Una perspectiva psicosocial sobre la noción de normalidad en medio de la crisis

Christian O. Grimaldo–Rodríguez[*]

 

Resumen: En este artículo se abordan algunas consideraciones para abordar los efectos psicosociales de la pandemia originada por el SRAS–cov–2 a partir de la discusión de la estrategia oficial orientada a la construcción de una “nueva normalidad” entendida como decreto. Asimismo, se aborda la alternativa de posicionar “otras normalidades” como parte de una agenda colectiva y plural que nos permita acceder a un mundo más justo y equitativo.

Palabras clave: nueva normalidad, efectos psicosociales, normas sociales, otras normalidades, covid–19

 

Abstract: This article looks at the psycho-social effects of the SARS–CoV–2 pandemic, discussing the official strategy aimed at building a “new normality” by decree. It also addresses the alternative of positing “other normalities” as part of a collective and plural agenda that will enable us to aspire to a fairer and more equitable world.

Key words: new normality, psycho–social effects, social norms,
other normalities, covid–19

 

La crisis abre el sentido de lo que es posible.[1]

 

  1. La normalidad como una expresión psicosocial

La expresión “nueva normalidad” ha aparecido en nuestras vidas como una suerte de mantra que busca dotar de certeza a un futuro eminentemente más incierto de lo que estamos habituados a imaginar. En el caso de México la “nueva normalidad” se ha referido oficialmente a una serie de disposiciones sanitarias propuestas por el estado, vinculadas a sectores productivos, frente a la situación excepcional que ha representado la diseminación del SRAS–cov–2 que provoca la enfermedad llamada covid–19.

En términos llanos, las disposiciones de la nueva normalidad pretenden prever el aumento de contagios y, por ende, el aumento de defunciones a causa de esta enfermedad y tienen como base la reclusión de la población en sus casas, el funcionamiento del sector productivo limitado a aquellas áreas determinadas como esenciales y la práctica recurrente de actividades como el lavado de manos, el desinfectado constante de objetos y alimentos, el mantenimiento de distancias de por lo menos metro y medio entre cuerpos en el espacio público, así como el uso sugerido (en algunas localidades obligatorio) de cubrebocas.

Las dificultades para encontrar sentido a estas drásticas disposiciones oficiales en el terreno de la vida cotidiana generan una serie de efectos que, en el relativamente corto tiempo que llevamos habitando en un planeta infestado por el nuevo virus, pueden ser leídas desde diferentes ángulos, uno de ellos es el psicosocial. En lo sucesivo me gustaría plantear algunas consideraciones psicosociales sobre la construcción de la normalidad, para posteriormente someter a discusión la pertinencia de la construcción de una nueva normalidad como decreto, frente a la posibilidad de concebir otras normalidades, siguiendo el ejemplo de grupos y movimientos sociales que han logrado formas diversas de organización, adaptándose a normas sociales alternativas a las hegemónicas sin sacrificar el sentido de estas y materializando otras formas de habitar y hacer el mundo.

Para no obviar la noción de lo psicosocial, siguiendo las ideas de Pablo Fernández Christlieb, puede entenderse por tal a todo aquel patrón relacional que genere un tipo particular de significados, prácticas, afectos y estéticas o formas.[2] De tal manera podemos identificar como psicosocial la sensación de miedo (afecto) al exponernos al espacio público (prácticas), debido a la constante proliferación de mensajes que nos recuerdan que las otras personas son fuentes potenciales de contagio (significado); esto, a su vez, repercute en la apariencia de los paisajes, en términos de la aparición de cuerpos con cubrebocas y caretas, pero también de adaptaciones inéditas a mostradores de tiendas, banquetas y vehículos (formas).

Analizar la realidad desde la perspectiva psicosocial nos permite identificar el estrecho vínculo entre las ideas y los afectos que guardamos con respecto a un objeto, sujeto o situación, y su materialización en términos de objeto u objetividad. En otras palabras, la mirada psicosocial nos posibilita entender el nexo entre el plano de lo subjetivo y lo objetivo. Se trata, pues, de algo más que el resultado de las interacciones entre las personas y se refiere a la condición relacional que dota de sentido a situaciones determinadas, integrándolas a lo que reconocemos como real o posible. La suma de objetos, afectos, formas, sujetos y símbolos en juego en determinadas circunstancias que las relacionen produciría un orden de sentido y, en consecuencia, tendría la capacidad de producir, mantener o trasformar la realidad.[3]

