Exploraciones

doi: 10.31391/6yc91e04 Recepción: 13-04-2026 Aprobación: 09-06-2026
Gobernar el miedo:
apuntes sobre un mundo sin garantías
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Rossana Reguillo iteso rossana@iteso.mx |
Reguillo, R. (2026). Migración irregular y crisis del multilateralismo: tensiones, límites y desafíos. Análisis Plural, (13).
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Resumen: Este artículo analiza las reconfiguraciones del orden contemporáneo a partir de las transformaciones que siguieron al 11 de septiembre de 2001. Más que centrarse en el miedo como emoción, el texto lo aborda, como un recurso político articulado con la redistribución del riesgo, la expansión de zonas de excepción y la consolidación de formas contemporáneas de autoritarismo. En este proceso, la plataformización de la vida cotidiana adquiere un papel central al reorganizar la producción de sentido, intensificar los afectos y facilitar la circulación de narrativas simplificadoras. A partir de los conceptos “posverdad”, “objetos de atribución” y “maquinarias de captura” se examina cómo se configuran nuevas formas de autoridad que encuentran en el miedo un lenguaje eficaz de movilización. Frente a estas dinámicas se introduce la noción “contramáquinas” para dar cuenta de prácticas que interrumpen estas lógicas y reabren la posibilidad de sostener un mundo común donde la vida no sea jerarquizada. |
Abstract: This article analyzes the reconfiguration of the contemporary global order following the transformations triggered by the events of September 11, 2001. Rather than focusing on fear as an emotion, it examines fear as a political resource articulated with the redistribution of risk, the expansion of zones of exception, and the consolidation of contemporary forms of authoritarianism. In this context, the platformization of everyday life plays a central role by reshaping meaning-making processes, intensifying affects, and facilitating the circulation of simplified narratives. Through the concepts of post-truth, objects of attribution, and capture machinery, the text explores how new forms of authority emerge, using fear as an effective language of mobilization. It introduces the notion of counter-machines to account for practices that disrupt these dynamics and reopen the possibility of sustaining a shared world where life is not hierarchized. |
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Palabras clave: miedo, riesgos, posverdad, máquinas de guerra, contramáquinas |
Keywords: fear, risks, post-truth, war machines, counter-machines |
El miedo es fundamental para explicar la crisis actual del orden internacional. A través del miedo se construye social y discursivamentente al otro, al enemigo, las amenazas que supone y los riesgos que traen consigo los escenarios de su mera existencia (Ahmed, 2014; Cottam et al., 2016). Líderes como Trump, Bukele y Meloni usan el miedo para organizar las percepciones colectivas y delimitar horizontes de acción política (Beck, 2006; Furedi, 2002), apelando a imaginarios de declive, pérdida de soberanía e invasión simbólica o material (Moffitt, 2016; Wodak, 2015). Así, el miedo reconfigura las relaciones entre Estado, ciudadanía y orden internacional, debilitando el multilateralismo y promoviendo nacionalismos (Nussbaum, 2018).
El propósito de este artículo es analizar el miedo como una emoción política central en la configuración del orden internacional contemporáneo, explicando su papel en la transformación del lenguaje de la seguridad tras el 11 de septiembre, en la distribución desigual del riesgo, en su amplificación en la era de la posverdad y en la consolidación de liderazgos de derecha que lo instrumentalizan. Se argumenta que, ante la “maquinaria del miedo” que articula emociones, discursos y poder (Ahmed, 2014), surgen contramáquinas que disputan el sentido mismo del miedo y tratan de limitar su capacidad de estructurar el orden social y global.
De la estabilidad al miedo: antecedentes del colapso internacional
El 11 de septiembre de 2001 no sólo colapsaron las torres del World Trade Center. Se fracturó una cierta confianza —ya precaria— en la idea de un orden mundial regulado por normas, acuerdos y límites compartidos. Mientras las imágenes del humo y los cuerpos cayendo se repetían en bucle, comenzaba a instalarse algo más profundo que el horror: la legitimación del miedo como principio organizador de la vida pública.
El ataque a las Torres Gemelas prefiguró el derrumbe del mundo conocido. En los días que siguieron el lenguaje cambió. La guerra dejó de ser una declaración excepcional para convertirse en una condición difusa, sin fronteras claras ni temporalidad definida. La amenaza se volvió ubicua, indeterminada, siempre inminente. Bajo ese nuevo régimen de sensibilidad, lo impensable comenzó a adquirir forma de política.
