Exploraciones

doi: 10.31391/x2tkgw46 Recepción: 06-05-2026 Aprobación: 07-05-2026
Metamorfosis de una herida colectiva
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Dorella Belén Becerra López Estudiante del iteso dorellabecerra@hotmail.com orcid: 0009–0001–6914–6572 |
Becerra, D. (2026). Metamorfosis de una herida colectiva. Análisis Plural, (13).
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Violencias. Memoria. Duelo. Colectividad. Cuerpo.
Tiempos números y transformaciones. Transformar, transmutar, cambiar, crecer, acuerpar. Crecer y cambiar no es lo mismo, puedes cambiar sin crecer pero no puedes crecer sin cambiar, eso es ser humano. ¿Qué tanto de nosotros cambia y que tanto de nosotros crece?
¿Qué dentro de nosotros se rompe por amoldarnos a lo que hay, y a lo que sigue?
El tiempo pasa, el mundo cambia, y yo crezco y cambio y rompo y me rompo.
El dolor, las heridas y las fracturas trabajan en funciones corporales y en la consciencia. El tiempo, su mayor agravante. Somos un cúmulo de tejido, sangre y agua que se configura desde lo que decidimos y lo que no. Lo que nos rompe nos obliga a reconstruirnos de formas distintas. Como el hielo, que al caer se rompe, pero esto solo antecede a su disolución, y lo que antes parecía pedazos se vuelve un cuerpo danzando cual río por el suelo. Entre todos estos fluidos, podríamos decir que el hielo es lo más parecido al cuerpo.
La concepción de este como el cuerpo propio:
Este es víctima y victimario; tiene la capacidad de cambiar, ser duro, de lastimar con su impacto, incluso de quemar, y, a su vez, es tan frágil que solo el calor, el tiempo y el espacio incorrecto pueden disolverlo, así como endurecerlo. El hielo es un elemento de transición entre ciclos. El dolor no es el estado natural del cuerpo, sin embargo, está presente, cambia al objeto o a la persona que lo padece.
En esta misma línea, podríamos decir que el hielo representa el estado del dolor “encarnado” y la disolución de este es un sangrado, una depuración, hasta regresar a su estado natural fluctuante. El dolor no es lo único que atraviesa el cuerpo, sin embargo, es el estado más rápido de identificar. El dolor esencialmente viene de dos formas: físico y emocional. Este segundo rompe la regla. Hay duelos, agresiones y violencias implícitas que toman años para hacerse conscientes.
Lamentablemente, en este mundo —y sobre todo, en este México—, las grandes violencias no solo nos marcan, nos dividen, nos agreden y nos hacen culpables del daño ocasionado. Vivimos a diario un duelo colectivo del que poco hablamos, pues no hay tiempo ni lugar para el sentir. Somos víctimas de un contexto y sistema que falló, y crecemos siendo victimarias y victimarios de las violencias que nos enseñan a replicar.
En continuidad con este duelo colectivo que atraviesa lo cotidiano es posible situar las violencias en una escala más amplia, en la que los conflictos armados y las violencias sistémicas han sido ampliamente documentados desde distintas disciplinas, aunque su análisis no siempre alcanza a dimensionar la complejidad de sus impactos sobre la vida en su conjunto. Ello resuena en la guerra en Gaza, donde la devastación no solo alcanza a la población civil sino también a la infraestructura vital y los ecosistemas, como un incendio que no solo arrasa la superficie sino que calcina la raíz, volviendo estéril lo que antes sostenía vida. Más allá de las cifras y los marcos geopolíticos, estas dinámicas afectan de manera transversal a múltiples formas de existencia, alterando equilibrios ecológicos, sociales y afectivos.
Sin embargo, hay una dimensión que escapa a toda categorización: lo que se aprende en silencio. Porque la violencia no solo se registra, también se hereda; se adhiere a los cuerpos, a los gestos cotidianos, a la forma en que habitamos el mundo. Y es ahí donde comienza a volverse íntima, donde deja de ser un fenómeno externo para instalarse como una presencia difusa pero persistente, como humedad que se filtra en los muros hasta debilitarlos desde dentro. Hay una memoria que no se archiva en documentos, sino en cuerpos que migran, en tierras que dejan de ser fértiles, en generaciones que heredan el eco del miedo.
