Exploraciones

doi: 10.31391/vvn2ck54                                                  Recepción: 15-04-2026                                                  Aprobación: 19-05-2026

“Asia” en un mundo postliberal.
¿Cómo se observa el fin del orden
internacional liberal en las potencias de la región?

Cristóbal Collignon de Alba

Universidad de Guadalajara

cristobal.collignon@academicos.udg.mx
orcid: 0000–0001–6514–3764

Collignon, C. (2026). “Asia” en un mundo postliberal. ¿Cómo se observa el fin del orden internacional liberal en las potencias de la región?. Análisis Plural, (13).

Resumen:

Este artículo analiza la fragmentación del orden internacional liberal (oil) y cómo este fenómeno es interpretado y gestionado por las potencias clave de la región asiática. El autor sostiene que, mientras Occidente percibe esta crisis como una pérdida de valores, en Asia se analiza desde un realismo pragmático enfocado en la estabilidad y la capacidad de los sistemas internacionales para generar crecimiento. El fin del orden liberal implica un realineamiento de valores globales. Mientras que China y Bharat (India) vislumbran oportunidades para reivindicar su estatus de potencias, Japón y Corea del Sur enfrentan un futuro incierto y retador debido a su profunda dependencia económica y de seguridad con Estados Unidos.

Abstract:

This article analyzes the fragmentation of the liberal international order (lio) and how this phenomenon is interpreted and managed by the key powers in Asia. The author argues that while the West perceives this crisis as a loss of values, in Asia it is analyzed from a pragmatic realism focused on stability and the systems’ capacity to generate growth. The end of the liberal order implies a realignment of global values. While China and Bharat (India) envision opportunities to reclaim their status as powers, Japan and South Korea face an uncertain and challenging future due to their deep economic and security dependence on the United States.

Palabras clave:

relaciones internacionales, orden internacional liberal, Asia, estudios regionales, cambio de paradigma

Keywords:

international relations, liberal
international order, Asia, regional studies, paradigm change

El fin del mundo liberal

Recientemente, y por las noches, se escucha una voz triste. Un lamento que proviene de los noticieros de análisis y de los podcasts políticos: el mundo liberal agoniza. Y aunque no ha muerto porque no puede morir, pues es una idea… los académicos y los políticos no hemos perdido oportunidad para cuestionar sobre los valores asociados a éste que, con todas sus limitaciones, fueron fundamentales para entender el paradigma del dominio occidental de finales del siglo xviii hasta los albores del siglo xxi.

El “orden liberal internacional” (Lake, 2026) es más que un conjunto de reglamentos, normas y políticas sociales, comerciales o políticas. En su esencia, opera como una “gramática civilizatoria” que modela, describe y legitima los procesos sociales que se alinean con lo que se considera idealmente una nación civilizada, un país eficiente, una economía avanzada o, de forma más tajante, el “primer mundo”. El paradigma occidental dominante se difundió por el “sur global” como la fórmula para el desarrollo, el ajuste estructural y el cambio sistémico, un paradigma de corte liberal institucional o neoliberal con altísimo enfoque en la producción, el comercio y en la reducción del rol del Estado. Este orden globalizado se cimentó en tres pilares que inevitablemente lo pusieron en tensión con “los otros”: la democracia, las organizaciones internacionales y la interdependencia económica.

En el centro de este debate se situó el concepto de “la civilización”, el cual fue directamente equiparado con “el orden”. Esta noción de orden fue deificada en el imaginario de las potencias políticas y económicas del Atlántico Norte y se institucionalizó a través de organismos globales, de los que el mayor ejemplo es la Organización de las Naciones Unidas. Estas instituciones operaron como centros de culto a la multilateralidad, promoviendo credos, decálogos y juramentos al libre mercado y la democracia. De esta manera, “el orden” se justificó a sí mismo como una entidad que debía ser analizada, categorizada y definida de forma concisa. En última instancia, esta concepción rechazó cualquier otra perspectiva o postura que cuestionara su razón de ser (Boris, 2009).

