Pero ese mismo énfasis —en los derechos lésbico–gay, la equidad de género y racial— aleja a los segmentos de clase trabajadora y pobres, quienes identifican esta corrección política con cierto elitismo de personas instruidas; también podrían sentirse ridiculizados en sus creencias y en sus gustos; como si se les quisiera “imponer un modo de ser y de sentir, con una actitud condescendiente”.[33]

“En estos días, la cultura es más importante que la economía”, dice David Brooks.[34] No estoy de acuerdo. Para ganar, los candidatos demócratas han de ser izquierdistas, y hablar de reforma fiscal, de seguro social universal y educación pública y gratuita, pero han de ser liberales, más que progresistas.

Morris Fiorina, de la Universidad de Stanford, cita un libro de Mary Ann Glendon, Right Talks: the Impoverishment of Political Discourse. Poner las cosas en clave de derechos le quita la dimensión “liberal” (negociación) y el discurso se codifica en clave “progresista” (o sea: esto es “lo bueno”, “lo justo”, a lo que “tenemos derecho”). Hacer menos que lo que se considera justo y bueno es considerado una traición y una negación del derecho y, por lo tanto, “está mal”. A su vez, Glendon, en un correo electrónico dirigido a Edsall,[35] define liberal como “tolerante, abierto, y no tan seguro de estar en lo correcto”. Glendon agrega que el Partido Demócrata se convirtió en lo contrario: intolerante, autoritario, no dialogante. “Esta actitud de ‘el ganador se lleva todo’ debilita el capital social que está a la base del pacto social”.[36]

Greg Weiner hace la misma advertencia: “el progresista es inherentemente hostil a la moderación porque el progreso es un bien inagotable […] Las negociaciones y los acuerdos, en tanto que representan menos progreso, no solo es desaconsejable, sino irracional”.[37]

Bien dicen por separado Bret Stephens,[38] Weiner[39] y Glendon:[40] para Estados Unidos, en este momento, es fundamental rescatar la república y el pacto social que ha de estar a la base. Convendría desempolvar el espíritu de humildad, inclusión y empatía que exuda el texto de Richard Rorty,[41] Contingencia, ironía y solidaridad.

 

[*] Responsable de proyectos estratégicos de investigación, Coordinación de Investigación y Posgrado del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Doctor en Ciencias Sociales (Sociología) por la Universidad de Guadalajara. Miembro de la Red Mexicana de Investigación en Política Social y de la Red Nacional de Investigadores (as) en los Estudios Socioculturales de las Emociones. Excoordinador del Centro de Reflexión y Acción Laboral (cereal) y, en tal carácter, en su momento miembro del comité directivo de la red internacional de derechos laborales y ambientales GoodElectronics. Correo electrónico: foust@iteso.mx

 

[1] McDonald, Michael. United States Elections Project, sitio web de un proyecto de investigación con información histórica de las elecciones estadounidenses. Recuperado de http://www.electproject.org/national-1789-present; Winders, William. “The roller coaster of class conflict: class segments, mass mobilization, and voter turnout in the U.S., 1840–1996”, en Social Forces, vol.77, núm.3, 1999, pp. 833–860; Vesoulis, Abby. “The 2018 Elections Saw Record Midterm Turnout”, en Time, 13 de noviembre  de 2018. Recuperado el 23 de diciembre de 2018, de http://time.com/5452258/midterm-elections-turnout/

[2] Vesoulis, Abby, op. cit; McDonald, Michael, op. cit.

[3] Maddow, Rachel. “gop Hurt by Donald Trump bungling in democratic midterm victories”, en msnbc, 7 de noviembre de 2018. Recuperado el 22 de diciembre de 2018, de https://www.youtube.com/watch?v=sWFPbYjRkcs; Melber, Ari. “Ari: Dems. Crushed Trump in biggest midterm blowout in 40 Years”, en The Beat with Ari Melber, msnbc, 8 de noviembre de 2018. Recuperado el 22 de diciembre de 2018, de https://www.youtube.com/watch?v=JcCKhhYt7vE

[4] Más adelante hablaré de la significativa diferencia entre ambos términos.

[5] Leonhardt, David. “Republicans for democrats”, en The New York Times, 26 de octubre de 2018. Recuperado el 22 de diciembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/10/26/opinion/nevertrumprepublicansmidtermsdemocrats.html

[6] Melber, Ari, op. cit.

[7] Romano, Silvia. “Efecto anti–Trump: el triunfo de la ideología hegemónica”, en Gandásegui, M.A. (hijo) & Preciado, J.A. (coords.), Hegemonía y democracia en disputa. Trump y la geopolítica del neoconservadurismo, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2017, pp. 161–187, y Dahl, Robert. ¿Es democrática la Constitución de Estados Unidos?, fce, México, 2003, citado en Romano, Silvia, op. cit.

[8] Foust, David. “La derrota de la extrema derecha, aún lejos en Estados Unidos”, en #19S Nueva sacudida, nuevas interrogantes (Análisis Plural, segundo semestre de 2017), iteso, Guadalajara, 2018, pp. 125–135.

[9] Melber, Ari, op. cit.

