Casi dos años con AMLO: ¿desastre, transformación o café con leche?

Luis Ignacio Román Morales[*]

 

Resumen: Durante la administración de López Obrador se han polarizado las posturas a su favor y en su contra. En el plano socioeconómico se mantienen muchas incertidumbres y críticas, especialmente referidas al crecimiento de la actividad económica, así como muchas esperanzas en torno a la aplicación de una estrategia auténticamente distinta, que privilegie una distribución más equitativa de la riqueza. Este artículo presenta una interpretación sobre lo limitado y complejo de los cambios en proceso, así como la presencia de avances reales y positivos, de inercias ortodoxas, de inconsistencias peligrosas y también de retrocesos. Plantea que la política económica ha sido pragmática, buscando un difícil equilibrio entre la estabilidad financiera y la mejora social.

Palabras clave: política económica, AMLO, macroeconomía, desarrollo socioeconómico

 

Abstract: The administration of Andrés Manuel López Obrador has polarized opinions for and against his initiatives. In particular, his socioeconomic policies have sparked uncertainty and criticism, especially regarding the growth of economic activity, as well as hopes for a genuinely different strategy aimed at a more equitable distribution of wealth. This text presents an interpretation of the limitations and complexity of the changes underway, as well as the presence of real and positive progress, of orthodox inertia, of dangerous inconsistencies, and of regression. It argues that economic policy has been pragmatic, as it aims for a difficult balance between financial stability and social improvement.

Key words: economic policy, AMLO, macroeconomics, socioeconomic development

 

Para interpretar cómo ha funcionado el gobierno federal una primera cuestión es ubicar con respecto a qué momento. Una primera posibilidad, la más sencilla, es valorar el comportamiento macroeconómico y socioeconómico durante 2019, pero ello implicaría negar el hecho de que el actual Congreso Federal, preponderantemente aliado al poder ejecutivo, había iniciado sus funciones desde septiembre de 2018. Asimismo, las decisiones y los planteamientos de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fueron determinantes desde antes de su toma de protesta: entre julio y noviembre de ese año el gobierno saliente apareció desdibujado en tanto que la “Casa de Campaña de Morena” se convertía en el símbolo del poder presidencial.  Por otra parte, cuando este texto sea publicado ya estaremos cerca del segundo aniversario de las elecciones de 2018, periodo lo suficientemente amplio para efectuar una primera valoración sobre el camino de la llamada “cuarta transformación”.

“Este gobierno es un desastre”, podría ser una primera interpretación. Hay una gran desconfianza e incertidumbre entre los inversionistas, por lo que la inversión se ha derrumbado, lo que a su vez ha conducido a una bajísima generación de empleo, al estancamiento económico —por no decir recesión— y a una incontenible ola de violencia e inseguridad. Por si esto fuera poco, el gobierno se caracteriza por la total centralización del poder, la ineptitud de los altos funcionarios, la falta de transparencia y rendición de cuentas, así como por la violación de los derechos humanos, la sumisión gubernamental ante Trump y el populismo. La cancelación del Aeropuerto de Texcoco es un desperdicio monumental y la pérdida de una oportunidad histórica para México, las obras de Dos Bocas y el tren maya son inviables y ecológicamente depredadoras; las calificadoras internacionales están bajando la calificación crediticia de México y de Petróleos Mexicanos, lo que pone en grave riesgo la buena calificación de la deuda de nuestro país; se está atentando contra las jubilaciones de los mexicanos al reducir a 10 veces el salario mínimo para los trabajadores amparados con la Ley del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de 1973; la Guardia Nacional implica la militarización del Estado mexicano; muchos apoyos sociales no tienen reglas de operación y funcionan de manera caótica; por un lado se violan los derechos de los inmigrantes (sobre todo centroamericanos) y por el otro se le otorgó exilio a Evo Morales; el gasto público se ejerce con lentitud, ineficiencia y bajísima inversión pública. El gobierno no cumple con sus promesas de crecimiento ni son viables los periodos en que piensa finiquitar sus obras; el Instituto de Salud para el Bienestar ha dejado sin atención a la población que requiere tratamientos con urgencia, especialmente a niños con cáncer, el fin de la reforma educativa le regresará todo el poder a Elba Esther Gordillo y a un sistema escolar de pésima calidad, conforme a los reportes del Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes; el poder federal se impone a los estatales y municipales, violentando el pacto federal; el narco sigue creciendo y con ello el terror de la población, la violencia está en su punto máximo.