El orden liberal, hegemónico globalmente tras la Guerra Fría y la caída de los sistemas socialistas y comunistas de Oriente (Noonam, 2020), enfrenta una encrucijada histórica. Desafiado por sus vicios estructurales internos y una crisis de legitimidad, su continuidad peligra. La batalla ideológica con “el Oriente” fue continua durante el siglo xx, pero el inicio del fin se hizo evidente con el quiebre del interés de Estados Unidos de mantenerse como hegemón global a inicios del siglo xxi (Immerwahr, 2020) y la retórica agresiva del segundo gobierno de Donald Trump desde 2025. Esta situación fue reconocida por el primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico Mundial de Davos 2026, quien sentenció que el mundo basado en reglas y liderado por Estados Unidos no está en transición, sino rupturado. El orden internacional liberal (oil) siempre fue frágil y no gestionó problemas globales como el cambio climático, la desigualdad o las guerras civiles. Hoy, su crisis es mucho más notoria por no saber cómo proceder ante la globalización y el ascenso de potencias iliberales1 como China y Rusia (De Robertis & Tkachenko, 2021).

Desde la perspectiva asiática y específicamente surcoreana (Kim & Lee, 2025), este declive se atraviesa y analiza desde un realismo pragmático. Mientras que la escuela del Atlántico Norte, entendida como el conjunto de postulaciones que participaron de los primeros debates de las relaciones internacionales, observa la crisis en términos de valores y principios, en Asia se analiza desde la capacidad de los sistemas internacionales que aportan orden, estabilidad y crecimiento —con la ironía que esto representa respecto de los primeros intereses del discurso liberal anterior. La caída del mundo liberal se observa como el agotamiento de un modelo que pretendía ser un “patrimonio ideológico común para la humanidad”, pero que, en la práctica, ha sido percibido por muchas naciones como un mecanismo de dominación hegemónica2 (Masuda, 2022).

Asia en cuatro visiones: China, Japón, Corea del Sur y Bharat

“Asia” como actor diferenciado

Sería un despropósito para el autor considerar siquiera que la visión de la caída del orden internacional liberal es única en “Asia” cuando los estudiosos de las relaciones internacionales en reiteradas ocasiones y en debates durante el siglo xx y xxi hemos considerado la ausencia de una entidad política denominada como tal (Ge, 2000). Y a veintiséis años de la publicación de este debate —más si se considera la versión original en mandarín de 1999— también acusamos de una ausencia de identidad regional consolidada como “asiática”.

Por ello será necesario abordar la observación desde diferentes perspectivas de cuatro naciones que lideran el pensamiento político, el desarrollo económico y el mercado de bienes y servicios de la nebulosa región de “Asia”: la República Popular China, el Estado de Japón, la República Democrática de Corea y la República de Bharat.

Estas cuatro potencias (China, Japón, Corea del Sur y Bharat/India) son clave para el orden regional. China es una superpotencia en ascenso que lidera el pensamiento político global y el desarrollo económico regional. Japón es un referente en innovación tecnológica, una economía madura, inversor clave y voz en la seguridad regional. Corea del Sur es un “milagro económico” postconflicto, líder en tecnología y manufactura, y con una gran influencia cultural global (Hallyu). India, la democracia más grande, con una economía de rápido crecimiento y ubicación estratégica, es un contrapeso geopolítico decisivo y una potencia emergente que redefine el equilibrio de poder en el Océano Índico.