[10] Brooks, Arthur. “How Loneliness is Tearing America Apart”, en The New York Times, 23 de noviembre de 2018. Recuperado el 24 de diciembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/11/23/opinion/loneliness-political-polarization.html

[11] Timm, Jane. “116th Congress is the most diverse in history”, en nbc News, 3 de enero de 2019. Recuperado el 8 de enero de 2019, de https://www.nbcnews.com/nightly-news/video/116th-congress-is-the-most-diverse-in-history-1419402307879

[12] Winders, William, op. cit.

[13] Phillips, Steve. “Do the math. Moderate democrats will not win in 2020”, en The New York Times, 12 de noviembre de 2018. Recuperado el 22 de diciembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/11/12/opinion/democrats-midterms-progressives.html?rref=collection%2Fsectioncollection%2Fopinion

[14] Collins, Gail & Stephens, Bret. “One wave, two waves, red wave, blue wave. The conversation”, en The New York Times, 6 de noviembre de 2018. Recuperado el 22 de diciembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/11/06/opinion/midterms-elections-predictions.html

[15] Edsall, Thomas. “The democratic party picked an odd time to have an identity crisis”, en The New York Times, 2 de agosto de 2018. Recuperado el 6 de noviembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/08/02/opinion/democrats-midterm-identity-crisis.html

[16] Edsall, Thomas. “The democratic party has two futures”, en The New York Times, 9 de agosto de 2018. Recuperado el 8 de noviembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/08/09/opinion/democratic-party-midterms-elections.html

[17] Edsall, Thomas. “The democratic party has two futures”, en The New York Times, 9 de agosto de 2018. Recuperado el 8 de noviembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/08/09/opinion/democratic-party-midterms-elections.html

[18] Edsall, Thomas. “The democratic party picked an odd time…”, op. cit.

[19] Marcetic, Branko. “The secret history of superdelegates”, en These Times, 20 de mayo de 2016. Recuperado el 18 de octubre de 2018, de http://inthesetimes.com/features/superdelegates_bernie_sanders_hillary_clinton.html

[20] Entre 1968 y 1992, los republicanos ganaron cinco de siete elecciones presidenciales.

[21] Como respondió en alguna ocasión Margaret Thatcher cuando le preguntaron cuál era su mayor logro: “Tony Blair and the New Labour. We force our opponent to change their minds”. Burns, C. “Margaret Thatcher’s greatest achievment: New Labour”, en Conservative Home. The home of conservatism [blog], 11 de abril de 2018. Recuperado el 24 de diciembre de 2018, de https://conservativehome.blogs.com/centreright/2008/04/making-history.html

[22] Edsall, Thomas. “Can the democrats rise above?”, en The New York Times, 20 de septiembre de 2018. Recuperado el 8 de noviembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/09/20/opinion/democrats-inequality-policy-midterms.html

[23] Ibidem.

[24] Hill, Seth & Tausanovich, Chris. “Southern realignment, party sorting, and the polarization of american primary electorates, 1958-2012”, University of California, San Diego, 3 de junio de 2016.

[25] Marcetic, Branko, op. cit.

[26] Ibidem; las cursivas son propias.

[27] Hill, Seth & Tausanovich, Chris, op. cit; Edsall, Thomas, “The Democratic Party Picked an Odd Time…”, op. cit, citando a Fiorina, quien a su vez se apoya en la encuesta 2016 Voter Study Group Survey.

[28] Cfr. artículo de Wikipedia sobre la escala dw–nominate (acrónimo para Dynamic Weighted Nominal Three–Step Estimation, una escala multidimensional para indicar el posicionamiento político en Estados Unidos de América, desarrollada por Keith Poole y Howard Rose).

[29] Phillips, Steve, op. cit. Las cursivas son del autor.

[30] Edsall, Thomas. “The democrat’s left turn is not an illusion”, en The New York Times, 18 de octubre 2018. Recuperado el 8 de noviembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/10/18/opinion/democrat-electorate-left-turn.html. Las cursivas son del autor.

[31] Bourdieu, Pierre. Distinction: a social of the judgment of taste. University Press, Cambridge, Harvard, 1979 / 1996.

[32] Edsall, Thomas. “The democrat’s left turn…”, op. cit.

[33] Stenner, Karen y Schnurer, Eric, citados por Edsall, Thomas. “Liberals need to take their fingers out of their ears”, en The New York Times, 7 de diciembre de 2017. Recuperado de https://www.nytimes.com/2017/12/07/opinion/liberals-conservatives-trump.html; Hochschild, Arlie. Strangers in their own land. Anger and mourning on the american right, The New Press, Nueva York, 2016; Weiner, Greg. “When liberals become progressives, much is lost”, en The New York Times, 13 de abril de 2018. Recuperado el 22 de diciembre de 2018, de https://www.nytimes.com/2018/04/13/opinion/moynihan-liberals-progressives-lost.html

[34] Brooks, David, op. cit.

[35] Edsall, Thomas. “The democratic party picked an odd time…”, op. cit.

[36] Ibidem.

[37] Weiner, Greg, op. cit.

[38] Collins, Gail & Stephens, Bret, op. cit.

[39] Weiner, Greg, op. cit.

[40] Citado en Edsall, Thomas. “The democratic party picked an odd time…”, op. cit.

[41] Rorty, Richard. Contingency, irony, solidarity, Cambridge University Press, Cambridge, 1989.