Ahora bien, la normalidad, sin adjetivar, es un concepto de apariencia inocua para una persona que se encuentre desarrollando su vida cotidiana; es una suerte de contrasentido afirmar lo siguiente, pero es anormal cuestionar lo normal. Parafraseando a Kenneth Gergen, eso que llamamos normalidad se construye a partir de una “coalición de subjetividades”, lo cual conlleva formas más o menos homologadas de pensar, sentir y comunicarnos, cuyo conocimiento proyectado en el tiempo se consolida en lo que reconocemos como “sentido común”.[4]

Lo normal es un tejido de subjetividades, una intersubjetividad que se crea y recrea de manera constante. No es de extrañar pues que a la mayoría de nosotros resulte descabellado, inverosímil e incluso risible que las nuevas disposiciones desafíen al sentido común incluso al grado de prohibir algo tan cotidiano como el saludo de mano o la cercanía entre cuerpos en espacios abarrotados como el trasporte público.

Para que la normalidad ocurra se requiere de un proceso que la ancle a un sentido compartido de la realidad, a ese proceso se le reconoce como normalización y puede definirse como el “proceso de creación de las normas que regulan la conducta, la percepción, el pensamiento o los deseos de las personas en una situación concreta”.[5] No es fortuito que la etimología de la palabra norma tenga que ver con una escuadra utilizada por los carpinteros para “cuadrar” las piezas de madera, o que le llamemos “reglas” al conjunto de disposiciones que orientan nuestras conductas morales respecto de ciertos temas. La normalidad nos “alinea” con el orden que resulta significante para otras personas.

La práctica de cuestionar la normal es de suma relevancia política por el hecho de que los procesos de normalización determinan, legitiman y fundamentan el sentido de la vida cotidiana, que, como sostuvieron Berger y Luckmann, es “la realidad por excelencia”.[6] En este sentido podríamos argumentar que no basta con que una autoridad decrete el nacimiento de una nueva normalidad para que esta cobre sentido, antes bien es necesario que esta responda a las necesidades históricas de la mayoría de las personas a las que sus respectivas reglas están dirigidas.

 

  1. La nueva normalidad como un decreto

En la situación actual los usos de la expresión “nueva normalidad” exceden los campos sanitario y económico que suelen darle sentido en tanto disposiciones oficiales y se extienden a una serie de esferas que, en conjunto, trastocan las escalas de lo privado y lo público.[7] Estos usos, que podríamos llamar extraoficiales, tienen más que ver con un horizonte de sentido, un anhelo de recuperar una cotidianidad que cada vez se aleja más; entre tales esferas están ciertas prácticas que tienen que ver con patrones económicos, alimentarios, laborales y educativos, pero también aquellas referentes al ocio, el hábitat y la movilidad. Estas esferas cobran sentido procesual al conectarse en el plano de la vida cotidiana, que, al mismo tiempo, es aquella en que las personas construimos el sentido de nuestra existencia en el mundo.

La sinergia entre las medidas oficiales para mitigar el impacto económico y sanitario del covid–19 y la vida cotidiana de los millones de personas que habitamos las comunidades con altos riesgos de contagio no ha resultado armónica por múltiples razones, que van desde las brechas de desigualdad económica, étnica y de género que preexistían al virus que ahora nos atormenta y que dificultan su acatamiento; hasta la incapacidad de los actores político–electorales para trasmitir normas más o menos homogéneas y consensuadas entre ellos mismos, debido a la alta capacidad que esta crisis tiene para trasformar en capital político los contagios y las muertes traducidos en cifras que se simplifican burdamente en la arena pública a “mejores” y “peores” autoridades según sea el caso.

Destaca pues el valor moral que ha cobrado el acatamiento de las “nuevas normas”, que a su vez ha derivado en formas desafortunadas para referirse a quienes no encuentran el sentido del encierro frente a una enfermedad que todavía no logra anclarse a los significados cotidianos de las mayorías. Como ejemplo puede mencionarse el caso del gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro Ramírez, que el 23 de abril de 2020 se posicionó en sus redes sociales frente a la dificultad que parte de la población tiene para acatar las normas de la nueva normalidad de la siguiente manera:

Ni madres que nos vamos a rendir. Ni madres que vamos a aflojar el paso. Es por ellos, por nuestros hijos, por nuestros padres, por los que amamos. Es por los que hoy se fueron y por los que se irán en los próximos días. Es por los que están sufriendo y por los que están cuidándonos. Es por la gente consciente que cumple con su responsabilidad y también por los pendejos que siguen sin entender.[8]

Ante este tipo de debates y posicionamientos cabe preguntarse ¿a qué se debe la dificultad para entender o acatar las disposiciones de una nueva normalidad? ¿Qué efectos generan estas nuevas normas en las vidas de quienes se adaptan o no a ellas? ¿Qué nuevas categorías de persona se generan a partir de la nueva normalidad y qué conflictos o alianzas se tienden a partir de ellas?