China al frente de la oposición del orden internacional liberal

La China de Xi Jinping se ha posicionado como la principal fuerza opositora del oil, tomando en cuenta su renuencia y crítica a los planteamientos normativos de éste. Su liderazgo desde el Partido Comunista Chino de manera inequívoca ha planteado una visión muy clara al decir en 2023 frente al congreso del Comité Central chino que “el Este está en ascenso y el Oeste en Declive” (Czin & Matthias, 2026). Es claro que desde Beijing la inestabilidad política en las democracias occidentales, así como el ascenso de la extrema derecha dan cuenta de que el oil es inestable desde su concepción y por lo mismo es posible esperar que sea condenado a la decadencia por sus bases capitalistas llenas de contradicciones (Zhao, 2026).

Aún más específicamente, desde China se observa el declive de Estados Unidos como algo profundo y potencialmente peligroso para el orden internacional e interno de China. Se acusan acciones desesperadas por mantener la unipolaridad que demuestra su acelerado colapso interno que causa caos global. En el discurso oficial chino se utilizan frases como “El caos de Occidente y orden en China”, que terminan generando una sensación de legitimidad de su propio sistema, de gobernanza autoritaria, frente a esta ineficacia de las democracias liberales (Kelly, 2026).

Es posible argumentar que el oil sólo fue “liberal” desde lo económico y comercial, y que su principal carencia es lo político debido a su imposición (al estilo monista) por parte de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Así que, desde esta óptica, se entiende que el orden actual es desfavorable para China, y la estrategia de política exterior desde Beijing haría mejor en la búsqueda de un “orden socialista” o, al menos, un orden posthegemónico multipolar. En su centro, según Kim y Lee, la revisión china gira con la lógica del Badao 霸道 (regla de la fuerza) y el concepto chino de liderazgo, Wangdao 王道 (regla de la rectitud o del derecho), que pretende expandir el poder a través del consentimiento de los estados vecinos y el respeto a la soberanía (Kim & Lee, 2025).

En su política internacional multilateral China hace uso de las instituciones internacionales que han sido construidas desde los marcos de referencia del oil, pero también las utiliza para destacar las contradicciones normativas y las desigualdades del sistema liderado por Estados Unidos. Al mismo tiempo, Beijing ha tenido la capacidad de fundar instituciones regionales propias, como la Organización de Cooperación de Shanghai (2001), logrando la participación de Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán; así, también, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (2014), con ahora 104 países miembros, y también el proyecto de la Franja y Ruta (2013) con resultados mixtos. Entre todos estos proyectos destacan los discursos alternativos de desarrollo sin condicionalidad política, como sucede con los proyectos del Atlántico Norte.

Cuadro 1. Badao 霸道 y Wangdao 王道
Fuente: Elaboración propia con información de Norton (2026) y Kim & Lee (2025).

Visión de Hegemonía
Occidental (Badao)

Visión de Liderazgo Chino
(Wangdao)

Fuente de
legitimidad

Valores universales,
democracia y derechos humanos.

Soberanía, no intervención
y desarrollo económico.

Mecanismo
de poder

Alianzas militares y
condicionalidad económica.

Infraestructura, comercio
“ganar–ganar” y apoyo institucional.

Objetivo
sistémico

Mantenimiento de la
unipolaridad y el orden liberal.

Multipolaridad y una “comunidad
de futuro compartido”.

Relación con el
Estado

El Estado debe rendir cuentas ante normas liberales.

El Estado es el actor supremo
y su sistema es intocable.

Valdría la pena revisar también, que el fenómeno de la crítica al oil no queda únicamente en el discurso político almidonado y bien planchado, también ocurre en los espacios sociales como los foros de internet. Chenchen Zhang ha documentado cómo la extrema derecha china ha capitalizado en sus foros, discursos de crítica y burla a las izquierdas occidentales, dándonos el concepto de “Baizuo 白左”, un concepto derogatorio que se traduce como “izquierda blanca” y se refiere al enfoque en el discurso, en la corrección política, el enfoque en los derechos humanos, en lo medioambiental y género sexual frente a lo que ellos detectan como problemas reales apremiantes como la seguridad y la economía (Zhang, 2019).