“Estamos viviendo la Cuarta Transformación y por fin tenemos un gobierno que defiende los intereses del pueblo”, podría replicarse: Estamos rescatando la soberanía energética mediante el combate al huachicol, la reactivación de las seis refinerías existentes y la construcción de Dos Bocas; estamos reactivando la infraestructura, principalmente en las regiones más pobres del país, retomando el papel histórico del ferrocarril, con los trenes maya, transítsmico y México–Toluca; estamos usando los recursos públicos no para los gastos faraónicos de altos funcionarios sino para generar transferencias universales a mayores de 68 años, indígenas, población con discapacidad, madres solteras, estudiantes de bachillerato, habitantes de zonas marginadas por donde pasan los poliductos, campesinos productores de bienes básicos; estamos plantando millones de árboles: el salario mínimo real ha subido como nunca antes y la legislación laboral por fin da pie a la auténtica defensa sindical y democrática de los derechos de los trabajadores; estamos estableciendo un sistema universal de salud, el derecho constitucional a la educación superior, la construcción de cien universidades, un programa de empleo para millones de aprendices, una renovación total del Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores en favor de los trabajadores; tenemos una inflación excepcionalmente baja, un equilibrio en nuestras cuentas con el exterior, no nos estamos endeudando de más, se mantiene un buen nivel de reservas de divisas y, fundamental, contamos con un nuevo Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (t–mec) que nos protege frente a la inestabilidad internacional, que clarifica las reglas de nuestro comercio, que defiende los derechos laborales de los mexicanos y que permitirá mejorar nuestra posición como consumidores y nuestro acceso a medicamentos; el nuevo aeropuerto de Santa Lucía permitirá reacondicionar el lago de Texcoco en pro de la ecología y el abastecimiento de agua para la Ciudad de México. El gobierno federal está acabando con la corrupción federal estatal y municipal, como lo muestran los casos de Rosario Robles y Genaro García Luna; no podrá haber más escándalos como los de los Duarte (Veracruz y Chihuahua), Borge (Quintana Roo) o Medina Mora (Nuevo León), o las estafas maestras, Odebrecht, Panama Papers y similares. Ahora las grandes empresas tendrán que pagar todos sus impuestos: las facturaciones falsas, incluyendo las derivas de subcontratación ilegal, son consideradas delincuencia organizada, el presidente ya no puede cancelar ni condonar adeudos fiscales.

¿Cuál de los dos párrafos anteriores es el verdadero? Es altamente probable que en función de la opinión que usted tenga le otorgue casi toda la validez a uno de ellos y rechace todas las afirmaciones del otro. Sin embargo, ¿es posible que en gran parte de lo dicho —no en todo— ambos párrafos sean ciertos? Este texto no podrá dar cuenta del conjunto de los señalamientos, pero sí, al menos de cinco de los fundamentales: crecimiento económico, empleo, inflación, inversión y seguridad. Veamos las cifras disponibles en estos dos años.

 

  1. RECESIÓN, ESTANCAMIENTO O REACTIVACIÓN

Las cifras preliminares presentadas en enero de 2020 marcaron una caída del producto interno bruto (PIB) de México de 0.1% en 2019 con respecto a 2018. Las expectativas de crecimiento económico para el país durante 2020 oscilan en un amplio margen que va de 1%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), a 2%, según BBVA. En todo caso, ello implicaría un crecimiento promedio de entre 0.5% y 1% anual durante el bienio 2019–2020, tasa menor a la histórica de México desde 1982 (2.1%), mucho menor que la histórica de largo plazo (superior a 6% entre 1935 y 1981), menor a la tasa de crecimiento de la población del país (entre 1.6% y 1.8% anual, dependiendo de los resultados que arroje el censo 2020) y aún más pequeña en comparación con la tasa de crecimiento de la población económicamente activa (PEA). En otras palabras, aun cuando hubiese crecimiento económico, habría una caída del PIB per cápita y del producto por trabajador.