Fue en ese contexto cuando la administración de George W. Bush abrió la puerta a un giro decisivo: la producción deliberada de espacios sustraídos al orden jurídico ordinario. La base naval de Guantánamo, en Cuba, se convirtió en el emblema más contundente de esa mutación. Ahí, bajo la justificación de una guerra contra un enemigo sin rostro ni territorio, se sostuvo la idea de que ciertos cuerpos podían ser colocados fuera del alcance de las garantías legales. No se trataba de una anomalía, sino de una decisión política: crear una zona donde el derecho no operara plenamente.
Donald Rumsfeld lo dijo sin ambigüedad al referirse a los detenidos como “combatientes enemigos” —una categoría que permitía suspender las protecciones de las Convenciones de Ginebra—, mientras otras voces clave de la administración insistían en la necesidad de avanzar hacia escenarios de “riesgo cero”: un horizonte imposible que, sin embargo, justificaba la expansión ilimitada de las medidas de seguridad. En nombre de esa promesa el mundo comenzó a reorganizarse.
Entre los muchos discursos, frases y relatos que circularon profusamente en los días y meses posteriores al ataque a las torres hubo dos afirmaciones que capturaron mi atención y alimentaron el trabajo que yo venía desarrollando sobre la construcción social del miedo. La primera: la posibilidad de declarar a Guantánamo una zona sustraída al horizonte de los derechos humanos. La segunda: la promesa —¿amenaza?, ¿profecía?— de convertir a los Estados Unidos en una zona de riesgo cero. Vistas hoy, ambas formulaciones condensaban algo más que una respuesta coyuntural al terror: anunciaban una mutación de época. No sólo porque autorizaban la expansión de la excepción, sino porque revelaban la fractura de un pacto social que, con todos sus límites, había hecho de los derechos, las garantías y la previsibilidad jurídica una aspiración moderna.
Lo que comenzaba a perfilarse era otra cosa: una nueva gramática para distribuir el peligro, jerarquizar la vulnerabilidad y decidir qué vidas debían ser protegidas y cuáles podían ser expuestas. Esta gramática se analiza a continuación.
El reparto inequitativo del riesgo
No todos los riesgos son compartidos, ni todas las vidas son igualmente protegidas. Si algo revelaron las decisiones tomadas tras ese 11 de septiembre fue la instalación de una lógica que, lejos de universalizar la seguridad, la redistribuyó de manera diferencial. La promesa de un mundo más seguro no implicó la disminución del peligro, sino su desplazamiento.
El riesgo no desapareció. No sólo se incrementó, sino que se convirtió en motivo de gobernanza. Administrar el riesgo abrió la compuerta a modos de gestión política en las que las personas dejaron de estar al centro.
Quizás Guantánamo fue una de sus primeras expresiones más visibles. No sólo como enclave jurídico excepcional, sino como dispositivo que permitió concentrar el peligro en ciertos sujetos definidos como amenaza. Bajo esa lógica, la seguridad de unos se sostuvo en la exposición radical de otros. No era un accidente del sistema, sino su condición de funcionamiento.
Esta operación no se limitó a escenarios de guerra. Se extendió como principio organizador de múltiples ámbitos: las políticas migratorias, los sistemas de vigilancia, los regímenes de detención, las fronteras endurecidas y las fronteras invisibles. En todos estos casos el riesgo se distribuye de manera asimétrica, asignando grados distintos de protección, de sospecha y de desprotección.
Pero quizá el desplazamiento más significativo fue otro: la normalización de esta desigualdad. Lo que en otro momento habría sido escandaloso —la existencia de espacios sin garantías, la suspensión de derechos, la exposición prolongada al daño— comenzó a percibirse como necesario, incluso inevitable. El miedo operó aquí como justificación y como lenguaje. Veinticinco años han pasado desde entonces.
En este nuevo régimen la seguridad dejó de ser un derecho para convertirse en un privilegio. No todos pueden habitarla, no todos pueden reclamarla. Para algunos, la vida cotidiana se organiza en torno a la promesa de protección; para otros, en torno a la gestión permanente de la incertidumbre.