La guerra que Latinoamérica vive a diario es distinta, pero comparte la misma raíz de despojo, desigualdad y normalización de la violencia; una que no siempre estalla en titulares internacionales, pero que se filtra en la vida cotidiana hasta volverse parte del paisaje.
En la Patagonia argentina los incendios arrasan bosques y, con ellos, formas de vida enteras: animales que huyen, suelos que ya no respiran, comunidades que pierden no solo territorio, sino memoria y arraigo. Aun así, la responsabilidad se dispersa, se vuelve borrosa, como si no hubiera un origen claro al que señalar. Algo parecido atraviesa la memoria de las dictaduras latinoamericanas: violencias profundas que, con el tiempo, se diluyen entre silencios, versiones fragmentadas y culpas mal colocadas.
Lo que queda no es solo la pérdida, sino una forma de aprender a vivir con ella. La violencia deja de ser un hecho aislado y se vuelve una condición, una forma de habitar el mundo.
Se impregna en los gestos, en la forma de nombrar, en lo que se calla. Aprendemos a cargar cosas que no nos corresponden, a asumir como propio un daño que viene de mucho más atrás. Desde ahí, México no aparece como excepción, sino como continuidad.
En México, si el narcotráfico ha hecho de la violencia un negocio, nosotros la hemos hecho una medalla. Responsabilizamos a la víctima y exoneramos al victimario. Tildamos de “débil” al que teme y nos enorgullece la cantidad de violencia que como mexicanos hemos soportado. No porque lo disfrutemos, y tampoco precisamente por orgullo, sino porque es la única forma que hemos encontrado de hacer nuestro este dolor.
La violencia no solo rompe, disuelve. A otros, a uno mismo, a su familia, la memoria, la sensibilidad. Disuelve el autoconcepto y el retrato es más difícil de construir.
Durante los últimos años me ha resultado agobiante intentar intelectualizar cada sentimiento que he tenido respecto a este tema. A menudo me encuentro a mí misma en esta batalla de la hiperconciencia y la eterna deconstrucción. Veo a mi alrededor y veo que esto se expande como un cáncer en mi generación. La culpa. Heredada, adquirida o impuesta. Caos mundial; todos los ismos relacionados con la violencia presentes, y aquí estamos mirando de lado a lado buscando culpables individuales en un sistema enorme que está roto desde la raíz.
Las violencias que vivimos en la cotidianidad son solo un síntoma de una enfermedad más grande, y es válido que nos quiebre hacerlo consciente. Sentir, entonces, se vuelve también una forma de resistencia: negarse a la violencia de lo cotidiano, a la normalización de lo insoportable, a la costumbre de mirar hacia otro lado.
Los territorios cambian y el cuerpo también: no como entidades separadas, sino como superficies que se reescriben mutuamente. Así como el hielo, el “cuerpo” también cambia, no de manera lineal, sino en ciclos de pérdida y recomposición; hay partes que se endurecen para sostener lo que duele, otras que se ablandan para abrazarlo, y otras más que simplemente ya no vuelven a ser las mismas. Crecer, en este sentido, no es conservar una versión “mejorada” de lo que fuimos, sino aceptar la interrupción de lo que creíamos estable; es dejar de ser algo para poder ser otra cosa que aún no tiene forma definida, y en ese tránsito aprender a habitar la incertidumbre sin anestesiarla. Esta transformación no es cómoda; hay cambios que implican una reeducación del sentir, una reapropiación del cuerpo como espacio que no solo resiste, sino que también sostiene una forma de ternura hacia sí mismo, una manera de no endurecer del todo aquello que siente, incluso en medio de lo que lo atraviesa.
Nombremos lo que duele y no reduzcamos la violencia a cifra ni a paisaje, y tal vez ahí, en esa tensión entre ruptura y reconstrucción, entre lo que se disuelve y lo que insiste en tomar forma, se encuentra la posibilidad de no repetirlo todo. Porque incluso en un mundo que parece endurecerse hay algo en lo sensible que, como el agua, persiste: se filtra, erosiona, transforma, y eventualmente, nos abrirá un nuevo camino.