¿Esto significa una debacle generalizada para el país? No. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reporta que el sector agropecuario creció 1.9% y los servicios lo hicieron 0.5% (datos para el
conjunto del año, todos los subsecuentes sobre el PIB refieren solo
el promedio de los tres primeros trimestres). La industria es la que se
precipitó a la baja, y aunque aún no contamos con los resultados a
detalle, hubo una situación especialmente complicada en tres ramos: el
petrolero, el automotriz y el de la construcción.

En el caso del sector petrolero existe una tendencia histórica
de caída en las reservas probadas, en la extracción y en la exportación de
petróleo, a un punto tal que desde el año 2015 importamos más productos petroquímicos (sobre todo gasolina) que lo que exportamos de petróleo. En el PIB de extracción de petróleo y gas México tuvo una caída de 10.6% en el año 2017, de 6.4% en 2018 y de 8.5% en 2019 (primeros tres trimestres de cada año), lo que muestra una situación crítica, sobre todo ante la inestabilidad del mercado mundial (como en el caso de la tensión Estados Unidos–Irán) y la imposibilidad de sustituir de manera masiva en el corto y mediano plazos la dependencia de hidrocarburos por energías alternativas. En este caso, la opción de reactivar la capacidad pública de exploración, extracción, refinación, almacenamiento, distribución y comercialización de los productos petroleros sería clave en la definición de una estrategia industrial propia para el conjunto de la economía.

Todos los ramos de la industria de la construcción muestran una severa caída: 2.8% en edificación, 5.2% en obras de ingeniería civil y 13.3% de caída en trabajos especializados para la construcción. En este caso se advierte la necesidad apremiante de reactivar tanto la inversión pública como privada en el sector, lo que de alguna manera explica la lógica de las grandes obras de infraestructura. Sin embargo, se presentan tres elementos de riesgo mayor en las grandes propuestas de obra: el impacto ambiental; la violación de derechos de las comunidades locales, especialmente de las indígenas, y la dependencia técnica, financiera y de aprovechamiento de la obra por parte de grandes empresas privadas: si la mayor parte de la inversión será privada, cómo se podrá garantizar que en las obras prime el interés público y el desarrollo social por encima de los grandes intereses privados, no solo de la construcción sino del aprovechamiento posterior de las regiones en donde estas se realicen.

En cuanto a la industria de equipo de transporte (principalmente automotriz) no hay una crisis, pero sí una marcada desaceleración: el sector creció 10% en 2017, 4.7% en 2018 y 3.9% en 2019. Este sector es el principal proveedor de divisas derivadas de exportaciones industriales —superando ampliamente al petróleo— y ha estado sometido a diversas amenazas arancelarias del gobierno estadunidense y a una profunda revisión en el marco del t–mec, lo que condujo a una caída de 3.4% en la exportación de vehículos. Además, las ventas internas de automóviles se redujeron de manera significativa en 2019, llegando a 1.32 millones de vehículos ligeros (no contabiliza camiones, autobuses, tractores, entre otros), frente a 1.43 en 2018, lo que implica una caída de 7.7%, cuando en 2018 ya había caído con respecto a 2017. La caída de la industria automotriz implica un riesgo en la obtención de divisas para México, así como en la inversión y en la generación de empleo.