Esta redistribución del riesgo no sólo reorganiza el mapa global, sino que reconfigura la experiencia misma de vivir en el mundo. Define quién puede esperar, quién debe huir, quién puede circular y quién será detenido; quién será escuchado y quién quedará atrapado en zonas de silencio. No se trata, entonces, de un exceso del sistema, sino de una de sus formas más eficaces de operar.1
El miedo en la era de la posverdad
Como emoción básica y universal, el miedo surge ante la percepción de una amenaza —real o imaginada—. Si el 11 de septiembre de 2001 inauguró un régimen global de gestión del miedo, las décadas siguientes lo fueron sofisticado. Hoy, ese miedo no sólo se administra desde dispositivos jurídicos o militares, sino que circula, se intensifica y se vuelve experiencia cotidiana en ecosistemas digitales atravesados por lo que se ha denominado posverdad, concepto que refiere a que los hechos objetivos tienen menos influencia en la opinión pública que las emociones, creencias personales o narrativas ideológicas. No se trata de una simple distorsión de los hechos, sino de una operación compleja en la que las emociones, las creencias y los afectos adquieren primacía sobre la evidencia verificable.
En este entorno, la disputa ya no se juega únicamente en el terreno de la verdad, sino en la capacidad de producir relatos verosímiles que confirmen lo que se cree, que activen emocionalmente y que ordenen el mundo en claves simples: nosotros y ellos, amenaza y protección, certeza y miedo. La complejidad se aplana, los matices se diluyen, y en su lugar emerge una gramática eficaz para gobernar la incertidumbre.
Desde mis primeras aproximaciones a los llamados movimientos–red (Reguillo, 2017) comencé a prestar atención tanto a las lógicas de operación de los universos digitales como a los posicionamientos y usos que los actores sociales hacían con, para y desde esos entornos. No como la antítesis de lo real, sino como una extensión de lo fáctico: un espacio donde lo social no se representa, sino que se produce, se disputa y se intensifica. Fue en ese tránsito —y particularmente a partir del trabajo colectivo desarrollado en el Signa_Lab del iteso2— como pude identificar tres soportes fundamentales de la llamada posverdad, no como anomalía, sino como forma dominante de organización del sentido en el presente.
En primer lugar, la verosimilitud: no importa que algo sea cierto, sino que resulte creíble dentro de un marco de sentido compartido. La eficacia del discurso no radica en su correspondencia con los hechos, sino en su capacidad para anclarse en imaginarios previos y presentarse como plausible.
En segundo lugar, el sesgo de confirmación: una disposición cognitiva que lleva a privilegiar aquella información que reafirma creencias ya instaladas, reforzando burbujas interpretativas donde lo discrepante no solamente se descarta, sino que se percibe como amenaza.
Finalmente, la activación emocional: el motor que articula y potencia a los anteriores. Indignación, miedo, enojo, pertenencia. Las emociones no son un efecto secundario, sino el núcleo desde el cual se organizan las narrativas, se producen adhesiones y se consolidan comunidades afectivas.
Estos tres soportes no operan de manera aislada. En su interacción configuran una maquinaria eficaz para recodificar el malestar, dotarlo de lenguaje y orientarlo hacia objetos específicos de atribución. En ese proceso el mundo se simplifica, la complejidad se aplana y la política se reconfigura como una disputa por la gestión de los afectos.
Esta idea no es nueva. Ya en 2005, al trabajar la teoría de las pasiones de David Hume (1990), me interesaba distinguir entre “causa” y “objeto” de las pasiones. La causa sería aquella idea que las excita: un terremoto, una crisis financiera global, una guerra; mientras que el objeto es aquello hacia lo cual se dirigen una vez activadas. Esta distinción resulta clave porque permite desestabilizar una suposición extendida: que aquello que provoca una emoción y aquello a lo que esa emoción se dirige son la misma cosa.
En el caso del miedo, esto adquiere una relevancia particular. El miedo, una vez detonado, busca un objeto al cual atribuirse. No necesariamente el que lo originó, sino uno que pueda condensarlo, representarlo y hacerlo inteligible. De este modo, la percepción de una inseguridad creciente —independientemente de su “objetividad”— activa la búsqueda de responsables: actores, instituciones, figuras que funcionen como focos de atracción de la pasión.
Así, los “pobres”, los “migrantes”, los “terroristas”, “la corrupción” pueden operar como objetos de atribución. No porque sean la causa del miedo, sino porque permiten organizarlo. En ese desplazamiento la pasión borra su origen y convierte al objeto en causa. El miedo deja entonces de ser una respuesta para convertirse en una estructura de interpretación del mundo. No como anomalía, sino como uno de los dispositivos más eficaces para organizar la experiencia contemporánea.
A continuación, se analiza cómo opera la “maquinaria del miedo”.