Las discusiones en estos foros, refiere Zhang, analizan el “irracional y destructivo” enfoque en el que las suposiciones eurocéntricas sobre raza, nación o desarrollo terminan siendo el punto de quiebre de la democracia liberal. Así, se logra una identidad nacional china que nos recuerda la idea de “realismo autoritario”3 y, lo que es más peligroso, un pragmatismo absoluto que coloca a China como vanguardia de la sensatez frente a un Occidente decadente y condenado por sus propias políticas de apertura e inclusión. Algo muy cercano a los foros de internet de la extrema derecha en el resto del mundo, pero con un resabio particular ante una posibilidad de hablar en tercera persona, pues “eso sucede en ese mundo, no en el nuestro”. Esto funciona como discurso legitimante del Partido Comunista de China, elevándolo a garante del orden, la estabilidad y prosperidad (Ibid.).

Japón en camino a lo iliberal

Desde la derrota definitiva en la Segunda Guerra Mundial, Japón ha sido efectivamente un espacio político y económico satélite de la política estadounidense en la región. Su futuro a corto plazo en esta caída del oil es, por lo menos, una tragedia muy estrepitosa, ya que su crecimiento acelerado y estabilidad económica dependen directamente de sus asociaciones dentro del oil y, principalmente, los mercados de Estados Unidos y sus socios comerciales, como México o Canadá. Apenas hace unos años era sencillo culpar únicamente a China por la desestabilización del orden internacional liberal, pero cuando las políticas antiliberales surgen de Estados Unidos es necesario recalibrar la estrategia (Lind, 2025).

Entre sus propuestas políticas para el oil, Japón encuentra su formación como potencia regional íntimamente ligada a la inspiración textual del sentimiento liberal del pensamiento de posguerra. Su constitución, desde entonces, incluye una limitante a su rearme y participación del ius bellum, el derecho a la guerra en su artículo 9 constitucional. Aunque ha mantenido sus tropas en un esquema de Fuerzas de Autodefensa, con 250 mil efectivos, ahora se espera un presupuesto de aproximadamente del 2% del pib en 2027, y la definición de “defensa colectiva” junto a “capacidad de contraataque con el objetivo de reforzar la disuasión” nos explica el realismo pragmático que impera en la política japonesa. Esto representa un cambio fundamental (De la Cal, 2026).

Asimismo, el regreso de Trump y la reconfiguración del Partido Republicano como amalgama nacionalista, unilateralista y violenta en su comunicación causaron una profunda ansiedad en las élites políticas japonesas. Sobre todo porque el acuerdo de defensa conocido como Anpo jōyaku 安保条約 en japonés, o Tratado de Seguridad Estados Unidos–Japón, es una de las herramientas útiles del gobierno japonés para subvencionar su seguridad y reducir costos inherentes, así como la disuasión de China y Corea del Norte. Pero ésta se mantiene como una política altamente explosiva dentro de la población japonesa. El caso más reciente fue cuando en 2019 se realizó una consulta en Okinawa para la reubicación de bases militares estadounidenses en Futenma. La población votó 70% en contra, y aun así fue reubicada sin su consentimiento, desatando protestas en el país (Ishimoto, 2022). Este cambio puede entenderse como de ser un seguidor de normas a “un estabilizador proactivo” del Indo–Pacífico.

Con Shinzo Abe y sus sucesores Japón lleva décadas impulsando la visión de un “Indo–Pacífico libre y abierto” (Kondo, 2024) y colocando con claridad enfoques basados en reglas, incluso cuando el liderazgo estadounidense se veía reacio a comprometerse. Por lo mismo, Japón tiene una aproximación pragmática al liberalismo, pues se siente más cómodo en un enfoque basado en el “Estado de derecho” y en los conceptos de “libertad de navegación” que con la promoción de valores democráticos universales, que además podría incomodar a socios estratégicos del Sureste asiático.