Sin embargo, cabe recordar tres elementos profundamente nocivos del sector en México: las condiciones laborales de los trabajadores automotrices han sido particularmente inferiores a las de sus pares norteamericanos (y mundiales) a pesar de que nuestro país cuenta con altos niveles de productividad laboral y casi un siglo de experiencia en el sector (la Ford comenzó a producir en México en 1925); el sector ha sido especialmente privilegiado en términos fiscales, de estímulos con terrenos, agua, servicios e inclusive hasta caminos, en detrimento de sectores tradicionales y de la micro, pequeña y mediana empresas, y que se han instalado en regiones en donde se ha causado una enorme contaminación, daños a la salud y consumo de agua, especialmente en la cuenca Lerma–Chapala–Santiago. La cuestión para los próximos años es si la industria automotriz podrá reactivarse bajo condiciones laborales dignas, pagando los impuestos y derechos correspondientes y actuando bajo prácticas estrictas de protección ambiental.

Muchos otros ramos industriales se encuentran en situación complicada, en su mayor parte desde antes de 2018. Son los casos de la minería, la industria textil, la de la madera, del papel, la química, la metálica, la de minerales no metálicos, aparatos eléctricos, muebles, colchones y persianas, entre otros. En pocos sectores se advierte una mejora, aunque entre ellos destaca la industria electrónica y la de equipo médico.

En suma, México se está desindustrializando desde los procesos de liberalización de los años ochenta, pero de manera más acentuada en la actualidad. Esto no es exclusivo de nuestro país, pero sí representa una amenaza en términos de empleo, productividad y desarrollo, especialmente en los albores de la cuarta revolución industrial.

En cuanto al sector servicios, destaca la desaceleración del sector bancario, creciendo sus tasas de colocación de crédito a un solo dígito, pero, aun así, genera junto con Chile las mayores tasas de beneficio bancario en América Latina.

Desde los años ochenta México ha registrado tasas promedio de crecimiento económico inferiores a la media mundial. Para 2019 el Banco Mundial estima que el PIB global habrá crecido 2.4% frente a cero en México. El escenario para 2020 es más complejo en el plano internacional, dada la casi recesión en Alemania, el debilitamiento del crecimiento en China —que será mucho más grave a raíz de la crisis del coronavirus—, las tensiones político–económicas que se deriven del Brexit en Europa y sobre todo las expectativas de reducción en la tasa de crecimiento de la economía de Estados Unidos (al 1.8%). Aunque decrecientes, se mantienen expectativas de recesión de alrededor de 30% en la economía de ese país dentro de los próximos 24 meses.

La respuesta que ha dado la presidencia de México a la falta de crecimiento ha sido en el tono de minimizarla, señalando que el objetivo fundamental es el desarrollo y no la producción, lo que llevaría a subrayar mayormente el sentido del desarrollo en términos de distribución del ingreso y de la riqueza, reducción de la pobreza, sostenibilidad ambiental, soberanía alimentaria y creciente desarrollo de tecnología propia, entre otros. Algunos de estos factores no podrán ser demostrables en el corto plazo (las encuestas de Ingresos y Gastos de los Hogares se levantan cada dos años y solo tendremos nueva información de ellas en 2021), mientras que otras, como en términos tecnológicos, parecen cada vez más alejadas, ante la reducción de la importancia que se le ha dado a ciencia y tecnología. Sin embargo, el aumento a los salarios mínimos, los cambios legislativos en materia laboral y los programas sociales sí parecen inducir a mejoras significativas en términos distributivos.

 

  1. EMPLEO, SALARIOS E INGRESOS

¿El empleo está creciendo o se está destruyendo? Depende cuál fuente tomemos (cada quien trae sus datos).  Un primer problema de medición está en la enorme variabilidad de la PEA (ocupados y desocupados) desde la crisis de 2008. Considerando su variación entre los terceros trimestres de cada año se registran aumentos ínfimos en algunos momentos (como en 2013, cuando creció solo 0.2% o en 2014 y 2017 cuando lo hizo al 0.3%) y sumamente elevados en otros, como en 2009 (al 3.8%) y en 2012 (al 3.6%). Si de un año a otro puede haber diferencias de 15 veces en la tasa de crecimiento de la PEA resulta complejo calcular y evaluar el empleo realmente generado.