La maquinaria del miedo
Si el miedo busca objetos de atribución es porque opera en un entramado más amplio de dispositivos que lo capturan, lo intensifican y lo redistribuyen. No se trata únicamente de emociones individuales ni de percepciones aisladas, sino de ensamblajes complejos en los que tecnologías, narrativas y actores convergen para producir sentido.
A partir del trabajo desarrollado en el análisis de los llamados “cuerpos de internet” he propuesto pensar estos entornos como dispositivos de captura y control: maquinarias que operan sobre la atención, el imaginario y la interpretación de la realidad. No como entidades externas, sino como infraestructuras en las que estamos inmersos, muchas veces sin percibirlas.
Estas maquinarias no sólo circulan información: organizan afectos. Su eficacia reposa en la exacerbación de emociones —ira, miedo, odio, indignación—, en la intensificación de la polarización y en el progresivo debilitamiento de los filtros cognitivos. En ese proceso, lo que se produce no es simplemente desinformación, sino una reconfiguración de las condiciones mismas de lo pensable y lo decible.
Como he señalado (Reguillo, 2025), estas maquinarias recodifican el malestar: le dan un habla, una forma de enunciación, y, al hacerlo, achatan la complejidad. El mundo se simplifica en oposiciones binarias, las ambigüedades se vuelven intolerables y la incertidumbre exige ser resuelta mediante la atribución de responsabilidades claras.
En este entramado el miedo deja de ser únicamente una respuesta para convertirse en un recurso: algo que puede ser capturado, amplificado y orientado. Y es precisamente en esa capacidad de organización donde radica su potencia política.
En este punto resulta útil recuperar la noción de “máquinas de guerra”, aunque no en el sentido clásico en que la formularon Gilles Deleuze y Félix Guattari (1988), como ensamblajes exteriores al Estado. En el presente, lo que observamos es un desplazamiento significativo: estas máquinas han sido capturadas, reorientadas y puestas al servicio de lógicas que operan sobre la vida misma.
Más que dispositivos de fuga, funcionan hoy como estructuras de captura y control que organizan la atención, intensifican los afectos y orientan la producción de sentido. No se limitan a imponer una narrativa; configuran las condiciones bajo las cuales esa narrativa se vuelve plausible, deseable o incluso inevitable.
En este sentido, las maquinarias contemporáneas —plataformas digitales, arquitecturas algorítmicas, circuitos de circulación de información— operan como ensamblajes que no sólo median la comunicación, sino que intervienen activamente en la construcción de la experiencia social. Recodifican el malestar, dan un habla y, al hacerlo, achatan la complejidad.
Sin embargo, esta captura nunca es total. Allí donde estas maquinarias buscan estabilizar sentidos y orientar emociones persisten zonas de fuga, prácticas que desbordan sus lógicas y reabren la posibilidad de otros ensamblajes. Es en ese intersticio donde emergen lo que he llamado contramáquinas.
El presente deshonrado
En Hamlet el príncipe de Dinamarca pronuncia una de las frases más inquietantes del teatro occidental: “The time is out of joint”. Tomo prestado aquí el análisis de Eduardo Rinesi sobre Hamlet, al que accedí a través de mi colega Alejandro Grimson.3 En su libro Tiempo loco. Política, historia y risa en William Shakespeare, Rinesi se detiene en esta formulación para explorar sus múltiples traducciones: “el tiempo está desquiciado”, “el tiempo ha sido desordenado” o “el tiempo se ha salido de sus goznes”. Grimson ha optado por la primera —de ahí el título de Desquiciados: los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha. Yo, en cambio, me inclino por otra posibilidad, menos literal pero más perturbadora, porque no remite sólo a un desajuste del tiempo, sino a una fractura en su promesa: el presente ha sido deshonrado.
No se trata únicamente de un mundo que ha perdido su orden, sino de un tiempo que ha sido herido en su promesa.
Vivimos en un mundo donde la vida parece importar cada vez menos. No de manera espectacular, sino en formas persistentes: en la normalización de la precariedad, en la tolerancia creciente al daño, en la aceptación tácita de que hay vidas más expuestas que otras. No es que la violencia irrumpe; es que se instala. No es que el riesgo sorprende; es que se distribuye.
Hay algo profundamente inquietante en esta repetición: lo extraordinario deja de interrumpir. Aquello que debería provocar escándalo se vuelve parte del paisaje. Y, en ese desplazamiento, el presente pierde su capacidad de conmoción.