Ahora, puede que la sucesora espiritual de Shinzo Abe, la nueva primera ministra Sanae Takaichi, sea aún más extrema en la realización de políticas determinadas como pragmáticas. Es evidente, además, que corresponde a un fenómeno global de regreso de las extremas derechas y nacionalismos, pero como reflejo en la política interna de Japón. Takaichi representa una facción política que aboga por reformar o abrogar la constitución pacifista, además es quien lleva la batuta en el aumento a 2% del pib para el gasto en Defensa y, no menos importante, una visión y postura mucho más dura frente a China y a los inmigrantes dentro de Japón (Singh, 2026; Srivastava, 26).

El fenómeno del ascenso de la extrema derecha japonesa y el nacionalismo puede explicarse desde tres factores clave, a saber.

  1. Estancamiento económico: Las “tres décadas perdidas” de deflación y falta de crecimiento han generado una sensación de declive que el nacionalismo busca revertir.
  2. Crisis demográfica: el rápido envejecimiento de la población y la resistencia a la inmigración masiva han llevado a un enfoque en la preservación cultural y la cohesión social.
  3. Inseguridad regional: la amenaza nuclear de Corea del Norte y la asertividad militar de China han legitimado el discurso de la derecha nacionalista sobre la necesidad de una “normalización” militar de Japón.

También, el reto en Japón es que, pese a ser considerada una “democracia plena” en los índices internacionales, tiene una crisis de participación y una erosión institucional gradual (Chuang, 2026). La victoria histórica del Partido Liberal Demócrata por más de 70 años ha creado efectivamente un sistema de “partido único de facto” que se observa en democracias débiles o en formación en el Sur Global. La oposición dentro del sistema es poca y la diversidad política dentro del pld existe dentro de marcos normativos partidarios. Se advierte, desde la academia, que existe una serie de “retrocesos constitucionales” en puerta mediante cambios legales incrementales que han ido concentrando el poder en el ejecutivo y que, como ejemplo, han colocado el acceso a la información pública en la mira bajo leyes de secretos nacionales (Ibid.). La pasividad ciudadana, el control mediático por corporaciones aliadas al gobierno y la popularidad de la figura de la primera ministra sugieren que Japón está transitando hacia una forma de democracia iliberal o administrativa que prioriza la estabilidad sobre el pluralismo.

Corea del Sur, sin soberanía real

La República Democrática de Corea es, con mucho, el ejemplo más claro de cómo los actores aquí discutidos han contribuido a la crisis del orden internacional iberal y al aumento del nacionalismo como fuerzas desestabilizadoras de la democracia desde el interior. Así como Japón, Corea del Sur se encuentra atrapado y dependiente de la política exterior de seguridad estadounidense. Además, el país se encuentra en un entorno regional cada vez más hostil (Tufts University, Fletcher, 2025).

La política surcoreana está marcada por una polarización extrema que se desarrolla sobre un eje nacionalista. Aram Hur de Tufts señala que el país está dividido en dos visiones mutuamente excluyentes, producto de un crecimiento acelerado y relativa reciente democratización. La primera es una facción conservadora que prioriza su dependencia y alianza con Estados Unidos, que además ha buscado la modernización bajo estándares liberales y tiene muy clara su postura contra Corea del Norte. La segunda, es una facción progresista con enfoques etnonacionalistas, que buscan una soberanía coreana y una reconciliación con el Norte, así como un nacionalismo basado en la “pureza de la línea de sangre” que de vez en vez es reacio a la influencia y pensamiento occidental y del oil (Ibid.)

Esta división, políticamente irreconciliable, ha llevado a Corea del Sur a un ciclo de elecciones que buscan capturar el poder y causar retribución política a los opositores, que además son despreciados no como competidores legítimos sino como amenazas existenciales para la identidad nacional. Recientemente, el ahora convicto presidente Yoon Suk Yeol y su decreto de ley marcial, así como su proceso de destitución, son entendidos como síntomas de retroceso democrático. Todo esto es parte de una tendencia global de erosión institucional desde adentro del poder ejecutivo, como denuncia la East Asia Foundation (Park, 2025).