Dado que evidentemente las normas no funcionan solo por ser decretadas, en los últimos meses hemos presenciado la proliferación de medidas autoritarias por parte de los gobernantes en diferentes partes del planeta quienes, frente a la dificultad para que consensuemos el sentido de una nueva normalidad de manera brusca, buscan contener no solamente nuestras prácticas individuales sino el sentido colectivo de las formas de interactuar y sobrevivir que antes estas mismas autoridades nos habían incentivado o impuesto.

Un ejemplo de lo anterior son los tianguis como forma de comercio semiformal que tiene su sentido y función anclada al espacio público y que, ahora, representan un potencial riesgo de contagios y han sido prohibidos de manera tajante en algunas partes del área metropolitana de Guadalajara.[9] Al no contar con alternativas claras para la subsistencia de los comerciantes, este tipo de prohibiciones parece negar la realidad precaria en que quedan sumergidos, lo cual parece implantar la norma implícita de que sus situaciones no importan más allá de su bienestar sanitario. La prohibición reiterativa de aspectos como el anterior, sin plazos posibles para regresar a la anterior normalidad, aunada a las pocas o nulas alternativas que el estado propone, amenazan con la extinción de un conjunto de formas culturales sin proponer algo que las suplante, dejando en su lugar espacio para la incertidumbre, la frustración, la desesperación y el miedo.

Autoras como Angela Giglia han identificado pistas sobre cómo las dinámicas planteadas por la nueva normalidad en las ciudades repercuten en la construcción del sentido de habitar los espacios públicos.[10] Giglia sostiene que el habitar es una práctica que tiene que ver con ocuparse del espacio y ocuparse de las otras personas que lo habitan, en términos de cuidados. Desde esta perspectiva, la forma diferencial de habitar las ciudades filtra nuestras formas de concebir y relacionarnos con los lugares y las personas, de manera que la nueva normalidad sustentada en el imperativo “quédate en casa” sostenido oficialmente trastoca el valor y las prácticas que dotan de sentido cultural al espacio público, en concreto, a las calles y aceras como sitios de encuentro con la diversidad, ahora vistos como espacios potenciales de contagio. Mientras las calles pierden su valor como escenarios generadores de sentido, los hogares se convierten en escenarios multifuncionales de producción y consumo.

Para Giglia la emergencia del covid–19 implica también un proceso de normalización de la desigualdad, identificable a partir de la distinción categórica de dos grupos: los cuidadores y los cuidados. En el primer grupo se encuentran todos aquellos que practican oficios o profesiones que entran en la categoría de indispensables frente a la pandemia, desde los trabajadores del sector salud hasta las y los obreros, empleados de paquetería, empleadas domésticas y recolectores de basura, por mencionar algunos. En sintonía con esta categorización Ian Alan Paul propone distinguir entre sujetos domesticados/conectados y sujetos móviles/desechables, lo cual nos permite entender las dinámicas circulatorias de la pandemia desde la cualidad de vulnerabilidad, exposición y precariedad que normaliza y recrudece la desigualdad de un sistema de producción y consumo que no puede entenderse sin el valor de las conexiones digitales y la circulación de bienes materiales.[11]

 

  1. Las otras normalidades como resultado de acuerdos

Con la ampliación de la brecha entre las vidas que producen y las vidas que consumen entramos en una suerte de paradoja: las dinámicas de la nueva normalidad abren una brecha para normalizar un recrudecimiento de la desigualdad socioeconómica, de género, étnica y racial que amenaza con consumirnos a todos; pero, al mismo tiempo, posibilita su desnormalización. Paul menciona que el llamado “reinicio corona”, al que estamos expuestos actualmente, nos permite insistir en la reterrritorialización de nuestra sociedad, una oportunidad de reiniciar nuestra sociedad antes de que el mismo sistema que la ha ordenado durante siglos retome su curso habitualmente devastador.[12]

Aparentemente el estado como forma de control reconoce la brecha que se ha generado con la crisis actual y ejecuta una serie de medidas autoritarias con el fin de mantener el control de un orden productivo que lo sostenga como eje ordenador de las sociedades. Ejemplo de esto son las muertes de Giovani López, un trabajador de la construcción de 33 años que murió a manos de fuerzas policiales del municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, según el relato de sus familiares, debido a que no portaba un cubrebocas.[13] También vale recordar el asesinato de Alexander Martínez, un joven de 16 años, también a manos de policías, pero en el estado de Oaxaca, en el municipio de Acatlán de Pérez, porque el joven circulaba en una motocicleta después de jugar fútbol con familiares y amigos.[14]