Quizá por eso, cada vez con mayor frecuencia, el mundo comienza a parecerse a las narrativas posapocalípticas: no como anticipación de un futuro distante, sino como una forma de nombrar el ahora. No hay catástrofe súbita, sino desgaste continuo; no hay colapso total, sino fragmentación sostenida.
Nombrar ese deshonor es una forma de resistir su naturalización. Porque lo que está en juego no es sólo la acumulación de crisis, sino la erosión de aquello que hacía posible afirmar —sin vacilaciones— que la vida debía ser protegida.
Los administradores del miedo
¿Quién es semejante a la bestia, y quién podrá lidiar con ella?
— Apocalipsis 13:4
Es en este presente deshonrado cuando el miedo encuentra su mayor potencia política. No como una emoción dispersa o espontánea, sino como una materia prima que puede ser leída, interpretada y organizada. El miedo no surge de la nada: se reconoce, se nombra y se canaliza. Y en ese proceso emergen figuras capaces de convertirlo en relato, en promesa y en proyecto de gobierno.
No se trata de liderazgos que inventan el malestar, sino de actores que saben habitarlo. Que reconocen la fatiga, la incertidumbre y la sensación de pérdida que atraviesan a amplios sectores sociales, y que logran traducirlas en narrativas simples, contundentes y emocionalmente eficaces. En un mundo donde la complejidad abruma, la simplificación se vuelve virtud.
Estos liderazgos operan en una doble clave. Por un lado, identifican y amplifican el miedo: señalan amenazas, construyen enemigos, delimitan fronteras. Por otro, ofrecen una promesa de restitución: orden, seguridad, control. No importa tanto la viabilidad de esa promesa como su capacidad de resonar con un deseo profundo de estabilidad en medio de la incertidumbre.
En este punto, la posverdad se vuelve aliada estratégica. No porque elimine la verdad, sino porque la desplaza. Lo central no es la verificación de los hechos, sino la producción de relatos verosímiles que confirmen creencias previas y activen emociones intensas. Así, el miedo se vuelve legible, compartido, movilizable.
Estos administradores del miedo no gobiernan únicamente a través de instituciones, sino mediante la construcción de climas afectivos. Generan atmósferas en las que ciertas emociones son legítimas y otras desestimadas; donde la indignación se dirige selectivamente y el miedo se vuelve argumento. En ese proceso la política se desplaza: deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un terreno de adhesión.
La eficacia de estos liderazgos radica, en buena medida, en su capacidad para ofrecer certezas en un mundo fragmentado y polarizado. Certezas precarias, simplificadas, muchas veces excluyentes, pero certezas al fin. Frente a la intemperie, prometen refugio. Frente al desorden, prometen control. Frente al miedo, prometen protección.
Y es ahí donde se juega una de las tensiones centrales de nuestro tiempo: entre la seducción de esas promesas y la necesidad de sostener, a pesar de todo, un mundo en el que la vida —toda vida— importe.
No como una disyuntiva abstracta, sino como un campo de disputa concreto en el que se enfrentan distintas formas de organizar el miedo, de nombrar el malestar y de imaginar lo posible.
Contramáquinas: fisuras en la inevitabilidad
Si las maquinarias contemporáneas operan mediante la captura del malestar, la intensificación de los afectos y la simplificación del mundo, la pregunta no puede agotarse en su diagnóstico. Porque allí donde hay dispositivos de control también emergen formas —a veces precarias, a veces intermitentes— de interrupción.
He propuesto en otros trabajos la noción de contramáquina para nombrar estas prácticas. No como oposición frontal ni como negación total, sino como ensamblajes situados que, desde lo pequeño, buscan desbordar las lógicas dominantes. Las contramáquinas no desmontan el sistema de una vez y para siempre; operan más bien en la escala de lo cotidiano, de lo sensible, de lo relacional.
Frente a la captura, introducen ruido. Frente a la simplificación, reponen complejidad. Frente a la polarización, abren zonas de contacto (Reguillo, 2021).
En los entornos digitales estas formas se expresan en prácticas diversas: narrativas que disputan sentido, registros que documentan lo que el poder busca borrar, redes de cuidado que sostienen la vida allí donde el abandono se vuelve norma (Reguillo & Peña Iguarán, 2026). No se trata de idealizar estas prácticas, sino de reconocer en ellas una potencia que escapa a la lógica de la administración del miedo.
Porque si algo caracteriza a este tiempo no es únicamente la expansión de las maquinarias de control, sino también la persistencia de formas de resistencia que, aunque fragmentarias, insisten en la posibilidad de otros modos de estar juntos.