Esto, en el estudio de la ciencia política, se une al concepto de “agrandamiento ejecutivo” (executive aggrandizement) utilizado originalmente por la politóloga Nancy Bermeo en 2016 para describir una de las formas más sutiles y peligrosas de retroceso democrático contemporáneo. Este proceso es un primer gran indicador de la liberalidad, y mediante éste un gobernante que ha llegado al poder legítimamente a través de elecciones competitivas procede a desmantelar o debilitar gradualmente los controles y equilibrios (checks and balances) institucionales que limitan su autoridad. Para identificarlo podemos considerar algunos elementos.

Primero, se buscará que haya un procedimiento legal que encumbre al líder político, burocrático y aparentemente ordenado. Los cambios se realizan a través de canales institucionales y marcos legales existentes, como referéndums, reformas constitucionales o nombramientos judiciales estratégicos. Esto permite al mandatario argumentar que posee un “mandato democrático” para sus acciones. Luego, se buscará la limitación de rendición de cuentas, cuyo objetivo central es erosionar la capacidad de otras ramas del poder (legislativa y judicial) y de la sociedad civil (prensa y oposición) para supervisar, cuestionar y limitar al ejecutivo. Este tipo de acciones se realiza de manera incremental y discreta, ordenada y funcional.

En esta ocasión, y por motivos culturales e históricos derivados del periodo de dictaduras del siglo xx en Corea del Sur aún vivas en la memoria colectiva, se logró impedir que prosperara el “agrandamiento ejecutivo” y se diera marcha atrás, temporalmente, a los proyectos de Yoon Suk Yeol y sus allegados, quienes hoy continúan activamente en la política surcoreana.

Objetivamente, la posibilidad de un colapso del oil representa una perspectiva profundamente indeseable y de alto riesgo para Corea del Sur. La prosperidad y la seguridad de Seúl han dependido históricamente de la estabilidad que proporciona este sistema basado en reglas. En la ausencia de un marco internacional robusto y predecible, tal vez más importante sin un compromiso creíble y vinculante de defensa por parte de su principal aliado, Estados Unidos, la posición geopolítica de Corea del Sur se volvería extremadamente vulnerable.

Específicamente, el país se encontraría en una situación precaria frente a la República Popular China, pues el debilitamiento del oil y la posible retirada de la influencia estadounidense en la región dejarían a Corea del Sur expuesto a la coerción económica y la presión política de una China cada vez más asertiva. La falta de un contrapeso estructural dificultaría la defensa de sus intereses nacionales y su autonomía democrática.

En el caso de la amenaza de Corea del Norte, un mundo iliberal con estructuras de seguridad regional deterioradas podría incentivar a Pyongyang a ser más asertivo en su política exterior. Sin la disuasión sólida y creíble que proporciona el paraguas de seguridad de Estados Unidos que funcionó desde los años cincuenta, la península coreana podría entrar en una fase de inestabilidad militar acelerada. Corea del Sur se vería forzada a considerar alternativas costosas y potencialmente desestabilizadoras para su propia defensa, incluida la posibilidad de desarrollar capacidades nucleares propias, lo que a su vez iniciaría una carrera armamentista regional.

Por lo tanto, Corea del Sur tiene un interés vital y estratégico en la preservación del orden liberal, no sólo por sus beneficios económicos, sino como la base fundamental de su seguridad nacional.

Bharat como el gran contendiente

Bharat parte de la observación del oil y su crisis no necesariamente como un desastre, sino como una oportunidad histórica para reclamar su lugar como una de las potencias relevantes del sistema multipolar. Narendra Modi y su gobierno han logrado establecer un proyecto nacional de “autonomía estratégica”, que pasó del movimiento de no alineamiento de Nehru hacia un “multialineamiento” pragmático y transaccional (Taneja, 2026).