En 2018 y 2019, conforme a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, la PEA ha crecido a ritmos acelerados (2.9 y 2.5%, respectivamente), lo que genera presiones mayores para la generación de empleo. En el año 2018 la población ocupada creció al 3% (ligeramente más que la PEA) y al 2.2% en 2019 (ligeramente menos). El registro de tasa de desocupación de diciembre de 2019 muestra una mejora sustantiva, al llegar a 3.1% de la PEA, frente a 3.6% en diciembre de 2018.

Parecería contradictoria la evolución del PIB, que no crece, combinada con un aumento relativamente aceptable de la ocupación al tercer trimestre de 2019 y una franca reducción de la desocupación al término del año. La aparente contradicción podría resolverse al contrastar los sectores y tipos de caída del PIB con la evolución de la ocupación. Si crece el empleo en sectores tradicionales o más rezagados, su contribución al PIB podría ser marginal, pero podría de cualquier forma participar en la generación de los ingresos personales y familiares. En contraste, el deterioro de sectores, regiones o empresas altamente capitalizados podría afectar mayormente al PIB, la inversión y a las exportaciones y en menor medida al empleo total.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo estima al conjunto de la población ocupada y desocupada a partir de cuestionarios aplicados en hogares, no en empresas ni registros administrativos, lo que implica considerar a la formalidad y la informalidad, al empleo adecuado y al subempleo, a los asalariados y a los trabajadores familiares sin remuneración. En cambio, para ubicar la evolución específica del empleo formal generalmente se emplean las estadísticas del IMSS.

Los datos del IMSS muestran, en efecto, un decaimiento de 50% en la generación de empleo nuevo: en el año 2018 creció al 3.4% y en 2019 solo al 1.7%. Sin embargo, las diferencias en cuanto a empleo permanente son menores. Cabe preguntarse si la contratación de un trabajador eventual en más de una ocasión durante el año es considerada como la generación de un solo empleo o de tantos empleos como veces pudo ser contratada una misma persona. En el segundo escenario, y dado el alto crecimiento del empleo eventual antes de 2019, cabría preguntarse si las cifras de aquellos años podrían sobrerrepresentar la cantidad de empleo generado, máximo cuando el incremento de la PEA fue sustancialmente menor a la del empleo. En 2019, en cambio, la tasa de crecimiento del empleo permanente fue sustancialmente mayor que la del eventual, lo que reduciría en gran parte las posibilidades de sobrerrepresentación.

Por otra parte, resalta el hecho de que la masa salarial real, esto es el número de trabajadores asegurados multiplicado por su salario promedio, descontando la inflación del año de referencia, haya aumentado en 2019 en 5.54% cuando el año anterior lo hizo en 3.95%. En otras palabras, el poder adquisitivo de los trabajadores, visto no a escala individual sino del conjunto de los asegurados, se incrementó significativamente más en 2019 (véase la tabla 6.1).

Una tercera fuente de información, obtenida ya no de hogares ni de registros administrativos sino directamente de las empresas, es la que presenta el Servicio de Información Estadística de Coyuntura del INEGI (SIEC). En sus Series desestacionalizadas de los indicadores del sector manufacturero (es decir, del sector más golpeado en 2019), en noviembre de ese año fue 0.1% menor al de junio de 2018 y 1.0% menor al de noviembre de ese mismo año (igual periodo entre años y a la víspera de la toma oficial de gobierno de la actual administración).

En otros términos, en la manufactura sí ha existido una caída de empleo, aunque esta ha sido marginal. Por otra parte, las remuneraciones reales por persona son 3.4% mayores que las de junio de 2018 y 3.3% superiores a las de noviembre de ese mismo año. En otros términos, aun en la industria manufacturera, el monto general real de remuneraciones a los trabajadores tiende a aumentar.

Por otra parte, la Estadística Mensual sobre Establecimientos con Programa de la Industria Manufacturera, Maquiladora y de Servicios de Exportación (immex), del propio INEGI, muestra que para noviembre de 2019 hubo un incremento de 0.8% en el empleo de esta clase de establecimientos con respecto a noviembre de 2018, así como un incremento en las remuneraciones medias reales por persona de 4.1%.