¿Existen alternativas frente a la brutalidad para crear normalidades? Con la frase “La crisis abre el sentido de lo que es posible” Naomi Klein nos alienta a responder que sí.[15] Por esto es que me gustaría recurrir a la expresión de “otras normalidades” antes que a la noción de “nueva normalidad”; no solo por el valor político de referirnos ella en plural para reconocer las enormes disparidades que hay entre los grupos que habitamos un mismo territorio y que se disparan conforme cambiamos a escalas globales, sino también porque la idea de “lo otro” nos recuerda que las alternativas a la normalidad han existido desde hace siglos, en resistencia y frente a una normalidad carente de futuro pero aceptada como parte de un sistema tautológico. Angela Davis comenta al respecto lo siguiente:

Deberíamos aprovechar esto como una oportunidad para generar el tipo de organización que resalte el sentido de la necesidad de solidaridad internacional, y que tenga la capacidad de sacarnos de nuestro adormecimiento, de reconocer que podemos aceptar liderazgos de personas que se organizan en otras partes del mundo.[16]

La noción de otras normalidades también nos recuerda que las normas son un acuerdo antes que un decreto. Esta idea, además, se fortalece en la posibilidad de poner las relaciones humanas al centro y no los intereses mercantiles y los privilegios de ciertos grupos que se beneficiaban exclusivamente de la normalidad que ahora se encuentra en crisis. Recordemos por ejemplo los esfuerzos de la lucha feminista por deconstruir una normalidad en que la violencia machista se reproduce como la norma, a partir de la denuncia pública representada con el #NoEsNormal. También contamos con el ejemplo de las comunidades que han creado normalidades alternativas construidas a partir de pensar que la vivienda es un derecho antes que un negocio, como el caso del asentamiento urbano de la cooperativa Acapatzingo, situado entre las delegaciones Iztapalapa y Tláhuac de la Ciudad de México, quienes se organizan a partir de la búsqueda de la satisfacción colectiva de necesidades y el reconocimiento de los bienes comunes, experimentando formas colaborativas de construcción, seguridad y cultura para sus habitantes.[17] No olvidemos, además, la larga tradición autonómica de múltiples comunidades indígenas en nuestro país, así como la lucha de los caracoles zapatistas en Chiapas.

Como es notorio, la constante que ha caracterizado al surgimiento de las otras normalidades proviene de condiciones sistemáticas de desigualdad e injusticia; estas normalidades, además, representan expresiones psicosociales en cuanto proponen, articulan, legitiman y trasforman la realidad subjetiva y objetivamente, pero al parecer de manera acotada y siempre en resistencia frente a la normalidad hegemónica que atenta con ganar el territorio que parece perder tanto mental como geográficamente.

Me gusta pensar —de la mano con las autoras y autores que he citado aquí— que la discusión sobre la supuesta “nueva normalidad” ha abierto la posibilidad de reconocer las otras normalidades y sumarlas en un esfuerzo sin precedentes por no regresar a la normalidad que ha sido el problema que nos ha sometido a la terrible crisis que nos enfrentamos ahora. Los efectos psicosociales de esta crisis son y serán inevitables, lo que está ahora en juego es la posibilidad de encauzar tales efectos a la materialización de otros órdenes sociales más justos, equitativos y heterogéneos. Quizá sea el momento de preguntarnos ¿qué estamos dispuestos a hacer para conseguir esto y qué alianzas podemos tender para lograrlo? Me gusta pensar que podemos comenzar por desnormalizar una cuestión ontológica que Alejandra De la Torre ha reconocido muy bien en uno de sus textos más recientes: “No éramos universos separados antes de esta pandemia, y ahora, más que nunca, debemos saber que no lo seremos nunca”.[18]

 

[*] Doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social por el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Tiene experiencia en estudios urbanos desde la perspectiva de las ciencias sociales, específicamente desde la psicología social, la antropología urbana y la geografía humana. Es profesor asociado B adscrito al Departamento de Formación Humana y el Departamento de Psicología Educación y Salud en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), donde coordina el Proyecto de Aplicación Profesional Co–laboratorio urbano. Correo: grimaldo@iteso.mx

 

[1]       Naomi Klein, citada en Sbriller, L. y S. de la Torre. “Imaginarios para salir del desastre: Conversación entre Angela Davis y Naomi Klein”, en Revista Anfibia, Universidad Nacional de San Martín, Buenos Aires, 6 de mayo de 2020. Recuperado de http://revistaanfibia.com/ensayo/imaginarios-salir-del-desastre/

[2]       Fernández, P. “Lo psicosocial”, en El alma pública: revista desdisciplinada de psicología social, vol.2 núm.4, 2009, pp. 41–49.