La autonomía estratégica es el marco revitalizado mediante el cual India navega el actual orden postliberal, permitiéndole actuar como un polo independiente en un sistema multipolar sin subordinarse a ninguna potencia hegemónica. Este concepto ha evolucionado significativamente desde su origen en la era de la Guerra Fría: a diferencia de la antigua “no–alineación”, que era defensiva y pasiva, la autonomía estratégica actual se define como un multialineamiento pragmático y proactivo (Ibid.). Esto permite a Nueva Delhi participar simultáneamente en coaliciones aparentemente contradictorias: es miembro del Quad (junto a Estados Unidos, Japón y Australia) para la seguridad en el Indo–Pacífico, mientras mantiene su presencia activa en los brics y la Organización de Cooperación de Shanghái (sco) junto a China y Rusia.

Si bien la postura de Bharat es única como una de las democracias más grandes del mundo, tiene una visión escéptica respecto del oil propuesto por Estados Unidos y Europa. Nueva Delhi acepta en parte lo que beneficia los intereses económicos y de seguridad, especialmente en aquello relacionado al libre comercio marítimo y la estabilidad institucional, aunque rechaza la agenda de derechos humanos y democracia de la pos–Guerra Fría por considerarlo hipócrita y una interferencia a la soberanía (Bajpaee, 2025). La autopercepción de Bharat es de un puente entre el Norte y Sur Global, y el concepto de “Viksit Bharat” o nación desarrollada tiene fecha de 2047 —lo que implica cuidar sus relaciones de vecinos inmediatos como China, Pakistán, Bangladesh y Myanmar, así como el Sureste asiático y la anglosfera con Australia y Nueva Zelanda; además, participa en el multilateralismo ampliado en el Quad, los brics, etcétera.

El nacionalismo indio, bajo el liderazgo de largo aliento de Modi, ha transformado —hasta en el nombre— a India en un espacio de convicción creciente de que el oil ha ignorado las aspiraciones de potencias no occidentales y que Bharat debe actuar como fuerza civilizatoria, que propone sus propios valores (Zajaczkowski & Pulami, 2025). Así como con la externa derecha en países occidentales, hay un énfasis exagerado en la soberanía, la seguridad nacional y la protección de la identidad cultural frente a las influencias externas.

Sin lugar a duda, Bharat podría beneficiarse de manera directa del debilitamiento o desaparición del oil que hasta hoy lo cataloga como una potencia regional limitada, de democracia creciente pero nunca completamente constituida, y de observación exotizante, como ha descrito Edward Said desde hace muchos años como la tendencia académica y política de Occidente a aquello que considera como “oriental”. Y ese desdén pudo haber sembrado el principio del fin del oil.

Conclusiones

El fin del orden internacional liberal se percibe como un cambio tectónico que reconfigurará la diplomacia, el comercio y la noción misma de soberanía a escala global. Esta transición inminente conlleva la pérdida y la reestructuración de valores, instituciones y proyectos compartidos que han definido la escena mundial durante décadas.

Desde una perspectiva optimista, inspirada en visiones como la bharatí, la reestructuración o el colapso del oil, no representa una catástrofe, sino una oportunidad. Se vislumbra la posibilidad de establecer nuevos ajustes más equitativos y pertinentes para el sistema global, especialmente en áreas críticas como la gobernanza diplomática, las regulaciones comerciales y la formulación de los principios de soberanía estatal. En este nuevo panorama la reconfiguración geopolítica es palpable.