Esto obliga a matizar cualquier lectura determinista. Los llamados “administradores del miedo” no operan en un vacío ni detentan un poder absoluto. Su eficacia depende de condiciones específicas, de climas afectivos que pueden cambiar, de adhesiones que pueden fracturarse.
La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes. Liderazgos que parecían inamovibles, sostenidos durante años en la producción sistemática de miedo y en la promesa de orden han comenzado a mostrar fisuras. La pérdida de apoyo, el desgaste de sus narrativas y la emergencia de nuevas formas de articulación social recuerdan que ningún régimen afectivo es eterno.
Más que anunciar un giro definitivo, estos episodios abren una pregunta: ¿qué hace posible que el miedo deje de ser el principio organizador de la vida colectiva? ¿Qué condiciones permiten desplazar su centralidad sin negar su existencia?
No hay respuestas simples. Pero quizá el punto de partida consista en reconocer que el miedo no es destino. Que, así como puede ser capturado y administrado, también puede ser desbordado, reconfigurado, reinscrito en tramas donde la vida —toda vida— recupere su valor.
Si algo enseña este recorrido es que el miedo no es un residuo emocional de la política contemporánea, sino uno de sus lenguajes más eficaces. Pero también que no es un destino inexorable. Entre su captura y su desborde se juega la posibilidad de sostener otras formas de vida en común.
En un mundo donde el presente parece haber sido deshonrado, donde la vida se jerarquiza y el riesgo se distribuye de manera desigual, insistir en el valor de toda vida no es una consigna moral, sino una apuesta política. No contra el miedo —que seguirá siendo parte de la experiencia humana—, sino contra su monopolización como principio organizador del mundo.
Las contramáquinas no prometen redención ni orden. Operan en otra escala: en la de los vínculos, los relatos, las prácticas que, incluso en condiciones adversas, se empeñan en sostener lo común. No cancelan la incertidumbre, pero la hacen habitable.
Quizá ahí radique una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo: impedir que el miedo sea la única forma de leer el mundo. Porque, cuando eso ocurre, no sólo se empobrece la política: se estrecha, peligrosamente, el horizonte de lo posible.
Referencias
Ahmed, S. (2014). The cultural politics of emotion. Edinburgh University Press.
Beck, U. (2006). La sociedad del riesgo global. Siglo xxi Editores.
Cottam, M. L., Dietz–Uhler, B., Mastors, E., & Preston, T. (2016). Introduction to political psychology (3a. ed.). Routledge.
Deleuze, G., & Guattari, F. (1988). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Pre–Textos. (Obra original publicada en 1980).
Furedi, F. (2002). Culture of fear: Risk–taking and the morality of low expectation. Continuum.
Grimson, A. (2023). Desquiciados: los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha. Siglo xxi Editores.
Hume, D. (1990). Disertación sobre las pasiones y otros ensayos morales. Anthropos/Ministerio de Educación y Ciencia, Barcelona. (Obra original publicada en 1757).
Illouz, E., & Cabanas, E. (2019). La vida emocional del populismo: Cómo el miedo, el asco, el resentimiento y el amor socavan la democracia. Gedisa.
Mbembe, A. (2011). Necropolítica. Melusina.
Moffitt, B. (2016). The global rise of populism: Performance, political style, and representation. Stanford University Press.
Nussbaum, M. C. (2018). The monarchy of fear: A philosopher looks at our political crisis. Simon & Schuster.
Reguillo, R. (2017). Paisajes insurrectos. Jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizatorio. ned Ediciones.
Reguillo, R. (2021). Necromáquina. Cuando morir no es suficiente. ned Ediciones.
Reguillo, R., & Peña Iguarán, A. (2026). El vuelo de las luciérnagas. Siglo xxi Editores.
Rinesi, E. (2023). Tiempo loco. Política, historia y risa en William Shakespeare. Ediciones ungs.
Wodak, R. (2015). The politics of fear: What right–wing populist discourses mean. Sage.
1 Sobre la distribución diferencial de la exposición a la muerte y la gestión del daño véase Achille Mbembe (2011) y, para el caso mexicano, Reguillo (2021).
2 Laboratorio de Innovación Tecnológica y de Estudios Interdisciplinarios Aplicados del iteso, dedicado al análisis de plataformas digitales e inteligencia artificial generativa.
3 A quien le agradezco mucho haberme abierto esta veta de lectura.