En cuanto a la productividad laboral de la economía, el índice global de productividad laboral de la economía (IGPLE) del INEGI mostró un descenso de 0.2% en el último trimestre de 2018, el cual se compensó con un aumento similar en el primero de 2019. En el segundo trimestre hubo una caída significativa de 1.5% y en el cuarto semestre repuntó de nuevo 0.2%. En otros términos, la productividad se mantiene estable, salvo por la caída del tercer trimestre de 2019. Por ello, el incremento en los salarios reales apunta a una muy ligera mejora en la distribución del producto entre capital y trabajo, en favor del trabajo, lo que es inédito en los últimos 37 años.

 

  1. ESTABILIDAD FINANCIERA

Es común contraponer una estrategia orientada directamente en favor del mercado interno o de la redistribución del ingreso y de la riqueza a la denominada estabilidad macroeconómica y particularmente a la financiera. Durante la administración de López Obrador se está acumulando una serie de tensiones en la práctica de un pragmatismo que hace malabares para tratar de mantener la estabilidad financiera junto con un cambio de orientación de diversas políticas económicas y sociales.

Hasta comienzos de 2020 el malabarismo ha funcionado, aunque no significa que tenga asegurado su mantenimiento. La inflación tiende a la baja a pesar de los significativos aumentos a los salarios mínimos para los años 2019 (16% general y 100% en los municipios de la frontera norte) y 2020 (20% a nivel general y 5% en la frontera norte). El pasar de 6.8% de inflación en 2017, a 4.8% en 2018 y a 2.8% en 2019 muestra la no constatación de la aseveración de que los salarios no podían aumentarse en términos reales si no aumentaba la productividad (aunque la laboral sí lo hacía), porque romperían la estabilidad de precios que tanto trabajo le había costado a los mexicanos.

Las tasas de interés se están reduciendo, aunque a un ritmo lento. La tasa de referencia del Banco de México hacia la banca comercial alcanzó 8.25% a fines de 2018 y en febrero de 2020 se encuentra en 7.25%.

La línea de crédito del FMI ante México se ha renovado, aunque por un monto inferior a los prevalecientes durante la gestión de Enrique Peña Nieto, dada la petición del gobierno mexicano de depender menos de tal acreditación.

En cuanto a las calificadoras internacionales de deuda, después de episodios complejos durante 2019, presentaron expectativas negativas para esta —sobre todo de parte de Fitch Ratings— aunque para fin de año tendieron a estabilizarse. Al inicio de 2020, ante la amenaza del coronavirus y la nueva expectativa de bajo crecimiento económico de México, los riesgos de baja de nota, alza en el riesgo país y por consecuencia aumento del costo de la deuda para México se están reactivando.

Pese a ello, e incluso a pesar de la caída en las exportaciones automotrices, las relaciones económicas de México con el exterior tienden a estabilizarse. En 2017 se registró un déficit en la balanza comercial (exportaciones menos importaciones de mercancías) de 10,962 millones de dólares; en 2018 este déficit creció a 13,618 millones; en 2020 se registró un superávit de 5,820 millones.[1]

Por lo que respecta a las finanzas públicas, el balance presupuestario de 2017 fue de un déficit de 238,472 millones de pesos; en 2018 aumentó a 494,492 millones y en 2019 registró un descenso a 398,356.[2]

En cuanto a las reservas internacionales de divisas en poder del Banco de México, estas registraron 176,620 millones de dólares al 1 de julio de 2018, al primero de enero de 2019 fueron 180,350 y 183,028 al primero de diciembre de ese año.