Particularmente en Asia, China emerge como un contendiente clave, dispuesto no solamente a sustituir el andamiaje del oil, sino a consolidar su posición como una potencia global de primer orden. El ascenso de China buscaría cimentar su estatus y, de manera decisiva, reivindicar el fin del que Beijing denomina el “siglo de la humillación” impuesto por las potencias occidentales. Este proyecto no es sólo económico, sino profundamente político e ideológico, proponiendo alternativas al modelo liberal occidental. China, con su iniciativa de la Franja y la Ruta (bri) y su creciente influencia en organismos internacionales está activamente construyendo una arquitectura de poder paralela o sustitutiva.

Sin embargo, el panorama en Asia no es uniforme. Para aliados tradicionales de Occidente, como Japón y Corea del Sur, la transición a un mundo postliberal se presenta con desafíos significativamente mayores. Su estrecha dependencia de Estados Unidos, tanto en factores de seguridad externa —frente a amenazas regionales como Corea del Norte o el propio ascenso de China— como en la excesiva interconexión económica con el mercado estadounidense, podría actuar como un freno. Esta dependencia podría ralentizar la instrumentación de sus proyectos económicos más ambiciosos y disruptivos. Más aún, el cambio de orden global pone en tensión las configuraciones identitarias nacionales y los esquemas políticos internos que ambas naciones han forjado y consolidado bajo un paradigma intrínsecamente liberal. El temor radica en la necesidad de recalibrar su política exterior y de seguridad sin socavar los cimientos de sus propias democracias liberales, justo cuando las presiones internas y externas se intensifican.

La moneda está en el aire. La referencia a la alocución de Mark Carney en Davos 2026 subraya la irreversibilidad del proceso: no existe un camino de vuelta al statu quo ante. El mundo ha cruzado un umbral, y la adaptación a este nuevo orden postliberal vendrá acompañada de costos significativos, tanto para las potencias emergentes en su reordenación de prioridades, como para los aliados tradicionales que deberán redefinir sus estrategias de supervivencia y prosperidad en un entorno geopolítico mucho más volátil y multipolar. Los proyectos globales, como la lucha contra el cambio climático o la cooperación en pandemias, también sufrirán una realineación bajo la sombra de esta nueva competencia sistémica.

Referencias

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  1. 1 Zsolt Enyedi (2024) sostiene una muy pertinente discusión del concepto de iliberalidad con un punto de partida claro sobre que se refiere o es aquello que se opone a los valores democráticos: poder limitado, estado neutral y una sociedad abierta. Luego categoriza nueve rutas que toma el liberalismo: autoritario, tradicionalista, religioso, libertario, nativista–nacionalista, populista, paternalista, materialista–tecnocrático y de izquierda.

  2. 2 Mecanismos de dominación hegemónica: se refieren al conjunto de instrumentos —materiales, institucionales e ideológicos— mediante los cuales una potencia líder (o bloque histórico) establece y preserva un orden internacional que favorece sus intereses, presentándolo como el “sentido común” global. A diferencia de la dominación pura, estos mecanismos operan en la tensión entre la coerción (uso de la fuerza militar o sanciones económicas) y el consenso (difusión de valores, normas y marcos legales a través de organismos internacionales y redes culturales). En la teoría neogramsciana, la hegemonía es exitosa cuando las clases o Estados subordinados aceptan el orden vigente no sólo por temor, sino por considerarlo legítimo o inevitable (Cox, 1981).

  3. 3 Realismo autoritario: categoría analítica que describe la política exterior de grandes potencias no democráticas (típicamente China y Rusia) que combinan un sistema económico capitalista o de mercado con un control político centralizado. A diferencia del realismo clásico, este enfoque no sólo busca la seguridad del Estado en un sistema anárquico, sino la preservación del régimen autoritario frente a la influencia del liberalismo internacional. Tradicionalmente, estos Estados han sido observados desde Occidente y el oil como que operan bajo una lógica puramente pragmática y de suma cero, rechazando la condicionalidad de los derechos humanos y promoviendo un orden multipolar en el que la soberanía estatal absoluta prevalece sobre las normas cosmopolitas (Gat, 2017). Cosa que hoy queda en entredicho.