[3]       La crítica de Fernández a la interacción como eje de lo psicosocial se enfoca especialmente a su condición causal y lineal, es decir que, en su sentido más elemental, la interacción se reduce a un vínculo entre dos elementos: sujeto–objeto; sujeto–sujeto; mente–materia. Mientras que lo relacional remite a una concepción más abarcadora y situacional que entendería a lo psicosocial como algo que resulta ser más complejo que el mero intercambio entre lo individual y lo social, se trata de una concatenación de elementos que, en sus propias palabras, surgen de un choque, una suerte de big bang social que ocurre situación tras situación en un continuum histórico.

[4]       Gergen, K. El yo saturado, Paidós, Barcelona, 1997, p.119.

[5]       Samuel–Lajeunesse, J. “Influencia, conformidad y obediencia: las paradojas del individuo social”, en Ibáñez, T., Introducción a la psicología social, UOC, Barcelona, 2004, p.257.

[6]       Berger, P. y T. Luckmann. La construcción social de la realidad, Amorrortu, Buenos Aires, 2006, p.37.

[7]       La nueva normalidad tiene un hito marcado por su referente al campo de las finanzas bursátiles, expresamente en el 2008 frente a la crisis económica global generada por la especulación inmobiliaria. La expresión se atribuye a una nota publicada ese año en Bloomberg News por los columnistas Rich Miller y Matthew Benjamin, quienes describían a la nueva normalidad de la siguiente manera: “Es posible que EE. UU. tenga que acostumbrarse a una nueva definición de normal, caracterizada por ganancias de productividad más débiles, un crecimiento económico más lento, un mayor desempleo y una industria de servicios financieros disminuida”. Véase Miller, R. y M. Benjamin. “Post–subprime economy means subpar growth as new normal in U.S”, en Bloomberg, 18 de mayo de 2008. Recuperado de https://www.bloomberg.com/news/articles/2008-05-18/post-subprime-economy-means-subpar-growth-as-new-normal-in-u-s

[8]       “Hay ‘pendejos que siguen sin entender’: Alfaro”. En Aristegui Noticias, 24 de abril de 2020. Recuperado de https://aristeguinoticias.com/2404/mexico/hay-pendejos-que-siguen-sin-entender-alfaro

[9]       Velasco, J. “Guadalajara suspende tianguis en zonas de alto riesgo”, en El Informador, 9 de junio de 2020. Recuperado de https://www.informador.mx/jalisco/Guadalajara-suspende-tianguis-en-zonas-de-alto-riesgo-20200609-0138.html

[10]     Giglia, A. “Repensar las ciudades desde el encierro doméstico”, manuscrito, S.F. Recuperado de https://www.academia.edu/43024004/repensar_las_ciudades_desde_el_encierro_domestico

[11]     Paul, I. “El reinicio corona”, en La Tempestad, 19 de marzo de 2020. Recuperado de https://www.latempestad.mx/coronavirus-pandemia-capitalismo-transformacion-reflexion/

[12]     Ibidem.

[13]     “Giovanni López: ‘Justicia para Giovanni’, el caso de brutalidad policial que conmociona a México”. En BBC News, 5 de junio de 2020. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-52935685

[14]     Rodríguez, Ó. y M. del Pozo. “A Alexander lo ejecutaron los policías en Oaxaca, acusa su familia”, en Milenio, 11 de junio de 2020. Recuperado de https://www.milenio.com/estados/alexander-martinez-asesinado-policias-oaxaca-familiares

[15]     Sbriller, L. y S. de la Torre. Op. cit.

[16]     Idem.

[17]     Navarro, M. “Hacer común contra la fragmentación en la ciudad: Experiencias de autonomía e interdependencia para la reproducción de la vida”, en Varios autores, Producir lo común: entramados comunitarios y luchas por la vida, Traficantes de sueños, Madrid, 2019, pp.121–138.

[18]     De la Torre, A. “Por un futuro (com)prometido”, en Cruce, núm.782, ITESO, Tlaquepaque, 22 de junio de 2020. Recuperado de https://cruce.iteso.mx/por-un-futuro-comprometido/