En cuanto a la inversión, aunque aún no se dispone de los datos anuales de formación bruta de capital fijo en las cuentas nacionales, los índices de confianza del productor y los resultados de las encuestas sectoriales marcan una tendencia clara a la desinversión privada, lo que representa un riesgo mayor en las expectativas de crecimiento. Parece existir un tour de force entre el gobierno mexicano y parte de grandes capitales privados en torno a la primacía de los intereses de estos últimos en la economía mexicana. El hecho de haber divulgado el Estado mexicano las listas de empresas beneficiadas con cancelaciones y condonaciones de impuestos, así como la consideración de delincuencia organizada a la emisión masiva de facturas falsas, la denuncia gubernamental de prácticas ambientales graves en algunos casos (mineras) o dañinas a la salud (alimentos chatarra y etiquetado frontal), así como la reducción en la comunicación directa entre algunos de los grandes empresarios y la presidencia, generan tensiones muy significativas de discurso y de hecho. En contraparte, el gobierno procura fortalecer alianzas con otros grandes empresarios, como en los casos de Carlos Slim y Ricardo Salinas Pliego, en lo que parece ser una lógica de división entre los intereses empresariales.

En suma, se registra baja inflación, tasas de interés decrecientes, estabilidad fiscal y externa y aumento de reservas internacionales, aunque se mantiene una situación de desconfianza en la inversión privada y amenazas por parte de la banca corporativa y de las calificadoras internacionales.

 

  1. ¿INSEGURIDAD RÉCORD? SÍ, PERO NO

El 12 de abril de 2019 el periodista Jorge Ramos cuestionó en la conferencia mañanera a López Obrador en cuanto a los niveles de inseguridad y violencia. El periodista indicó que las tendencias mostraban que 2019 podría ser el año con mayor criminalidad en la historia moderna de México, en tanto que el presidente señaló que esta se estaba conteniendo. Lo sorprendente es que ambos tenían razón… ¡y con las mismas cifras! Todos los datos de esta sección provienen del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.[3]

Es cierto que la criminalidad es cada vez mayor y que 2019 fue un año récord al respecto. El país está cada vez más desgarrado y polarizado. En ese año hubo 330,994 personas víctimas de delitos contra la vida y la integridad corporal, es decir, algo más que la población total de Puerto Vallarta y equivalente a alrededor de dos tercios de la de Tlajomulco de Zúñiga. Hay un pobre consuelo: la tasa de crecimiento de esta delincuencia fue mayor en 2017: 9.4% vs 8.9% en 2019.

Sin embargo, el descargar la gravedad de la situación en el hecho de que hubiese en años previos evoluciones aún peores, aunque sea cierto es una salida extraordinariamente pobre. En todo caso, el cambio está en la estructura de la delincuencia.

En cuanto a los homicidios, estos siguen creciendo, pero en ese caso sí hay una diferencia significativa en términos cuantitativos: en 2016 crecieron 13.4%, al año siguiente 18%, en 2018 aumentaron 9% y en 2019 el incremento fue de 2.3%. Si esta tendencia conduce a que en 2020 comience a revertirse el número de homicidios puede comenzar a entreverse una expectativa positiva, pero nada garantiza que eso se logrará.

En contraste, hay un repunte significativo en las lesiones y su tasa de crecimiento es la mayor de los últimos años: 7.5% en 2019. Este crecimiento está concentrado principalmente en lesiones culposas y, a su interior, destaca el aumento de los accidentes de tránsito y “con otro elemento”. En otras palabras, el incremento de la delincuencia no solo es provocado por la intención de hacer daño sino por una forma de vida que nos expone cada vez más no solo a sufrir, sino a causar daño contra nuestra voluntad. En la medida en que nuestra economía impulse el famoso burnout, el bulling, el mobbing, la productividad, la eficiencia y la competitividad a toda costa, inclusive ante los riesgos de nuestra propia integridad física y la de los demás, la delincuencia difícilmente podrá detenerse. Lo mismo podría afirmarse en términos del impulso a conductas riesgosas en nuestra alimentación, en nuestra for-
ma de transportarnos, en nuestra forma de divertirnos, en nuestra
forma de consumir y de vivir.

Los feminicidios están creciendo a menor velocidad, pero siguen haciéndolo a tasas mayores a 10% anual. En tanto esto prosiga nada evitará el desgarramiento social expresado en la división sexual. ¿Que tal vez antes también fuese igualmente grave pero no se clasificaba
de “feminicidio”? Ello no ayuda a reducirlo sino a justificarlo, al igual que en el caso de lesiones culposas, esta tendencia no puede disociarse de la disputa cada vez mayor por un reparto equitativo de tiempos de trabajo, de cuidados y de tiempo libre, de formas de consumo respetuosas y no riesgosas para los demás, de formas de movilidad más eficientes y de una vida más digna no solo en el espacio familiar sino en el laboral, en la calle, en la escuela, en las compras, en los centros de salud. De nuevo, la delincuencia no es solo un asunto policial.

El secuestro con calidad de rehén está disminuyendo, pero aumenta el extorsivo, el que pretende causar daño y el denominado exprés. Este último cayó 45.6% en 2019, pero en 2018 había aumentado ¡4,443%! Al pasar de siete casos en 2017 a 318 en 2018. De nuevo, el papel del ser humano como una mercancía robada intercambiable por dinero.

En tráfico de menores y raptos se registra una reducción significativa, pero en contraparte están aumentando considerablemente la extorsión, la corrupción de menores y la trata de personas. En todo caso. Este enorme abanico nos indica que la delincuencia abarca un gigantesco “portafolios de inversión” que no puede reducirse solamente al narcotráfico, aunque con frecuencia pueda estar asociado a él (véase la tabla 6.2).

 

  1. CONCLUSIÓN

Por lo expuesto, es posible que se considere que el autor de esta nota simplemente pretende defender al actual gobierno o, por el contrario, que se está distanciando del apoyo al gobierno que realmente busca el cambio en favor de los mexicanos. Más allá de mi postura ideológica o política personal, lo importante es si lo que aquí se dice es cierto o falso. Si lo dicho en alguna medida puede contribuir a valorar, no a López Obrador sino a una decisión social de efectuar un cambio significativo en el rumbo del país, en favor de estrategias directas de carácter redistributivo y de mercado interno, entonces este texto podrá ser de alguna utilidad. Si sirve para señalar que hay graves riesgos, malabares, inconsistencias y falta de claridad en diversas políticas, y que esto debe corregirse, so pena de generar la decadencia del actual gobierno, también el texto puede ayudar a la discusión.

Apoyar un cambio implica reconocer lo que es consistente con el interés público y el beneficio social y ambiental, pero no extender un cheque en blanco en favor de quienquiera que sea, renunciando a la responsabilidad de establecer posturas críticas y reflexivas. Asimismo, el diálogo con quienes rechazan de plano al actual gobierno puede ser muy valioso y generar cambios, siempre y cuando se parta del interés público, de información verídica, de consistencia entre el pensar y el hacer, así como de capacidad de escucha y de análisis real de los argumentos contrarios.

No hay soluciones mágicas, secuencias lineales ni paradigmas irrebatibles para enfrentar la gravedad de los problemas socioeconómicos que sufre México. El debate social sobre el actual gobierno continuará largo tiempo en nuestros espacios laborales, profesionales, familiares y de todo tipo de interacción. En la medida en que socialmente generemos alternativas tendremos posibilidades de recomponer el tejido social. En la medida en que solo nos anclemos en las posturas que convienen a nuestros espacios de socialización la polarización seguirá creciendo.

 

[*] Es economista por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y doctor en Estructuras Productivas por la Universidad París VII y en Trabajo y Política Social por la Universidad París X. Profesor del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Correo electrónico: iroman@iteso.mx

 

[1] Información oportuna sobre la balanza comercial de mercancías de México durante diciembre de 2019, comunicado de prensa 23/20, 28 de enero de 2020, INEGI, México.

[2] Secretaría de Hacienda y Crédito Público, http://presto.hacienda.gob.mx/EstoporLayout/Layout.jsp

[3]  https://www.gob.mx/sesnsp/acciones-y-programas/victimas-nueva-metodologia?state=published